miércoles, 30 de enero de 2013

Cuento viejo


Carlos Alberto Parodíz Márquez (Desde Alejandro Korn, Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Los trabajos en la zona ferroviaria de Alejandro Korn, a la altura de la primavera 2012, siempre desconcertante, marchan rápido, no sé si bien, porque de eso hay que saber, decía mi viejo cuando escuchaba los monólogos de esquina trasnochada. Hay, en la estación una suerte de fiebre de sábado por la noche, que prospera desde el cambio de ministros con responsabilidad en el transporte público, tampoco es tiempo de vanas ilusiones, estas son cosas que se ven a diario aunque no se sepa en que etapa están.

Dice Paul Auster, hablamos mucho con Goetzee sobre la amistad; sobre qué la distingue del amor”, anticipa. “El amor es la gran pasión pero la amistad es fundamental. Es más cortés, más decorosa y menos tumultuosa que el amor. Existen matrimonios, buenos matrimonios incluso, que pelean todo el tiempo. Con un amigo eso sería imposible; la amistad terminaría

¿Quién invitó a Auster? Es algo más confuso de dilucidar. Yon, el vasco cabeza dura, generalización riesgosa para alguien como yo, que rechaza simplismos me obliga a que les diga que voy a intentar explicarlo. Yon creó una mesa imaginaria. El hurón de Cañuelas, uno de los topos útiles y en servicio del vasco, trasladaba una preocupación casi inhóspita, a esta altura de la civilización, pero digna de otro debate, me sugirió por lo bajo.

Yon aspiraba a alguna suerte de desliz mío, para derivar el informe que se avecinaba a otras manos, más probas. Pero yo, como siempre, ni en sueños, querría prestarme a los dislates del vasco. Por lo menos hasta que supiera si habría mesa tendida. Hasta allí llegaba la firmeza de mis convicciones. Por supuesto sin querer parecerme a Groucho.

Los rodeos expresivos, nacen y se instalan, mientras los organizadores eligen el escenario. Eso mismo hacía Yon, algo ansioso por dar con el sitio adecuado. Conocerlo es casi mi oficio y se cuando busca algo que él, a veces sólo él, considera valioso de dar a conocer. Ese objetivo innombrable, merodeaba los aprestos, mientras el Alfa rojo, modelo 2012, recorría el camino inverso, de Alejandro Korn, exultante de verde con temperaturas que, para noviembre, derretían termómetros,.con una fe digna de feligreses fanáticos, porque todo, cada vez, parece más inexplicable por las incorrecciones climáticas.

Así, con el frío polar interno del Alfa, tuve que aceptar mis intuiciones sobre conductas inducidas. A favor de eso y creo que casi con todos los boletos disponibles, en la imaginación del vasco, Rupa, en el centro de la ciudad, nada autónoma, por cierto, se llevaba todos los premios disponibles.

“El hurón de Cañuelas”, sigiloso como buen topo, modelo de discreción 2012, no emitía opinión, es más saludable.

Después de más de tres años de trabajo y buena convocatoria uno de los más reconocidos restaurantes peruanos se mudó y es una buena noticia. Nueva y mejor casa para el sabor de siempre.

Eligieron para instalarse el Vilas Club. Acá este restaurante ganó espacios más amplios, con una terraza y ubicación estratégica: con muy buenos accesos para llegar sin mayores complicaciones. Otra gran novedad es la ubicación dentro de un espacio verde único, señaló didáctico Yon. El hurón, asentía, por las dudas.

Uno puede ir por un clásico pulpo al aceite de oliva con limón, tomates y cebollas o un Ají de gallina, un roll tropical con tempura de langostino, queso, mango y miel de maracuyá o un Ceviche Nikkei de pescado con leche de tigre oriental y wantán crocante. Las mezclas entre dulce y ácido, maracuyá y queso, ajíes picantes o chutney de papaya, curry o manteca hacen al estilo.

Las porciones son grandes, pensadas para compartir, y está en Valentín Alsina al 1400, fue docto y recoleto tributo a una cevichería, pensé, que me había dado el vasco, omitió con toda maldad la carta de vinos, aunque me rondaban varios apellidos apropiados. Algunos recostados en la cordillera, y su sabor ya me convencía de su futuro, no del mío. Por las dudas me serví la primera copa rubí que tuve a mano, omitiendo la cortesía natural, que me suele abandonar a veces.

Algunas tribus indias celebran un rito iniciático para el tránsito hacia la vejez. Algo así como la saniyasa, una mudanza ascética como la marcha de los elefantes en busca de su cementerio. La sociedad hoy, envejece a marchas forzadas. Según datos de la ONU, en el 2050 el número de ancianos se triplicará, mientras que el resto de la población aumentará sólo la mitad. Empezó por anunciar El hurón, luego de que el vasco me cediera, discretamente, un sobre engomado pero de Naciones Unidas, un tanto devaluadas las naciones que no parecen muy unidas que digamos, ritual de entrega cumplido.

Auster, según Yon, a esta altura del inicio su vocero oficial y quien parecía estar hablando el mismo tema decidió sumar miradas. “Le daré mi visión amplia. Lo que estoy viendo en los últimos años son insurrecciones espontáneas entre los jóvenes de diferentes países del mundo: Rusia, España, Estados Unidos, los países árabes… Y en ello percibo una declaración de los jóvenes diciéndoles a los adultos que el mundo no funciona, que nos hemos llevado a una situación insostenible y que debemos reinventar nuestras vidas. Es un llamado básico a reformar todo lo que hacemos, todo lo que pensamos”, enumeró el vasco.

Por primera vez en la historia habrá más ancianos que niños, señaló el hurón. Es un proceso lógico ya que cada vez nacen menos niños y la esperanza de vida aumenta tres meses cada año desde el siglo pasado. Una situación que para cualquier especie animal sería un claro indicativo de su extinción. Resulta inevitable que la sociedad gire y cambie. Y vale acotar que nadie, todavía, se había referido a la ciencia que crece de manera exponencial en sus progresos.

El envejecimiento de la población se parece al proceso de hacerse viejo. Uno abre los ojos incrédulo, como si no se le hubiera estado avisando y, de repente, ya es viejo. A la sociedad le va a pasar lo mismo. Es un grito sordo al que nadie hace caso, y marcha a que sin medidas, pronto, se convertirá en uno de los mayores problemas de las próximas décadas. Algo más convencido se explayaba el hurón, masticando a cuatro carriles, su boca parecía una autopista de tránsito congestionado.

Auster quien sigue jugando por boca de Yon añade, Sí y es entendible, porque no hay ninguna organización política entre ellos y por lo tanto los movimientos estallan intensamente y después decaen. Creo que eso debe leerse en un contexto más amplio y profundo. Uno de los problemas es que desde la muerte del marxismo, desde el fracaso de la experiencia soviética, no hay un argumento filosófico contra el statu quo.

Porque Marx tenía razón en un montón de cosas, y aunque otras estaban equivocadas, era coherente respecto a cómo analizar las deficiencias del capitalismo y lo que el sistema les hacía a los seres humanos. Especialmente el Marx joven al que encuentro muy interesante, muy conmovedor, completó Auster..

Ya no hay ningún argumento filosófico contra el capitalismo. Lo que tenemos son diferentes grados: un libre mercado sin restricciones o un capitalismo regulado de una u otra manera, pero nadie tiene una visión alternativa respecto de cómo organizar nuestras vidas. Y por eso seguimos recorriendo los mismos caminos; estamos estancados.

Muchas voces se han alzado para advertir las consecuencias de este proceso. El filósofo Claude Levi-Strauss predijo que “ante la catástrofe demográfica, la caída del comunismo será algo insignificante”.

Esta situación no resulta tan lejana. En España, por ejemplo, a partir del 2012 la población joven será minoría y en Latinoamérica el número de ancianos se cuadriplicará antes del 2050, ya que el mismo fenómeno se producirá el doble de rápido. Se preguntó en voz alta, usándonos de receptores El hurón.

¿Qué significa materialmente este envejecimiento? El cierre de escuelas, el alargamiento de las jornadas laborales, el descenso de las pensiones, el abandono de los pueblos y una reorganización social a gran escala, entre otras muchas cosas. Se explicaba el topo.

En el movimiento Occupy Wall Street con su lema “Somos el 99%” en alusión a que el 1% de la población acapara la mayor parte de la riqueza y toma decisiones políticas y económicas cuyas consecuencias afectan a todos. En Estados Unidos es un fenómeno muy interesante, terció Auster, en voz de Yon.

Hace poco se cumplió un año de su nacimiento, pero ¿sigue vivo el movimiento?
Vagamente, es cierto. Pero estoy esperando que vuelvan los chicos. Quiero que vuelvan, se lamentó el poeta.

Si a todo esto sumamos el actual descrédito que sufre la vejez, el panorama se presenta complicado. En el último siglo, la imagen del anciano se ha deteriorado y perdiendo importancia social. Han desaparecido de los medios de comunicación y desarrollado un estereotipo dañino que los muestra como seres inútiles. Estamos favoreciendo un sistema que mina la seguridad en sí mismos, de los mayores y que los hace dependientes en lugar de necesarios, enfatizó El hurón.

Nos quedan 30 años para aprender a envejecer de una manera diferente. Es el momento de reconocer la importancia de los ancianos y de poner en marcha medidas que les devuelvan la dignidad y el valor social que les corresponde. La única sociedad posible será aquella que sepa aprovechar de una manera más creativa la vejez, presionó el topo
creyendo estar formulando las diecinueve verdades que recordó.

En un sistema democrático, el voto de los mayores será más decisivo. No hay que olvidar que dentro de treinta años la mitad de la población de Inglaterra tendrá más de 60 años y en el 2050 pasará lo mismo en Latinoamérica. Ellos serán los que definan los programas políticos y en sus manos estarán los cambios sociales. Por eso deben sentirse útiles e integrados.

Cuando se jubile la generación del baby boom, los niños nacidos en la década de los 60-70 que han impulsado la revolución tecnológica y económica del mundo, no aceptará que se les deje a un lado. De persistir en esta actitud de menosprecio de la vejez, asistiremos a una guerra de generaciones de consecuencias impredecibles.

Puede parecer el argumento de una novela de ciencia ficción, pero no sería del todo descabellado imaginar una sociedad orwelliana dominada por ancianos. Los jóvenes serían esclavos deseosos de hacerse mayores para disfrutar de la libertad de la vejez. Con un poco más de imaginación, incluso se podrían desarrollar mafias que, a través de la falsificación de documentos y la cirugía estética, envejeciesen a la gente para disfrutar del estatus de la vejez cuanto antes, farfulló el hurón casi como un predicador.

Es sólo una fantasía, pero si no comenzamos ahora a prepararnos para los cambios que se avecinan no estaremos a la altura de las circunstancias para crear una sociedad justa y equilibrada. Hay que eliminar la idea de la vejez como decadencia, atacar los estereotipos que pesan sobre ella y desarrollar estrategias físicas y psicológicas que hagan al anciano sentirse útil. Aristóteles decía que “viejos son los que viven más para el recuerdo que para la esperanza”. Hagamos entonces que los ancianos sigan sintiéndose jóvenes y con esperanza, porque de ellos depende el bienestar de todos.
Cerró su parlamento el topo calificado.

Me sentí en la obligación profunda de beber, casi sin respirar, para salir a la superficie de las cosas. No puedo. No debo dejar embarcarme en historias sin futuro. Me dije muy enojado conmigo. Razones no me faltan. Pero Yon es un buen tipo y de nuevo salvó mi almuerzo, que no es poco. Tuve que convenir en que por lo menos debía escucharlo. Pero en esas cosas de deber ya no me cada saldo. Miré el futuro de una vejentud extraña y sacudí la cabeza, casi agobiado, para atrás lo que no habíamos hecho, para adelante lo que no podríamos realizar. ¿Es lo que hay?


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