jueves, 21 de febrero de 2013

Diciembre negro y… navidad (una saga de diciembre del 2001)


Carlos Alberto Parodíz Márquez (Desde Alejandro Korn, Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Sábado (15) caluroso y de gloria para algunos, como siempre. El que elijas. Esto fue una semana antes del diciembre negro.

Al Alfa gris lo metalizaba el sol. Yon manejaba con aire perplejo. Atrás quedó la rubia de Rep…sol… Ana en Lanús.

-Vamos hasta el “mangru.”- No pude terminar de oír la frase, por la bocina de aire de un camión super star, que nos tapó de hollín. Lo miré con el código de silencio incorporado, camino de Ezeiza. Creí que era un ataque de nostalgia abrochado al recuerdo del “general”.

- Hay reunión de la “Tercera”-. Fue el inicio de su explicación.

- “Garganta profunda” llega en un rato-, anunció mientras estacionaba deslizando suave el auto hacia la grata penumbra.

-No hay nada que no borre un cóctel de champaña. Brindemos por el tiempo que llega y pasa-, suavizó Yon la espera, al ingresar al anexo.

 -Un buen sándwich de rosbif, con mucho jugo y algunas cebollas crudas, es todo un desafío, completó sin admitir diferencias de opinión.

Un café y pastel de manzana, fueron aduana para el “lemongello”, cuando llegó “Garganta”.

-¿Quiénes están reunidos?, preguntó filoso el vasco. El otro inspiró.

-Con perdón de mi memoria, “el negro”, “Chiche”, “el pelado”, María Elena, “los coroneles de Perón (Rodriguez-Muller), Ballestrini muy elegante de pantalón y camisa crema, cinturón y zapatos marrones, “Manolo”, Infanzón, “Cacho” Alvarez, otros intendentes, di(s)putados, senadores, Camaño, conectado telefónicamente con el por entonces gobierno, la mayor parte del tiempo, el vice ingeniero, que vino “Solo” y quien, con el pelado, hicieron un aparte serio, el dueño de casa, vuelto al redil, “la dulce” está en el otro bando, ¿se habrán separado o se repartieron?

Cuando el tipo tragó aire, Yon lo cortó al medio, de un tajo y sin revolver.

-¿Qué pasó?-

-Sólo puedo rescatarte que “el negro” dijo mas o menos esto: “debemos hacer algo (…), que es lo que la gente quiere (..) si hacemos eso justificamos nuestra militancia y lucha, aunque sea lo último que hagamos, . Pasaremos a la historia por nuestro último acto”, alcancé a oír; lo malo es que ellos hablaron, comieron, brindaron, mientras que a choferes y “secuaces”, ni agua, como es tradición “del mangru”.


Me quedé pensando, un desliz lo tiene cualquiera. ¿Habrá sido un anticipo del futuro que hoy es presente?

El vasco parpadeó tres veces, y los ojos celestes se tiñeron.

-Vamos - , me invitó con franqueza bilbaína.

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A través del llanto insistente de las lluvias, habría que imaginar sonidos de canciones. Por eso están quienes fingen antes de ofenderse frente a la catarata de la incomprensión, reflexioné sarcástico, pero me guardé bien de hablar.

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¿Cómo recuperar el tiempo perdido?

Hay una ceremonia en la India, hacerse un “sannyasi”, donde un hombre manda todo la diablo, deja su casa y familia para lanzarse al camino, con su bastón y un plato de mendigo.

Ellos dicen que es el cuarto y último estadio – la sannyasi (el perfecto abandono), por lo menos en la tierra. Es el código hindú que estipula el modo de vivir la vida.
En eso estaba, cuando desperté, un segundo antes de atrapar “a la mujer dorada”.

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Días y autos cambiados después, Yon fue dulce, como siempre.

-Vamos al centro, que hay tambores de llamada, el auto para en Constitución -, masculló entre saltos de estilo mariposa. Cuando salimos del subte, luego del trasbordo, cerca de la plaza, la zona parecía eructar el humo y ruidos precursores.

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Antes, en las vísperas, estacionamos un tiempo en el sitio azaroso, donde la música estrepitosa hacía flamear ventanales y gritaban mujeres que chapoteaban su propia orina. Vimos que pasaban parejas brumosas y perfumadas que dejaban a su paso una estela que podía asfixiar al gato “trancha”. Un borracho volcado, vomitaba maldiciendo su rosario prolijo de frases obscenas.

La prohibición produce efectos maravillosos, hace que todos se sientan sedientos, rebeldes, pendencieros, La prohibición del no tener con que poder. Especialmente en las mujeres.

Entre las parejas que bailaban, desenfrenadamente, nos abrimos paso rumbo al mostrador, eludiendo gorilas con jarros en las garras, que se suicidaban con cerveza. Yon tropezó con la mesa y la rubia que lo atrapó para bailar.

El, por supuesto, sin moverse y la mirada contadora de ovejas, en el desierto birmano, apretaba.

Salimos después del abrazo mortal, para reinsertar la realidad.

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El rumor de cacerolas hacía trepidar el pavimento.

-Hay fiesta en “la rosada”-, deslizó el vasco con la boca llena de rouge. Le tendí el pañuelo sin hablar. El candombe rioplatense se venía con ganas de quedarse, en estos tiempos de nada por dos pesos el río del boca a boca ampliaba las ondas sonoras “habló el presidente”, dijo una señora feroz a la hora de manotear excusas del hastío.

-De aquí no se va nadie -, me contó al oído Yon, mientras la sección de “timbales caseros” afinaba la melodía repetida, “que se vayan todos, que se vayan”. Yo sabía que el deseo es lo penúltimo que se pierde, porque esa gente se lo había propuesto y cuando se abre la puerta de la historia, puede salir o entrar el tiempo de la histeria.

-Se pudrió todo-, profetizó el vasco, con la mirada puesta en algo que nadie veía. Giré la cabeza, la plaza se llenaba y el canto, el baile y el reclamo estrenaban partitura. En la penumbra, a la derecha de “la rosada”, el grupo que llegaba no era de grupo.

Alguien escupió laorden en auriculares sordos.

-Se vienen “los hijos..” -, el ruido se llevó el resto, para volver con la carga de la caballería bien “rusticana”. El polvo, los gases, los bastones, las corridas, y la primera embestida fue, contra mujeres y abuelos, como siempre.

Valientes como estos nunca escriben historias sobre delitos, porque están ocupados en cometerlos.

Como no era la primera, estuvimos a salvo, otra vez, para contarla.

La Catedral y su reja son un acto de fe. Nos quedamos a vivir la historia de aquellos 19 y 20 de diciembre.

Se fue la fiesta y vino la tragedia.

Se endureció la gente y se mezclaron los tantos.

Los días de furia estaban por seguir.

Una jueza muy enojada, al otro día, se nos cruzó en la Catedral y después “a pata”, buscaba al jefe represor. Me pareció imaginar ¿lobo está? Y otra voz ampliaba “se está poniendo los cargadores”.

Cuando comenzó el festival de saqueos iluminados por autos incendiados y cuando empezaban a apilarse cadáveres y cuando todos los gatos son pardos, pasamos por encima de bolsas de alimentos , abandonadas en ruidosas retiradas, vimos vecinos enfurecidos que descargaban palos de otras broncas, sobre intrusos de todas las geografías.

Alineados como en desfile, marchaban alimentos, calefones, heladeras, mientras astillas de vidrieras también desaparecidas, alfombrabancalles y avenidas.

Más lejos, en el suburbio y con rebote, comenzaban a encenderse antorchas en trincheras barriales, su vecinos a agruparse para confundirse y matar hasta parientes, esperando al enemigo invisible, que llegaba en alas del más antiguo sistema de comunicación, el rumor.

Un celular salido de no se donde, abortó la observación.

Yon escuchó.

“Marifé” está en apuros-, me dijo. Volvamos.

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Martín Rodriguez, a una cuadra del “Camino Negro”, la última frontera, para gente como uno, ¿viste?, fue el sitio.

“Marifé, un ojo en la noticia, fija imágenes. En realidad las fijaba. Media cámara fotográfica, se fue en manos del langa enfundado en bermudas de jean, y pelo largo, quien la manoteó cuando cubría una nota para el diario.

“Marife”, mujer de anteojos, como dije, que me pueden, tenía el asombro grabado en la mirada.

Era su primer rol de víctima en los salvajismos nuestros de cada día, en el conurbano, pero como ella escribe, el episodio, tendrá destino de papel.

Yon le hizo el inventario del bolso negro y sus ojos celestes tenían un tono peligroso, eso sólo yo lo sé.

El saqueador de turno robó la nota. Robó a la mujer. Robó un sueño que la máquina podría generarle con trabajo. Robó además el precario equilibrio de su seguridad.

“Marifé” quedó en la ruta y pasó a ser un nombre nuevo para la lista de los victimarios. Demasiada letra para ellos.

Yon la acompañó para que sus numerosos hermanos, de padres y sueños distintos, aliviaran su concreta soledad con intuición y sin preguntas, para emprender la búsqueda del sueño esquivo.

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-¿Simplemente porque estuviste en la cárcel tenés derecho a pensar que lo sabés todo?-.
-¿Sobre que discuten?, ¿la megalomanía capaz de hacerlos vivir desastrosamente en el pasado?
-Malgastamos el tiempo jugando a la política con un poder imperial que hasta el más idiota, nos hubiera dicho que nos vencería en ese juego, con las dos manos atadas-.
Los dos tipos discutían en la esquina, olvidando, otra vez, a la gente.
Yon meneó la cabeza, me palmeó y con gesto digno de su elocuencia, acotó ..
-Decile a todos feliz navidad.


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