miércoles, 27 de febrero de 2013

¿A desalambrar? o ¿a parcelar el sol?


Susana Merino

En esta enloquecida carrera hacia la mercantilización total del universo, la tierra, el agua, la vida… la imaginación humana no tiene límites, pero nos falta aún desarrollar algunas tecnologías que nos permitan incorporarle aquellos elementos que hasta ahora la madre naturaleza ha logrado escamotearle al comercial empecinamiento humano: el sol, el aire, la luz, los océanos, la estratósfera. Es cierto que en alguna pequeña medida hemos logrado domesticar a la luz reduciéndola a infinitesimales parodias del sol, en la llama de una vela o en la ampolla terminal de una fuente energética pero la luz y el calor, ese que hace fructificar las mieses, esa que pinta de colores inigualables los paisajes, la que vence a la oscuridad y nos permite descubrir que las cosas que nos rodean tienen formas y texturas insospechadas, esos son todavía inasibles e indivisibles y puede ser disfrutados por casi, casi todos los seres humanos.

Algo que no siempre es posible en otros órdenes de cosas. No hace mucho leí una frase que me sobrecogió, “los seres humanos son los únicos seres vivos que deben pagar para vivir” ¿Cuán cerca o cuán lejos estamos aún de lograr privatizar todo, todo lo que aún falta y el universo o Dios o el Supremo Hacedor han puesto a disposición de todos los seres humanos para garantizarles la existencia? ¿Cuánto tardaremos aún en parcelar el aire, la luz, el calor del sol, el agua del mar? ¿En ponerles precio y hacer que solo unos pocos privilegiados puedan habitar la faz de la tierra? ¿Acaso, no se han puesto ya en venta terrenos (¿o habrá que decir lunenos?), para el establecimiento de “countries” en nuestro satélite desde que la sonda LCROSS de la NASA descubrió yacimientos de agua en la luna? Y aunque también se hayan establecido límites marítimos y se hayan privatizado orillas del mar para realizar cultivos acuícolas, iniciativas que aceptamos como normales sin que intentemos siquiera cuestionarnos si es lícito o no, si es lógico o no, si es racional, si estamos comprometiendo o no cada vez más la vida toda de la humanidad.

Se ha definido al ser humano como un ser racional ¿qué significa entonces ser racional cuando comprobamos que los seres irracionales del planeta no se esmeran en destruirse recíprocamente sino en función de las necesidades vitales determinadas por la cadena trófica, como sí lo hacen los humanos entre sí y no precisamente por razones de subsistencia, sino por mucho más mezquinos y despreciables intereses.

Pareciera indispensable que nos detengamos a pensar pero no individualmente sino colectivamente, que reflexionemos con la convicción de que en ello nos va la vida, no la personal, sino la de la propia humanidad y las de las generaciones que ya están entre nosotros y a las que estamos condenando a un irreversible y fatídico futuro. Que difundamos y generalicemos la convicción de que ningún bien planetario, ninguno de los cuatro elementos es propio, privado, ni de nadie en particular, ni de individuos, ni de comunidades, ni de países, que los cuatro son patrimonio colectivo y que el usufructo personal de alguno de ellos debe hallarse subordinado al bien común y compartido por el conjunto de la sociedad ¿Utopía? Sí, puede ser pero por sobre todas las cosas una utopía que de no transformarse en objetivo y meta de la estirpe humana, puede generar males mayores como los que han venido acrecentándose en las últimas décadas y condenando a muerte a millones de seres inocentes de toda inocencia.

En cierto sentido ha sido la ambición la que ha impulsado al hombre a la búsqueda del conocimiento, a develar las leyes que regulan el universo, a optimizar las condiciones de vida en el planeta, a lo que con innegable entusiasmo hemos llamado progreso, pero cuando la ambición se transforma en codicia, todos lo éxitos, todos los avances se convierten en amenazas, todos los hallazgos terminan por transformarse en los más crueles enemigos de la humanidad y lo que apuntaba ser el gran triunfo del hombre, de la lógica, de la racionalidad humana puede terminar convirtiéndose en el implacable verdugo de nuestra existencia como reflexionaba Hannah Arendt, cuando escribía: “no es imposible que el desarrollo económico nos traiga más calamidades que bienestar”

Porque hemos identificado el “desarrollo” con lo económico y no con las posibilidades de mejoramiento integral de los seres humanos y hemos aceptado sumisamente que la ambición de los más audaces acaudille a los pueblos sometiéndolos a la avidez de sus egoístas intereses y de este modo como cita Shumacher [1]:“el hombre civilizado ha cruzado la superficie de la tierra y dejado un desierto tras sus huellas” agregando que: “Al hombre la más alta de las criaturas le fue dado el dominio no el derecho a tiranizar, arruinar y exterminar”.

Y dado que la propiedad privada ha sido desde tiempos inmemoriales la base de las estructuras socioeconómicas de nuestra civilización y siendo que los resultados obtenidos a todo lo ancho y lo largo del planeta están conduciéndolo a situaciones peligrosamente irreversibles parecería indudable que ha llegado la hora de comprender que, y cito nuevamente a Schumacher, “el adecuado uso de la tierra nos enfrenta con un problema que no es de naturaleza técnica o económica sino de naturaleza metafísica”. Y en consecuencia es impostergable que, todo aquello que ha sido creado para posibilitar la existencia de la humanidad y cuya defensa y protección han sido curiosamente omitidas en los tan declamados “derechos humanos”, sea motivo de nuevos y profundos debates cuyas conclusiones puedan conducirnos a un cambio de paradigma.

La tecnología no es panacea para todos nuestros males, la economía ha olvidado que su función es administrar adecuadamente los recursos escasos y se ha convertido en un instrumento privado de generación y de acumulación de riquezas, la filosofía que es la única que a través de algunas mentes esclarecidas ha entretejido algunas respuestas ha sido confinada en el desván de las cosas inútiles, la política ha sido transformada en una nueva industria sin chimeneas de rápido acceso al enriquecimiento y al poder; de modo que todo o casi todo el saber humano ha sido cosificado al extremo de centrarse en la proliferación de objetos de ostentación y de jactancia sin advertir que nos hemos instalado en un vehículo que rodando barranca abajo, adquiere cada vez mayor celeridad y terminará estrellándose y estrellándonos con él.

O como también coincide Manfred Max-Neef [2] “estamos no solo ante una crisis sino “ante una realidad que exige una reformulación totalmente integral” que nos reclama ”un esfuerzo holístico que al exceder el análisis de cualquier enfoque o análisis mecanicista restablece el pensamiento filosófico y tal vez metafísico a un lugar preponderante. Y es dentro de este ámbito (y no dentro del de la técnica) donde deben ocurrir en el futuro cercano las revoluciones más trascendentes siempre que la técnica no nos haya hecho estallar antes”

En consecuencia o insistimos en la meta de parcelar el aire y el sol, la luna y las estrellas, aún a riesgo de extinguir todo rastro de vida en el planeta o nos dedicamos a construir “Otro mundo posible” adonde el bienestar y la felicidad sean patrimonio y común construcción de todos los habitantes del orbe desde ahora en más y hasta el final de los siglos. La humanidad tiene la palabra.

Notas
1) Schumacher, E.F. “Lo pequeño es hermoso” Ediciones Orbis S.A. Hispamérica, Chile.
2) Max-Neef, Manfred. “La economía descalza” co-edición CEPAUR Y NORDAN, 1986.


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