jueves, 14 de febrero de 2013

Cine clásico: “Sólo te tengo a ti” (2002), de Laetitia Colombani


Jesús Dapena Botero (Desde Vigo, España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Mi querida amiga cinéfila:

Lo que más me ha llamado la atención esta semana fue la asistencia a las Octavas Jornadas de Clásicos de la Psiquiatría, que se celebran anualmente aquí en Vigo; esta vez, sobre el delirio erotómano, con reflexiones en torno a una película de Laetitia Colombani, una cinta filmada en el 2002, titulada Sólo te tengo a ti, que te recomiendo y sobre la que te mando el tráiler: https://www.youtube.com/watch?v=iCyTaJdmZsI

Es la historia de Angelique (Audrey Tautou), una estudiante de arte que se enamora hasta el delirio de un cardiólogo (Samuel Le Bihan), quien vivía en la casa del frente de la de su profesora, que la joven cuidaba cuando la docente se iba de vacaciones; era la forma, como la maestra de arte, ayudaba a su alumna a ganarse unos euros.

El doctor estaba casado con una abogada y esperaban un hijo, hasta caer en manos de esta perturbada enamorada, con un amor loco, que no creo que fuera el que André Breton deseara a su hija Nadia, ni el que hiciera pensar a Antonio Machado que, en amor, locura es lo sensato; era más bien una suerte de atracción fatal, como la que Glenn Close desarrollara por Michael Douglas, en la aterradora cinta de Adrian Lyne, una de las mejores cintas de suspenso y terror que he visto, aunque la de Laetitia Colombani me resultara más tierna, un poco más en la onda de la nueva ola francesa, que del espectáculo hollywoodense.

Te digo esto porque se sale de los cánones del cine comercial, con una gran libertad de expresión, al igual que una gran independencia técnica, para así retratar una realidad, de una forma bastante verosímil, sin el violento tenebrismo de la cinta de Lyne, por naturalista que se pretenda, sin escatimar mostrarnos las vicisitudes de los personajes.

Yo diría que la nueva directora francesa más bien acude a cierto realismo ontológico, sin manipulaciones ni grandes artificios, lo cual la hace muy prometedora como representante del cine de autor, ya que, ante todo, la Colombani resulta bastante creativa, al realizar un cine que nace de ella misma, para escribir con su cámara, así no resulte demasiado novedosa; al fin y al cabo, sospecho que ella bebe de toda una tradición cinematográfica de su país, pero que retoma de una manera muy, pero muy personal, más allá de los gustos impuestos por la moda.

Esta cinta me resulta espontánea y si seguimos la línea discursiva de Angélique, para nada angélica, quizás encontramos una ingenuidad salvaje, la del psicótico, para quien la realidad es aquello que él imagina, más allá de todo juicio de realidad, al ser incapaz de discriminar entre los referentes externos de la percepción y la fantasía en la que anda inmerso; para ella su delirio es su verdad, más allá de lo que pase en la realidad material.

El delirio de amor que nos muestra la Colombani se acerca más al amor platónico, con sus ilusiones, alegrías y tragedias, que pueden llevar al abismo y a la desesperación, que a la pasión y el deseo brutos de Alex Forrest (Glenn Close) por Dan Gallagher (Michael Douglas) tras una noche de encoñamiento.

En la estructura de la película hay como dos secuencias, una en la que se nos muestra la historia desde el punto de vista de la protagonista, desde un vértice loco, que como en toda psicosis, no tiene conciencia de su locura y, por otro, el ángulo del narrador de una historia material, que podría ser noticia de periódico; de esa manera, la historia se nos presenta como una moneda con sus dos caras, de un lado el ensueño de amor, con todo su lirismo, por oscuro que sea y el lado siniestro y ominoso que hay detrás de tanta idealización, donde pudiera aplicarse la oración de Leopardi:

Fratelli, a un tempo stesso, Amore e Morte ingenerò la sorte.

que pudiéramos traducir:

Hermanos, a un mismo tiempo, al Amor y a la Muerte los engendró la suerte.

Lo que hace parte del sentimiento trágico de la existencia, comandada, desde lo pulsional, por Eros y Tánatos.

Es ahí donde la máscara de la comedia, voltea las comisuras de los labios hacia abajo, para convertirse en la marca de la tragedia y que la alegría de un tierno amor se convierta en una boca de la amargura; así las cosas, un love story se convierte, en una cinta de suspenso.

En esta primera obra, Laetitia Colombani nos sorprende con su ritmo narrativo y su cuidadosa elaboración, para mostrarnos que en la locura pasa de todo, como sugiere el título de la cinta en francés, A la folie... pas du tout, al ir pasando de un relato ingenuo, casi naïf a un ritmo inquietante, unheimlich, como diría Freud, con un compás in crescendo, arriesgado, que nos lleva a un final ominoso, que tiene una resolución relativamente feliz para la pareja atacada y la supuesta estabilización de la psicosis de Angélique, tras una hospitalización muy prolongada.

Me gustó mucho la puesta en escena, llena de detalles, con muchísimos objetos simbólicos, como si la directora no dejara nada a la improvisación para llevarnos a distintos universos, tal vez tan diferentes, que resulten incompatibles, mientras tú, como espectador tienes que ir armando todo un rompecabezas.

Algunos podrán considerar esta cubta cursi, mañé o Kitsch, pero yo insisto en lo que decía mi querida amiga Marta Santander, que lo mañé tiene su ternurita y tampoco calificaría a esta cinta con ninguno de esos adjetivos, más bien me resultó una artística exposición de ese tipo de locura, que el psiquiatra Clerámbault, llamara erotomanía.

No me pareció, para nada, una película sensiblera ni romanticona, más bien estaba lejos de cualquier tonalidad melodramática, de ahí que la sintiera bastante próxima a la estética de la Nueva Ola francesa.

Tampoco, la película me resultó tramposa. En ningún momento, sentí que la directora me tomara el pelo, ni me engañase ni me sentí frente a un filme extraño como esa cinta, para mí tan mediocre, que es El sexto sentido.

No es de esas cintas que hacen mucho ruido y, al final, ofrecen pocas nueces; Angélique me pareció un personaje real, así estuviese metida en el mundo de lo imaginario; muchos personajes reales suelen vivir en el mundo de la imaginación, de la que Santa Teresa de Jesús decía, con cierto buen humor, que era la loca de la casa; si su mundo no es coherente, si participa de cierto non sense, parte del hecho de que estamos en presencia de lo Real de la locura, que la directora describe con una buena dosis de conocimientos psicopatológicos; por ello, jamás se me ocurriría de tildar la cinta de mala sino, todo lo contario; la calificaría de bastante buena, sin importarme, si sea o no una obra maestra en la historia del cine.

No es que Angélique aparente lo que no es; ella es una psicótica, padece de un trastorno delirante y, a sabiendas de que no es una esquizofrénica, le aplicaría eso que dice Ronald Laing en su Yo dividido, que el esquizofrénico no tiene una esquizofrenia, como se diría que se tiene una gripe, el esquizofrénico es un esquizofrénico; lo que podríamos resumir en la frase un psicótico es un psicótico, no tiene una psicosis, es su manera de ser-en-el-mundo.

Y en esa locura, el amor puede devenir tanático, con los ataques a la mujer embarazada del doctor o con la violencia con el que la enamorada lo ataca cuando el hombre la decepciona, al confrontarla con su delirio, una vez ha podido comprender e integrar los datos disgregados que hacían que fuera él, quien apareciera como el loco, ya que la angelical Angélique, valga la redundancia y el nombre que le dieron a la protagonista, puede resultarnos muy dulce pero su pasión erótica puede convertirla en una asesina, sin más, ya que el doctor y su esposa hubieran podido morir con los ataques que ese ser candoroso, quien desde la escisión de su yo, pudiera desencadenar la muerte, ya que del amor al odio no hay sino un paso, en la medida que la frustración de Eros, desencadena la ira de Tánatos.

Así pues, mi querida amiga, que pude ver una buena representación de un caso de Síndrome de Clearambault, lo que Jacques Ferrand, entre el siglo XVI y el XVII, llamaría melancolía erótica, en el tiempo en el que Robert Burton escribía su Anatomía de la Melancolía y el gran psiquiatra Jean Éttiene Esquirol, todo un clásico de la psiquiatría, en pleno siglo XIX, denominaría locura del amor casto, hacia 1838.


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