jueves, 21 de febrero de 2013

Historias paralelas


Marcelo Colussi (Desde Guatemala, especial para ARGENPRESS CULTURAL)

El encuentro comenzaría el jueves por la mañana. Se encontraron el miércoles a la noche, junto a la piscina del lujoso hotel. Ambos eran muy extrovertidos, por lo que no les costó mucho establecer rápida comunicación. Ambos, de igual modo, manejaban fluidamente el inglés, lengua en la que se comunicaron todo el tiempo que duró su contacto.



Eduardo, vaso de whisky en mano, fue el primero en presentarse. Moreno, cuarentón, de buena contextura física y afinados bigotes, con estudiada sonrisa comenzó el diálogo. Su esposa Vilma, hermosa mulata diez años menor que él, era maestra de enseñanza preescolar en su país natal.

Otro tanto sucedía con Sofía, la esposa de Nicolás, el rubio y pálido gordito simpático que respondió solícito a las primeras formalidades lanzadas por Eduardo.

"¿Me imagino que usted no es docente de niñitos, verdad?"

"No, no. ¿Ni usted tampoco, no es cierto?, agregó Nicolás con cierto rubor en sus mejillas, y con ojos algo enrojecidos que denotaban que la actual no era su primera copa.

"No, claro". La expresión de Eduardo pretendía ser convincente, total. "En realidad estoy acompañando a mi esposa; ella sí es maestra preescolar". Se detuvo un momento antes de continuar hablando, como pensando con profundidad lo que iba a decir. "Lindo oficio ese, ¿verdad?"

"Bueno, sí. En realidad todos los oficios son bonitos, cuando uno los elige", agregó Nicolás con un aire casi filosófico. "A propósito, ¿usted de qué se ocupa?"

La pregunta pareció turbar a Eduardo, quien no se esperaba una estocada de esa naturaleza. Algo repuesto, balbuceó una respuesta precaria.

"Este… bueno, yo, en realidad… sólo estoy acompañando a mi esposa. Pero yo no trabajo como maestro, no, no. ¿Y usted?"

"Eh… yo tampoco. ¡Qué casualidad!, ¿no?", se apuró a comentar el rubio Nicolás, buscando con toda velocidad torcer el curso de la conversación.

Fue obvio que los dos se rehusaban a hablar de sus ocupaciones, y ambos decidieron tácitamente no llevar la conversación por ese lado.

"Lindo este país, ¿verdad? Yo, en realidad, es la primera vez que lo visito. ¡Y viviendo tan cerca!", aclaró Eduardo con mirada penetrante, buscando ser seguido en algún tema que no resultara incómodo.

"Sí, sin dudas. En realidad yo lo conozco poco, pero sé que es muy bello. ¿Aquí es donde se exilió Trotsky, verdad?, preguntó Nicolás con aire inocente.

"Perdón, ¿quién?"

La sorpresa no pudo evitar un gesto de desaprobación en el infantil rostro de Nicolás. Tragando saliva continuó:

"León Davidovitch Bronstein, o sea: Trotsky. Aquí se exilió, y aquí murió. Al menos según lo que tengo entendido". Sus palabras trataban de ser cautas, de no herir a su interlocutor, no ponerlo en dificultad.

"Ah, sí. Claro, Trotsky. ¿Se refiere al ruso, no?"

"Sí, sí. A él. Bueno, claro que no podemos juzgar la belleza de México por un extranjero que vino a cobijarse aquí. Extranjero, por otro lado - según mi modesto parecer- que fue un traidor en su patria, y que por eso se buscó la muerte. Pero, bueno… eso es otra historia. De todos modos, ¿bonita la tierra azteca, no?

"Sin dudas, claro. Veo que usted conoce bastante de este país."

"No me atrevería a decir eso. Apenas si he leído algo sobre él. Me interesa, claro. Alguna vez recibí algunas clases de español; poco, muy poco. En realidad era más importante que supiera otros idiomas, por eso me prepararon en inglés. Y en ruso, claro."

"Ah, ¡buena preparación! ¿Y quién lo mandó a estudiar tanto? ¿Sus padres?", interrogó curioso Eduardo.

"Bueno, no diría en sentido estricto que eran mis padres. Pero, casi. Se necesitaba que, por mi tipo de trabajo, manejara varios idiomas. Aunque en realidad no son tantos. Mire: conozco gente que habla a la perfección cinco, seis, siete lenguas. Yo no, ¡qué va!"

Eduardo se comenzó a sentir empequeñecido; hablaba bien inglés, producto de sus años juveniles vividos como ilegal en California, pero no se consideraba en absoluto un intelectual, una persona preparada. Por el contrario, cada vez que se encontraba con alguien más capacitado, sentía una visceral repulsión. Su actual trabajo -con el que se sentía muy a gusto- le reforzaba esa actitud. Esa sensación de rechazo comenzaba a ir sintiendo ahora ante su compañero de charla; la nívea piel de Nicolás, sus ojos azul profundo, el cabello rubio oro, todo eso amplificaba el odio. Trató de llevar la charla hacia otro campo.

"Lo veo algo excedido de peso, ¿verdad? ¿No es peligroso a su edad?". Sabía que sus palabras eran hirientes; en realidad, buscaba golpear.

"¿Usted cree? Quizá tenga razón, sí."

"No se ofenda, pero creo que de verdad está un poco…gordito, digamos." Eduardo trataba de ser simpático en la forma de decirlo, pero no por ello menos dañino. Y logró su cometido.

Nicolás enrojeció. En el fondo era bastante tímido.

"Bueno, sí; debo reconocer que estoy algo pasadito de peso. Ya me lo dijeron en mi oficina. A veces, en realidad, me dificulta mi trabajo."

Complacido por haber hecho trastabillar a su contrincante, Eduardo se sintió pletórico internamente. De todos modos no quiso manifestarlo, siguiendo la conversación con cierto aire de ingenuidad.

"Ah..., ya se lo dijeron. Bueno, me puedo quedar tranquilo: no soy el primer mal educado que acomete el tema. Pero, mire… ¿cómo me dijo que se llamaba? Nicolás, sí, eso es. Mire, Nicolás: no sé qué tipo de trabajo hará, pero la obesidad nunca es recomendable. Trae problemas de salud, ¿sabe?"

"Claro, claro. Lo sé. En mi trabajo lo noto a veces, se lo aseguro. Y en verdad que ya varias veces he pensado seriamente comenzar una dieta. Incluso me lo sugirieron en la oficina -de manera gentil, por supuesto, pero esas sugerencias sé lo que significan."

"Perdone lo curioso -sé que usted me lo preguntó hace un instante y no tuve la amabilidad de responderle con franqueza: yo trabajo para el Estado-, pero… ¿usted de qué trabaja, Nicolás?"

"¡Vea qué coincidencia! Yo también trabajo para el Estado."

"Bueno, bueno. Somos de la misma raza entonces. ¿Y puedo pedirle más precisiones? ¿Qué hace? ¿Bombero, ministro, enfermero? ¿Quizá empleado de correo?", se permitió bromear Eduardo.

"Le diría que… un poco de cada cosa. Es decir: ayudo a mi país de muchas maneras. Tal vez más bombero que otra cosa."

"Pero… ¿es bombero entonces?"

"En cierta forma, sí. Creo que lo que más hacemos es apagar incendios. ¡No se imagina la cantidad de incendios que tenemos que combatir!", también pretendió bromear Nicolás. "¿Y usted que hace, Eduardo?"

"A ver… para ser franco: no es muy distinto de lo que hace usted. También apagamos incendios. Aunque diría que yo, además de bombero, hago más de empleado de correos. Es que llevo información, ¿sabe? Mi trabajo consiste, en buena medida, en manejar informaciones, informarme y hacer circular lo que voy sabiendo."

"El correo del zar…"

"Ah, también ruso, ¿no? Como Trotsky." Podría haber pasado por una agudeza, pero no quedaba claro si era eso o una profunda torpeza.

"¿Y su esposa qué dice de su trabajo?", acometió de pronto Eduardo.

"¿Qué dice? No le entiendo; ¿qué tendría que decir?", respondió un tanto sorprendido Nicolás.

"Sí, ¿qué dice? Quiero decir: ¿está de acuerdo?"

"¿Y por qué no habría de estarlo?", respondió Nicolás con cierta vehemencia.

"Pues, mi esposa no está tan contenta. Vive pidiéndome que me busque otra cosa, algo más tranquilo. Ella querría juntar unos centavitos e instalar una… ¿cómo decirlo en inglés?... una venta de 'chicharrones'. ¿Conoce esa palabra en español?"

"¿La grasa de cerdo, no?"

"Exacto."

"Pero, Eduardo: ¿qué tiene de intranquilo su trabajo?" La cara del rubio denotaba una mezcla de candidez y estupor.

"Mire: en mi país no es fácil hacer de bombero, de 'correo del zar' y tener un esposa que es maestra de infantes. No es nada fácil. Nosotros estamos en virtual guerra, y el enemigo es listo, pérfido. Hay que estar siempre alerta, preparado para todo. Ya van dos veces que estoy en tiroteos, y por suerte no tuve gran cosa; apenas este rasguño en la pantorrilla", dijo levantándose un poco el pantalón y enseñando una cicatriz. "Le repito: no es fácil defender a la patria."

"Puedo imaginarme en qué bando está usted", dijo con malicia Nicolás.

"¿De los buenos o de los malos?", volvió a bromear Eduardo.

"Pues… eso depende de cómo se mire. ¿De los buenos quizá?", preguntó con cierta ingenuidad el rubio.

"Yo diría que sí, indudablemente. Nosotros no empezamos el ataque, sino que nos defendemos. Son los malos, los…", calló súbitamente el moreno. Fue, de pronto, percatarse que había llegado muy lejos, que estaba hablando más de la cuenta. Hizo un visible esfuerzo por mantener la sonrisa, para agregar luego con ficticia tranquilidad:

"En verdad, en la guerra no hay ni buenos ni malos. Apretar un gatillo es siempre eso: apretar un gatillo. Y tanto el cuerpo que recibe la bala como quien disparó el arma, están convencidos que su causa es la justa. Por supuesto que yo estoy convencido de tener la razón, y para eso me pagan además. De todos modos, guerra es guerra, y estoy seguro que triunfaremos."
"¿Le gusta matar?", vomitó con frialdad Nicolás. Por un momento Eduardo quedó petrificado; las primeras palabras no le salieron. Tuvo que ayudarse con un trago para seguir hablando.

"Usted es muy directo, ¿verdad? ¿Y si le dijera que sí?, agregó con cierto temor el moreno.

"Pues… seríamos dos. Yo también he tenido que matar, y no lo dudé. También estamos en guerra, y por supuesto estoy seguro que somos nosotros quienes tenemos la razón. Cuando se trata de defender la patria, hay que darlo todo". El aspecto que iba tomando Nicolás aterrorizaba. "Aunque piensen que nos van a derrotar, no lo conseguirán. ¡Jamás! ¡La patria se defiende con la propia vida si es necesario!". Algunas personas observaron curiosas al exaltado que estaba levantando la voz de aquella manera. Darse cuenta de esto pareció hacerlo volver a su tono mesurado.

"Pues así es, mi amigo", continuó más reposado. "La guerra es la guerra, usted lo dijo. Y ahí se permite todo."

"Es como en el amor", agregó con picardía Eduardo. Este comentario pareció turbar a su rubio interlocutor; sus mejillas se ruborizaron y su acalorado discurso repentinamente cesó. Quedó desarmado.

"Sí, guerra es guerra, tiene razón", retomó Eduardo en vista del súbito silencio de su compañero y como para mantener viva la conversación. "¿Podría permitirme preguntarle contra quiénes pelean?"

"Pues… contra… contra el mal, me atrevería a decir", agregó Nicolás levantando de nuevo el tono de voz. "El mal acecha por todos lados, corrompe, penetra. Nosotros, bomberos como somos, tenemos que apagar ese fuego corrupto. Mire, le voy a confesar algo: no es que me guste hacerlo, pero la vida me lo ha impuesto. A veces, cuando agarramos un enemigo, lo presionamos para que se corrija, y a veces tenemos que usar la fuerza bruta. No es bonito, pero no queda otra alternativa."

"Si no entiendo mal, entonces… ¿torturan?", preguntó Eduardo con timidez.

"¿Torturar? Bueno, no usaría esa palabra… Quizá mejor: convencer."

"Pero ¿convencen por la fuerza entonces?

"Sí… en verdad… bueno, nuestro enemigo se empeña en ensuciarnos diciendo que torturamos. Pero le aseguro, mi estimado… ¿Eduardo, no?, le aseguro que es por el bien de la patria. ¿Qué otra alternativa tenemos?"

"Lo entiendo, Nicolás, lo entiendo perfectamente. A nosotros nos sucede lo mismo. Viven diciéndonos que somos unos sanguinarios, unos asesinos, cuando en realidad los malvados son ellos. Y dígame, mi estimado amigo: ¿cómo es su guerra? ¿También tienen presión internacional?"

"También. No sé cómo será la guerra de ustedes, pero la nuestra nos resulta muy desgastante. Tenemos que estar peleando en varios frentes a la vez: contra el imperio, contra la penetración en suelo patrio, contra las tendencias desviacionistas. ¡Es interminable! Y además -quizá sea lo más difícil- contra la propaganda sucia con que el enemigo nos ataca. ¡Usted no se imagina todo lo que cuesta eso! La actitud de Nicolás era la de un buen maestro dando su clase. Eduardo lo escuchaba con atención.

De pronto fue Nicolás quien sorprendió a su oyente. Con pasmosa tranquilidad preguntó:

"¿Ustedes también torturan?" Antes de esperar la respuesta pidió otros dos whiskies al mesero que pasaba.

"Bueno, ahora que ya estamos agarrando confianza y somos 'cuates', como dicen en este país -¿también usaría esa palabra Trotsky?- le voy a contar: ¡sí, por supuesto que lo hacemos! Es parte de nuestra lucha. Es la mejor manera de conseguir información. Y no sólo eso. También sirve para asustar al enemigo."

"Coincidimos bastante".

"Sin dudas", sonrió Eduardo. "Vea: no sé contra quiénes pelean ustedes", siguió diciendo con aire profesoral, "quizá sea el mismo enemigo que el nuestro, no sé, pero está claro que hablamos el mismo lenguaje. ¿Sabe una cosa? Usted me cae bien, me parece una buena persona."


"Lo mismo usted", agregó Nicolás con una sonrisa bonachona.

"¿Y… gana bien en su trabajo?", terció Eduardo buscando un punto de complicidad. Incluso guiñó un ojo cuando hacía su pregunta.

"Digamos que… no mal. En realidad el sueldo no es muy bueno que digamos, pero uno siempre se ayuda con algunas otras cositas."

Ambos sonreían pícaramente; no era necesario decir cosas que estaban sobreentendidas. Tratando de ser magnánimo, Eduardo agregó:

"En realidad, le voy a contar, nosotros ganamos más con las extras que con el salario de planta, ¿sabe? Trabajitos para ayudarnos, ¿entiende?"

"Ah…", dijo doctoralmente Nicolás. "Bueno, igual nosotros. ¿Y cuáles son sus extras?"

"Usted sí que sabe buscar la información, picarón. Bueno, se lo cuento si usted me lo cuenta primero."

"No, así no vale. Hagamos otro trato: le cuento intimidades de mi trabajo si usted me dice cómo se llama su jefe."

"Pero eso es muy fácil. ¿Sólo el nombre? Pues se lo digo ahora mismo: yo dependo orgánicamente…"

"¡No, no!", interrumpió Nicolás. "No le pregunto por su superior inmediato. Me refiero al proyecto para el que trabaja, la razón última de sus actos."

"Me imagino que será Dios. El es la razón última de todo ¿no?", dijo Eduardo con ingenuidad nada fingida.

"¡No, tampoco! Quiero decir: ¿no hay nadie entre usted y Dios? ¿Quién es el más poderoso en su país?"

"¿A dónde me quiere llevar con todo esto?", reaccionó Eduardo con actitud de desconfianza. "¿O también conmigo quiere probar a interrogarme?"

"¡Tranquilícese, hombre! Le quiero decir que, supongo, usted -al igual que yo- ha de trabajar para algún fin superior que, quizá, ni siquiera conoce bien. Yo, por ejemplo, trabajo para un Estado que defiende un determinado modo de vida, valores, principios. Y más o menos, sin ser un especialista en la materia, los conozco. ¿Usted para quien trabaja?"

Eduardo se sentía embarazado. Bebió de un sorbo lo que le quedaba en la copa y, rascándose una oreja, agregó con parsimonia:

"Le tengo que confesar que no lo sé."

"Pero… están en guerra me dijo. ¿No sabe contra quién pelea?"

"Bueno, en cierta forma sí. Pero sucede que antes que comenzara la guerra yo hacía este mismo trabajo, y no cambió mucho. Desde hace como diez años me dedico a hacer confesar a los que nos traen al departamento. Y no hay mucha diferencia entre los infelices que nos traían antes y los que llegan ahora. Todos gritan de la misma manera, lloran, se cagan, todos iguales, y todos son igualmente culpables. Pero, Nicolás… ¿a usted no le pasa lo mismo en su trabajo?"

"En realidad… sí. Yo se lo pregunto a usted, pero si me pongo a pensar en lo que me sucede, creo que estoy igual. Más de una vez pensé qué haría yo si estuviera en el lugar de esos tipos… Bueno, ante todo, yo no estaría ahí, porque no me buscaría esos problemas."

"¿Y contra quién es su guerra entonces?"

"Contra los imbéciles que se buscan problemas", contestó con convicción Nicolás. "La gente normal no se anda metiendo en líos, no anda molestando por pequeñeces. ¡Pobrecitos! Al final uno ve que los manipula el enemigo."

"No entiendo bien. ¿Quién es el enemigo contra el que ustedes pelean entonces? Los que usted les toca… ¿cómo decirlo?... hacer recapacitar, ¿son sus enemigos?, o ¿son otros?", preguntó con cierto sarcasmo Eduardo.

Antes de contestar, el rubio interrogado, con sus cachetes visiblemente enrojecidos y con la lengua ya algo estropajosa, ordenó dos copas más. Luego, alzando su índice admonitorio, respondió:

"Es que... cualquiera puede ser el enemigo. Cualquiera que no comparta la doctrina correcta, ¿vio? Ya que somos ¿'cuates' dijo que se decía, verdad?, bueno, ya que somos compinches, le confieso algo: una vez me tocó trabajar contra un primo. Como era un familiar cercano pedí no hacerlo yo mismo, y se me concedió. De todos modos no pude impedir que se lo interrogara. Y en realidad era por una estupidez suya: no estaba de acuerdo con una directiva que le había dado el director de la escuela donde trabajaba -era maestro-. ¡Mire qué estúpido! Fue para el sesenta y ocho, cuando los disturbios de Praga, ¿se acuerda?"

Eduardo asintió con la cabeza, avergonzado de no saber de qué se trataba.

"En ese entonces mi primo -Eduardo se llamaba también- discutió innecesariamente con su jefe pretendiendo tener la razón. Creo, incluso, que quiso organizar a sus compañeros de trabajo para que lo siguieran. ¡Estúpido! ¿Para qué meterse a discutir cuando no hay que discutir? Por supuesto, mi departamento de bomberos terminó poniéndolo en vereda. Claro, se excedieron, y el pobre murió. Pero, en fin… son riesgos del trabajo." De un sorbo terminó todo el whisky que le acababan de servir. Tenía la frente bañada de gotas de sudor. Eduardo escuchaba con los ojos desorbitadamente abiertos.

"¿Se le han muerto muchos interrogados?", preguntó finalmente el moreno, con aire de consulta entre profesionales.

"Muy pocos, muy pocos. Tenemos técnicas muy efectivas. ¿Y a usted?"

"Mire, le voy a contar la verdad. Nosotros, a veces, buscamos deliberadamente que se nos muera en la 'sala de operaciones', como le decimos. Lo buscamos para que los secuaces de estos hijos de puta se den cuenta a todo lo que estamos dispuestos. Varias veces, incluso, me tocó dar el tiro de gracias." Cuando decía esto, Eduardo se llevó la mano maquinalmente a la cintura, encontrando que ahora no cargaba su pistola. "Bueno, es un tic profesional. Cada vez que hablo de estas cosas saco mi Panchita -como le digo yo a mi nueve milímetros- y la exhibo."

"¿Nueve milímetros?", preguntó con interés Nicolás. "¡Igual que nosotros!"

"¡Sí, hombre! ¡Cuántas coincidencias! ¿Sabe una cosa? Me gustaría conocer su país. Parece que están muy desarrollados."

"¿Por qué no? De pronto podríamos impulsar un seminario internacional como éste donde ahora están nuestras esposas para hacer intercambio de experiencias. Yo, si me permite que le cuente, tengo una teoría sobre el tema de los interrogatorios", comentó con suficiencia Nicolás.

"¿Si? ¿Y qué teoría?"

"Pues, yo opino que la mejor manera para lograr información es no precipitarse, hacer el papel de bueno, casi terminar siendo un amigo que convence. Eso, según experiencia propia, da más resultado que golpes y tormentos. Se lo aseguro, mi amigo."

"¿Usted cree?", dijo incrédulo Eduardo.

"Garantizado, compañero. Son años de experiencia."

"Quizá, quizá. Seguramente tendríamos mucho para un seminario ¿no? Yo le podría contar muchos secretos de cómo lo hacemos. Pero, en fin… voy a plantearles a mis superiores esta idea de un encuentro de intercambio. Me gusta, me gusta la idea."

En esos momentos llegaron Vilma y Sofía, alegres, habiendo comenzado a estrechar una íntima amistad. Sus respectivos maridos abandonaron la conversación para zambullirse en otros temas vinculados al desarrollo del encuentro. Minutos después los cuatro nadaban en la piscina del hotel.

Dos días después Eduardo y Vilma regresaban a su país natal en Centroamérica, donde la represión anticomunista de la dictadura de turno no perdonaba ni un solo sospechoso, brutal, sanguinaria. Nicolás y Sofía volaban, previo paso por Moscú, hacia su tierra de origen, país del este europeo donde la policía secreta no perdonaba ni un solo sospechoso, brutal, sanguinaria. El seminario de intercambio del que habían comenzado a hablar al calor de las copas jamás se realizó; Vilma murió en un accidente automovilístico seis meses después de este encuentro, y Nicolás es ahora director de su departamento con la categoría de comisario general.


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