miércoles, 6 de febrero de 2013

La vigencia de la polémica entre el Che y Bettelheim sobre el socialismo

Cristian Gillen

La polémica entre el Che y Bettelheim, que se dio a principios de los años 1960 y que originó el artículo elaborado por el Che: La planificación socialista, su significado (Junio 1964), es de gran relevancia en los momentos actuales donde, por un lado, se plantea la obsolescencia de la teoría desarrollada por Marx y por otro, el surgimiento de nuevos pensamientos posmarxistas que tratan de desvirtuar los planteamientos centrales de Marx para establecer alternativas que no rompen a nivel esencial con el capitalismo.

El Che cuestiona la concepción de Bettelheim sobre el socialismo basado en el primado de las fuerzas productivas, donde la contradicción principal que generaría el cambio es la que se daría entre las fuerzas productivas y las relaciones sociales y no la lucha entre el capital y el trabajo. Para el Che, en contraposición con Bettelheim, habría que “buscar en las relaciones de producción de Cuba los motores internos que han provocado la revolución actual”. El Che pone en tela de juicio igualmente el darle a la estructura jurídica una existencia propia, con el fin de promover la idea que la propiedad estatal puede ser considerada como socialista sin tomar en cuenta el carácter de las relaciones sociales que se dan en su seno.

A nivel fenoménico pueden aparecer contradictorios los planteamientos de Bettelheim con respecto a los dos aspectos centrales referentes a la denominada “transición al socialismo” y que son: el primado de fuerzas productivas; y la “autonomía” de la estructura jurídica, que formaría parte de superestructura. Sin embargo, ambos elementos están articulados por la lógica positivista que trata en el fondo de mantener la esencia de las relaciones capitalistas, que es el trabajo alienado. Lo expuesto se sustenta en que si bien la idea central de Bettelheim fue la concepción economicista del desarrollo de las fuerzas productivas como factor decisivo para el “cambio”, es preciso para lograrlo no modificar la organización social de las unidades productivas y del Estado, en tanto las fuerzas productivas que se fomentan son las capitalistas y, por ende, requieren una estructura organizacional igualmente capitalista. La explicación a nivel esencial de lo señalado es que la supuesta contradicción entre las fuerzas productivas y las relaciones sociales no se dan primero, porque las fuerzas productivas no son neutras y segundo, porque en un proceso de reproducción dinámico, las fuerzas productivas son expresión de relaciones sociales pasadas. De lo anterior se deduce que podrán existir ciertos conflictos producto de desajustes entre las relaciones sociales cristalizadas (fuerzas productivas) y las presentes (que serían motivo para promover la innovación) pero de ninguna manera pondría en juego las relaciones sociales predominantes, es decir las capitalistas.

Es por todo lo señalado que la estatización en la ex Unión soviética no modificó a nivel esencial las relaciones sociales. En el seno de las empresas y del Estado, se mantuvo y promovió el taylorismo (que se desarrolló a principios del siglo XX para promover las relaciones de producción capitalistas en Estados Unidos y también en Europa), en tanto se concibió en la ex Unión soviética como una forma científica de la organización del trabajo, y por tanto neutra. Para fomentar esta modalidad de trabajo, se creó en la ex Unión soviética el Instituto central de trabajo (ICT) y se denominó a la organización del trabajo NOT.

El taylorismo promovió en el Estado y en las unidades de producción la disociación entre trabajo manual e intelectual, la jerarquización, el fraccionamiento dentro del proceso de trabajo que fomentó el trabajo individual, en lugar del trabajo colectivo y cooperante. Esta modalidad individualizada de trabajo condujo a promover la productividad, es decir el incremento de las fuerzas productivas mediante el pago por pieza, que en el fondo lleva a una competición entre los trabajadores en lugar de crear solidaridad entre ellos. Esta forma de organizar el trabajo hizo por un lado que se mantengan como categorías de mercancía los salarios, los precios y las ganancias, por más que “desde arriba” se tratara de regular administrativamente estas categorías de mercancía. Debido a lo anterior, se colocaron los mayores recursos en las empresas más “eficientes” y rentables por encima de las necesidades más sentidas de la población.

El Che Guevara se opuso a mantener las categorías de mercancía en el socialismo promovidas por una concepción economicista de éste y preconizaba para eliminarlas la creación de “relaciones nuevas entre los hombres” tendientes a promover un hombre nuevo donde los incentivos morales primarían sobre los materiales. El hombre nuevo del Che también fue vislumbrado por Marx en sus “Manuscritos Económicos y Filosóficos” de 1844 donde planteaba como tarea central para crear un nuevo hombre la eliminación del trabajo alienado en el capitalismo, el cual ve al ser humano como una cosa, como un simple factor de producción que es ajeno a la forma en que produce y a lo que elabora. Igualmente para promover el trabajo colectivo y creativo, es necesario que se vaya contra la visión individualizada de las empresas y la concepción mercantil de concebir las relaciones entre el campo y la ciudad. El socialismo real nunca trató de eliminar lo anterior, promoviendo el trabajo alienado en su versión burocratizada. Es decir que nunca buscó transformar a nivel esencial las relaciones sociales capitalistas, por lo que no fue una casualidad que se desplomara el supuesto socialismo real.

Los planteamientos errados de Bettelheim, que lúcidamente el Che criticó pese a que eran difíciles de percibir con la claridad que se ven ahora por la primacía del pensamiento estalinista en ese entonces, fueron posteriormente revisados por Bettelheim. En el primer volumen de su libro Les luttes de clases en URSS (1974. P.13), señala que el principal obstáculo para el desarrollo socialista ya no se encuentra en el nivel de desarrollo de las fuerzas productivas sino en la naturaleza de las relaciones sociales dominantes. Para este nuevo Bettelheim, el desarrollo de las fuerzas productivas no pueden jamás por sí solas hacer desaparecer las formas capitalistas de la división del trabajo ni las otras relaciones sociales burguesas. Lo antes señalado lo refuerza en el segundo volumen de su libro Les luttes de classes en URSS (1977. P.29) al postular que la contradicción fundamental es la que opone en la transición al proletariado con la burguesía, que se manifiesta en la oposición entre la clase obrera y los dirigentes de empresa estatales y privados, es decir que la forma de propiedad estatal no elimina la lucha de clases como suponía en sus planteamientos de 1960.

La visión del Che, el análisis crítico de los errores y la posterior rectificación de Bettelheim deben ser tenidas muy en cuenta en el proceso complejo de construir una teoría emancipadora que tienda a rechazar la concepción positivista de ver la transformación sustentada en el desarrollo de las fuerzas productivas que promueven el estalinismo, el neoestalinismo y el posmarxismo bajo sus distintas formas.


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