jueves, 17 de enero de 2013

Pavese y el deseo de morir


Marcos Winocur (Desde México. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Desde la Europa del siglo pasado nos llega Cesare Pavese. El poeta y novelista italiano vivió largos años bajo el fascismo en su país; con la liberación, al fin de la segunda guerra mundial, no se sintió tocado por la esperanza de un mundo nuevo, y el desencanto alcanzó a su relación con el Partido Comunista, al cual había ingresado. Cansado de vivir, acarició la idea de muerte desde la adolescencia, suicidándose a los cuarenta y tres años en un cuarto de hotel. Y desde la joven Norteamérica de dos siglos atrás se adelanta la voz de Walt Whitman para contradecirlo. Poeta homérico, vital, recorrió caminos y practicó oficios bajo el llamado sueño americano. Cantándose a sí mismo, socorrista y enfermero en la guerra de secesión, profundamente antiesclavista, llegó a viejo con su “barba llena de mariposas y sus hombros de pana gastados por la luna”, como lo cantó Lorca en su Poeta en Nueva York.

Los dos, Pavese y Whitman, viven como hombres de papel, el Cesare Pavese de Trabajar cansa había alcanzado la fama en vida, lo cual es mucho decir. No sólo la suma de satisfactores sino antídoto contra la soledad, acompañado por el reconocimiento colectivo! Y sin embargo desde esa cima se dejó caer. Fue admirado, lo cual significa: existo en otros y esos otros son muchos. Y bien, no, el poeta eligió un cuarto de hotel y un frasco de somníferos… uno o dos prestan algo de sueño y veinte te regalan un dormir sin despertar, como se dice: el eterno reposo.

El poeta venía dejando huella desde mucho tiempo atrás en sus cartas de joven escritor. Y la obsesión redobla pasando la edad de los cuarenta con huellas cada vez más profundas. “No escribiré más” la frase cierra su diario titulado “El oficio de vivir”, para el cual se ha calificado con cero: “nunca he despertado con una mujer a mi lado” así reza una carta a un nuevo y último amor fracasado, días antes del fin. Cuando había escrito en su diario: Basta un poco de valor. Y también esta frase: Los suicidas son homicidas tímidos. Un mal papel le tocó a Pavese y todo converge hacia el hombre retratado en estos versos:

“¿Vale la pena que el sol se levante del mar
y la larga jornada comience? Mañana
volverá el alba tibia con diáfana luz
y será como ayer y nunca nada ocurrirá.
El hombre solo quisiera únicamente dormir. ”

Así escribió el poeta. Y así la muerte repta a lo largo de las páginas del diario hasta dar en la dupla: ese amor correspondido y suicidio. Un rechazo desde la vida, el poeta lo reelabora como falta de sentido a todo, el abismo. Pavese impresiona como un adolescente; sus amores no correspondidos y notoriamente uno por una pequeña actriz del cine americano, lucen como ocasión, el gatillo; pero el trasfondo es otro, según palabras de unos pocos meses antes del fin: “Uno no se mata por amor a una mujer, sino porque un amor, cualquier amor, nos revela en la desnudez, miseria, inermidad, nada.” ¿Una sexualidad no suficientemente vivida o una metafísica? Tal vez las dos. En todo caso, el fracaso con la mujer levanta el telón del fracaso de la existencia. O, dicho en sus palabras, un oficio que no aprende, el oficio de vivir. Entonces se recibe la visita de la depresión y se piensa en los no dados por la vida; mía fue la culpa de no ser amado, no de ella; y me castigo poniéndome punto final. Los no recibidos me dejan náufrago y, al vaciarme de amor, me retrotraen a la causa prima: nada tiene sentido. ¿Quieres dejar de ser suicida, oh, poeta? ¿Quieres dejar de ser poeta, oh, suicida? Para ambos la receta es la misma: sé todo lo feliz que puedas, no te importe nada y menos que menos un amor no correspondido.

Mi hombre pavesiano sabe todo aquello y a sus años lo ve como vanidad; por eso permanece junto al mar y por contraste su soledad se agiganta. Es un marco adecuado para quien se vio vaciado de todo fin y se reduce ahora a lo contemplativo. No será el viajero cuya barca romperá las olas y abordará el infinito, no, es el sedentario de la orilla. Y entonces, contrastándolo, emerge mi segundo hombre, exultante en los versos de Walt Whitman:

“Esta mañana, antes del amanecer, subí a una colina a contemplar el firmamento poblado de estrellas.

Y dije a mi alma: Cuando poseamos aquellos mundos y el placer y la sabiduría de todo cuanto hay en ellos ¿estaremos por fin llenos y satisfechos?
Y mi alma dijo: No, no habremos hecho otra cosa que alcanzar esos mundos para ir más allá.”

No hay límite a los pasos del hombre y los senderos del universo se han hecho para él, proclama el poeta. Oh, lo sé, estás cargado de omnipotencia, bardo de la nueva nación americana. Tan diferente a Pavese, desde muy joven marcado por la idea del suicidio, sin embargo, admirador y estudioso de la obra de Whitman. ¿Iba Pavese por una dosis de vida? No sé, en todo caso no le fue suficiente y el frasco de somníferos triunfó.

Pavese, Whitman. Uno representa el papel de demonio, el otro de ángel. Uno encarna la pulsión de muerte, el otro la de vida. A veces la dominante es una, a veces la otra. Se dirían inseparables. Para muchos esta dupla está formada por otras personalidades, no faltan, por ejemplo, los poetas malditos y los poetas románticos.

Césare Pavese, el poeta, días antes de apurar el frasco de somníferos, escribió: “siempre hay un motivo para suicidarse”. Lo contrario no es menos cierto: siempre hay un motivo para no suicidarse.

Con frecuencia, ambas posiciones coexisten. En la primera, soy valiente ante la muerte, en la segunda soy valiente ante la vida.

 Sin embargo, en la posición dos basta con dejarse estar y las cosas suceden solas mientras que en la uno debe el individuo hacer el esfuerzo de vaciar el frasco y tragarse el contenido. Nunca sentirá el brazo más pesado que entonces. Porque en realidad no quiere suicidarse y está jugando a que sí.


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