miércoles, 27 de febrero de 2013

Crítica a una ciencia indolente

Capitán Patagonia

Son tiempos difíciles para la ciencia. Las pseudociencias mercantilizadas inundan las farmacias, los escaparates, los catálogos. La gente no se preocupa por investigar lo que está comprando y todo vale en el mundo de la publicidad: productos milagrosos, homeopatía, ecobolas, pulseras powerbalance… La divulgación científica no es valorada y los amantes de las pseudociencias New Age se cuelan en los espacios científicos, públicos o privados. Gracias a Internet y al inestimable trabajo desinteresado de cientos de profesores, estudiantes y gente que se dedica a la divulgación científica, el acceso a la ciencia está cada día un poco más al alcance de todos. Un gran número de blogs denuncian estos productos y los entramados que aprovechan la ignorancia de la gente para hacer negocio. Podría enumerar cientos de blogs y espacios donde se promueve un enfoque escéptico ante las pseudociencias y las conspiraciones trasnochadas con datos serios y método científico. Soy seguidor de muchos de ellos. Sin embargo, hoy quiero hablar de la ciencia en sí. De la ciencia que tenemos, de la que podríamos tener y de las diferentes ciencias posibles. La ciencia es ciencia por su método pero no por su objeto. Algunos de estos defensores de la ciencia parecen olvidarse de que la ciencia es un elemento social unido a diferentes aspectos filosóficos, económicos y humanos. Este aspecto, olvidado por muchos, hace que se encumbre la ciencia como fin en sí mismo sin pararse a analizar los objetivos y las consecuencias de la misma. El indigenasimaginario occidental ha elevado el productivismo económico y la tecnología al más elevado de los altares. El productivismo de la modernidad, ha dado paso a un nuevo productivismo postmoderno en el que los científicos no tienen ya porqué plantearse en qué ámbito trabajan ni las razones por las que cayeron en este campo. Mantienen la idea de que el fin de los males de la humanidad es el aumento de la productividad. La ciencia es buena en sí, da igual todo lo demás. Deificando la ciencia “imparcial” y olvidando el contexto en el que ésta se desarrolla. Defienden la ciencia que hacen cada día, sin más. La consideran una ciencia por encima de lo humano, por encima de lo económico, del bien y del mal. Es ciencia porque sigue el método científico, por tanto, es ciencia a defender. No suelen pararse a pensar por qué hay tantos científicos en unos sectores y tan pocos en otros. ¿Los científicos eligen ellos su línea de investigación? Se invierte en unas ciencias y en otras no. ¿Quién decide las prioridades de financiación en el ámbito público y privado y con qué objetivos? Sin financiación y sin beneficios, no hay ciencia en un campo tan rentable para algunos como la agricultura. Es esta ciencia indolente, asocial y erróneamente deificada, la que dedica más fondos para investigar el tratamiento de la calvicie que para la vacuna de la malaria. Aunque algunos se empeñen en negarlo, el sector público no se salva de estos intereses.



Un buen ejemplo de esta ciencia indolente, es el de José Miguel Mulet Salort, un investigador en ingeniería genética, muy respetado en los blogs de divulgación científica en España, que tiene una cruzada abierta contra la agricultura ecológica y en favor de los alimentos transgénicos y su investigación. Es el autor del libro Los alimentos naturales vaya timo. JM Mulet dedica buena parte de su tiempo a desprestigiar, con un lenguaje de dudoso gusto, a organizaciones de todo tipo que se movilicen en contra del desarrollo de los transgénicos o a favor de la agricultura ecológica o tradicional. No se le oirá entrar en muchos análisis económicos o sociales. Todos sus razonamientos son científicos, por tanto definitivos. Este enfoque puramente productivista y etnocéntrico ha marcado la filosofía, la política y la economía de los países capitalistas y también de los países del llamado socialismo real. Es un enfoque todavía muy asumido en occidente y es justamente el que ha servido para la exclusión de millones de personas del sur durante el siglo XX. Partidarios y detractores de los transgénicos se centran una y otra vez en las discusiones a nivel micro sobre casos y efectos sobre la biodiversidad, sobre la salud humana, el consumo etc. Creo que es un debate interesante pero que hace que se pierda la perspectiva sobre lo que realmente importa. Y esa es justamente la pregunta. ¿Qué es lo que realmente importa y a quién le importa? Como bien analiza Boaventura de Sousa Santos en su Crítica a la razón indolente, la ciencia occidental debe replantearse desde su origen y debe estar marcada por un claro principio de precaución a todos los niveles. No solamente precaución ambiental, sino precaución social, política y económica, teniendo en cuenta el sentir de los pueblos del sur, siempre excluidos por la historia y que no tienen ni voz ni medios para hacerse oír y marcar sus prioridades. Los resultados sociales de la ciencia productivista impulsada por el colonialismo en el sur son desastrosos. Pero hay quien quiere prefiere seguir pensando que nuevos avances científicos van a conseguir un mundo mejor. ¿Mejor para qué? ¿Qué es mejor para quién? Estos investigadores de la ingeniería genética jamás se meten en analizar los efectos sociales del desarrollo productivista de los transgénicos prefieren repetir la santa verdad de que las mejoras productivas de las especies son buenas, y ya está. Da igual quién impone estas “mejoras” en el sur o en la zona rural. El contexto político y económico, y que “los mercados” y las empresas sean las que han conseguido en las últimas décadas el poder de imponer a los agricultores de todo el mundo sus criterios y su forma de producir a través de acuerdos comerciales sinternacionales, no parece un dato a tener en cuenta para con el desarrollo científico. Los argumentos repetidos ad hominem han sido asumidos por buena parte de los científicos indolentes de occidente: la selección antrópica tampoco es natural, los químicos son naturales, lo natural no existe, lo natural es todo, no hay evidencias… Pero todo por la producción. Eso es un bien incuestionable. ¿La producción de qué y para qué? Se tiene muy claro qué es lo que los países colonizados deben hacer para su “buen” desarrollo. Su análisis se reduce al productivismo puro y duro e insisten en que las mejoras genéticas de las especies pueden salvar al mundo. ¿Salvarlo de quién?

El productivismo lleva fracasando más de un siglo en la lucha contra el hambre y ha sido el principal motor de la exclusión social en el sur. Allá donde llegaron nuestras grandes ideas occidentales de desarrollo, neutrales, científicas y universales, es donde las los excluidos perdieron más. Pero lo peor que perdieron fue la voz. Da igual cómo quieran producir en el sur, nosotros tenemos la clave porque es científica y no puede haber discusión. Sobre todo ahora que los precios son globales. Todo por la producción pero sin el productor. Qué más da su opinión si nosotros, que tenemos la ciencia, ya pensamos por ellos. ¿Y si ellos prefirieran que la ciencia investigara otros aspectos y no el aumento de la productividad de las especies que marca el mercado global? Si las mejoras productivas no han servido para acabar con los problemas de la gente del sur, ¿Por qué los ingenieros genéticos se apuntan al lobby político-social productivista? Ellos suelen pensar que sus opiniones contribuyen al progreso de la ciencia. Sin embargo, en el mundo capitalista en el que vivimos, no hace falta mirar muy lejos para darse cuenta de que la ciencia no existe en sí misma desligada de los intereses productivistas y de las empresas que sacan rentabilidad de estos estudios. Son estas empresas, con Monsanto a la cabeza, las que han conseguido marcar la agenda de desarrollo de los campesinos y campesinas del sur. El señor Mulet, que se considera de izquierdas, se desliga del gran capital con una escueta crítica sobre las patentes, defendiendo que la ciencia es independiente y que se pueden liberar las patentes como se ha hecho en algunos casos. Profundo análisis global éste, que no tiene en cuenta los datos de la situación social “real” de los países en los que el desarrollo de los transgénicos ha creado una verdadera catástrofe social, pero eso no es ciencia, son daños colaterales y prefieren ir a lo micro para el análisis pero a lo macro para desprestigiar a todas las organizaciones que defienden otro modelo productivo. Los objetivos de su ciencia y de sus ataques, es lo criticable. No los argumentos científicos que utilicen para hacerlo. Para ellos la ciencia es ciencia. Y querer frenar el desarrollo de los transgénicos es anti-científico. Es ideología, vaya, y no tiene nada que ver su trabajo. La ciencia debe ser libre a desarrollarse en su caótico porvenir. ¿Es tan caótico y espontáneo este desarrollo? Al fin y al cabo el señor Mulet es eso. Un capitalista de “izquierdas” que analiza sus datos en su despacho sin mezclarse con agricultores negros o indígenas, más que cuando coincide con alguno en una conferencia internacional. Qué casualidad, también estos “representantes” del sur, creen que se puede arreglar el mundo a través de los transgénicos. Esos representantes a los que la “mano invisible” les fleta aviones para que puedan ir a grandes conferencias internacionales. Al mismo tiempo se dedica a criticar la agricultura ecológica y tradicional con el sencillo argumento de que produce menos. El señor Mulet no termina de entender el por qué la FAO y la ONU impulsan la agricultura ecológica y tradicional porque produce menos y con eso está todo dicho. No sé cómo se explicará el señor Mulet que la organización más grande jamás creada, la Vía Campesina, que representa a más de 500 millones de campesinos y campesinas del mundo y en la que por fin tienen voz los excluidos, defienda la agricultura tradicional y ecológica. ¿Les habrán convencido los enviados de la pseudociencia? ¿Las malvadas ONG’s ecologistas habrán sido capaces de comer el coco a 500 millones de personas? No. Son los olvidados, los sin voz, los excluidos a los que nadie preguntó qué querían hacer con sus vidas. Esa gente que ellos piensan que no saben lo que realmente quieren, esos que están equivocados. Esa gente “subdesarrollada” de la que tanto tiempo se lleva hablando en universidades occidentales para encontrarles un camino y una solución.

Estos 500 millones de campesinos que son despreciados por el lobby transgenetista cada día con sus enfoques, están hartos de las vidas que les vendemos. Se están organizando y luchan contra el productivismo que les es impuesto y contra los transgénicos. No luchan contra la ciencia, luchan contra los que les dicen desde sus púlpitos cual debe ser su ciencia y cómo deben desarrollarse, contra los que imponen una forma de entender el mundo. Lo que deben ser y lo que tiene que ser importante para ellos. Están hartos de gente como el señor Mulet que llevan hablando de productividad demasiado tiempo desde sus despachos y que fijan sus críticas sobre los que les defienden. Este es el verdadero peligro de los científicos indolentes. Son los nuevos Fukuyama de la postmodernidad científica. La ideología ha muerto y nos queda lo único en lo que estaban de acuerdo la OTAN y el pacto de Varsovia: el productivismo. Esta no es mi ciencia, es la ciencia indolente de los sabios de occidente que no serán magufos pero que sustentan, sin saberlo, la barbarie en el mundo y centran sus críticas sobre organizaciones, con mejores o peores argumentos, que luchan por defender a los excluidos. Si su objetivo es ayudar al sur, ya han fracasado de antemano. Afortunadamente, se están levantando los que nunca tuvieron voz para contarnos lo que son y lo que quieren. Se están organizando. Son ese ente oscuro y desconocido que no entendemos en Europa. Esa gente rara que a veces prefiere “producir” menos. La ciencia que yo defiendo es la ciencia puesta al servicio de los intereses de las personas, de los diferentes intereses que los Mulets no entienden. De los diversos mundos que quieren existir y no les dejamos. Los problemas del sur no van a arreglarse con la ciencia que los Mulets representan, entre otras cosas, porque seguimos sin escuchar a la gente del sur para saber cuáles son sus problemas. Quinientos millones de campesinos están deseando explicarle al señor Mulet por qué prefieren la agricultura tradicional y ecológica a la agricultura productivista que este “divulgador” defiende. Escuchémosles.


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