miércoles, 27 de febrero de 2013

El sentido inexacto

Pedro Luis Ibáñez Lérida (Desde España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

"Detrás de cualquier suma hay una resta, / hay un pasado, / tantas orugas con agujas / que tejen y destejen lo mismo cada vez". La condición humana es humo. Como lo son sus manifestaciones, entre ellas la literatura. El poeta Carlos Marzal apunta, "Un poema, un cuento, una novela -condiferentes grados de desaparición- queman su cuerpo mientras construyen su corporalidad. Lo que queda de un texto en nosostros, después de haberlo leído, es el recuerdo de lo que el texto fue. El eco lejano de su música. Estamos condenados a tratar con humo, por muchos humos que nos demos". Los versos de Flavia Company apuran esta emoción que nos descubre la futilidad de nuestro mundo. Y, con él, la concerniente a propia literatura. Tener la conciencia de ese estado de cosas o mejor, ser consciente de cuánto no es trascendente, es la invocación al sentido inexacto de nuestras especulaciones. Vicente Verdú al reflexionar sobre la arquitectura señala que, "En estos últimos años han dominado las fachadas atractivas sobre los interiores bienhechores y, con ello, una lista de celebrados arquitectos han dado el pego fotografiando, en revistas de lujo, el cutis de sus obras. La practica parecía coherente con la importancia de la apariencia y la buena pinta". A la permeabilidad de tanta fruslería no es inmune la creación literaria. El fenómeno mediático configura la derrota marina de esta singladura hacia la trivialidad. Los escapartes se llenan de novedades que dejan translucir ese humo que la brisa difuminara en el aire.



"Como ciertas músicas / el poema hace cantar al silencio". La percepción de la inexactitud es coincidente con el halo que la acompaña. Las certezas no atienden al criterio libérrimo de la expresión. Son el principio del fin. Concitar la duda es como la entrada a una cueva ignota. La ardiente tea va cediendo la pesada oscuridad. Pero mientras avanzamos, aquélla cierra sus fauces sobre nosotros. Estamos rodeados de oscuridad. El sentido y dirección de la luz se halla en la genésis de su contraria naturaleza. Eugéne Gullevic blande el decir y sentir del impulso que conmueve para dejarnos ausentes y desprotegidos. La literatura nos revierte en la profunda sima de la incertidumbre. Continúa el poeta frances, "Las palabras son espadas / Contra las tripas de las brumas". Son haces de transparencia, mandobles de golpe desacertado que osan rivalizar con la propia vida. La escritura es también la propia vida que nos empuja como un lobo perseguido. En esa huida, la oportunidad de perder el rastro de sus perseguidores y elegir la senda menos transitada: remover los anaqueles hasta tomar el título que nos invite a lo desconocido, a lo pendiente por descubrir. La agraz textura que difiera de la suave, tersa y convencional. La palabra que no se digiere por que reposa en el velo del paladar y cuyo regusto se hace presente una y otra vez.

"Bienaventurado aquél / que elige por sus heridas / no sus heridas por él". Quizás porque, como diría Sthendal: "He puesto mi felicidad en estar triste". El sentir contradictorio que cautiva por su dimensión emocional y estoica. Mario Álvarez Porro nos habla en su reciente poemario de "La palabra en llamas". El dominio de una expresión exiliada por su propio principio benefactor. La ciudad se alza como exorno de la calcinación, "ya no quedan lugares de acogida / en esta tierra de nadie / donde avivar el relámpago / y dominar la tormenta / sólo palabra solidificada / erosión de la luz / atrapada en el tiempo / a palabra perpetua / ya no queda ni la nada". La sólida palabra del poeta sevillano no abunda en la resiliencia. No se sale más fuerte ni poderoso de los embates. Se sale distinto. Como el guante es tomado por la mano. Y es otra. Revestida de otro manto. A la palabra se le puede untar afeites, pero la madrugada es corta y las ojeras aparecen. La escritura posee la pesada carga y el liviano objeto, "algo tiembla bajo el latir del ala / que vuelve volatil lo mineral".

Tras 28 años de estancia en la senda silenciosa, el naufragio de la palabra arroja sus enseres a la playa calmada y rectilínea, en la que se aprecia cualquier detalle. Entre ellos, semienterrado y las páginas como manos anunciadoras, agitadas suavemente por la brisa marina, retorna Un invierno llevadero, de Jesús Tortajada. "Ya sé, de más, que si existiera Bécquer / tú no estarías conmigo (con la helada / tan dura que este año está cayendo)". Señalan los jóvenes editores en la nota que incluyen en esta nueva edición:"Una obra a la que afluye el don de la levedad para redimirnos de cualquier síntoma de presuntuosidad. La vocecita de la tarde que nos apremia, en la feraz soledad, a desapegarnos de lo fútil y reposar en lo discreto y enunciador, que sólo corresponde al valioso hallazgo de lo innombrable. En ese territorio proscrito reside el silencio (...)" La ciudad evocadora de Ocnos, que es paisaje natal y existencial de este otro poeta hispalense, descansa en la evocación de aquél -Luis Cernuda- que murió en el exilio mejicano hace cincuenta años, "Desde el balcón, hoy luz para el recuerdo, / en tus ojos de mármol atardece / (...) A través del mar sólo, / mientras paso las olas, / tus páginas, pensando / que vuelvo a la ventana, / siempre luz del recuerdo". En la escritura no existe la pureza. La acción y la pulsión hurgan en terra ignota. El sentido inexacto es reconocer el extravío que habitamos y con el que convivimos.


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