jueves, 14 de febrero de 2013

Los lugares no reconocibles


Pedro Luis Ibáñez Lérida (Desde Sevilla, España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Las más de 7000 cartas que se conservan en el Archivo Histórico Diplomático de la Secretaría de Relaciones Exteriores de Méjico, forman la crónica de un tiempo de desarraigo y sufrimiento. La memoria no apuntala el edificio de la realidad que fue. Sostiene la que es hoy para evidenciar el transido y lento paso de los exiliados españoles. Al finalizar la Guerra Civil, en los campos de internamiento franceses se hacinaban los españoles que tuvieron que huir de su país. El escritor húngaro Imre Kertész considera que "Una crisis como la actual dio pie a la llegada de Hitler al poder. Deberían sonar todas las alarmas, pero no suenan". En este sentido la cada vez más acusada presencia de signos de este tipo son evidentes en Grecia. La venta de armas a título personal ha aumentado considerablemente y la significativa presencia y ascensión del partido con tintes nazis, son la boca de un oscuro pasadizo. El autor de Sin destino, acomete en su literatura la trascendencia espiritual del Holocausto. Toda su obra tiene una composición de lugar referencial sobre la dimensión de los acontecimientos del siglo XX en Europa del Este. Completa la frase anterior con la siguiente, "Lo cual quiere decir que el Holocausto no está presente en la conciencia de los políticos europeos".

Lázaro Cárdenas, el presidente mejicano, fue uno de los contados colaboradores reales de la República española. Le vendió armas. Cerca de 20.000 españoles pudieron incorporarse a aquel país, facilitándoles el viaje por el Atlántico. Aquellas cartas, peticionarias de asilo, contraen ese enigmático abundamiento en lo poderosamente oculto. Es la literatura de lo fragmentado y lo compuesto en el silencio. La literatura se articula también desde la ficción para contradecir lo falsamente real. Las cartas que conforman este registro tornan desde el pasado para contradecir el presente en su más amplia condescendencia con los sucesos actuales, al igual que Kertész.

La ficción es la más insurgente de las propuestas literarias. Atendiendo al proceso creador y a los hilos argumentales, la imaginación monta y desmonta el rompecabezas que el lector asume como parte de su activo. Ambos magines -el del autor y el lector- compiten en su acomodo menos gustoso. Interferir en el ánimo del uno en el otro, es un bien y principio literario que nos conduce a ese lugar no reconocible. El escritor Luis Landero afirma que "Los escritores somos un poco como los actores, necesitamos el reconocimiento". Éste, que señala el autor pacense, es el lugar reconocible. Aquél -el no reconocible y del que hablaba- comporta la sinergia del tiempo y el espacio. Estimo que, por ejemplo, para Saramago o Kafka al igual que los autores que le precedieron, este tipo de valoración es un brindis al sol. No es reconocible porque la dimensión real de una obra, es siempre la de los lectores que se aproximan a ella. No hablo de los éxitos en ventas y sí de los lectores que conforman el pulmón de la obra, su existencia y supervivencia. Malograda quizás, no entendida también, pero en el anaquel de los lectores que eligen y deciden. Señalo la trascendencia de la literatura que no sufre el poder de la instantaneidad y el provechoso mundo de la mercadotecnia. Y que no es otra que la de los lectores intemporales que siguen recibiendo el eco de, por ejemplo, La muerte de Virgilio, de Hermann Broch, que cito por ser una obra contemporánea y que, bajo mi punto de vista, adquiere la catalogación de clásico. Un clásico leído y vivo en la mirada de sus lectores.

Los dramáticos sucesos en Egipto, así como los acaecidos en Libia, Turquía y fundamentalmente la guerra en Siria, como desembocadura de la Primavera Árabe, suponen la constatación de un fracaso del que pende la estabilidad de zonas regionales con conflictos larvados.

Tal vez todo se deba a las prisas. No me refiero a la necesidad de abordar ciertas cuestiones, sino a como abordarlas. Emilio González Ferrín, autor de la obra Las bicicletas no son para el Cairo contiene ese lugar no reconocible en el que la literatura experimenta su vasto sentido y extensión de vislumbrarse como un océano en el que hay que navegar. O quizás una bicicleta a la que no basta subir, es necesario pedalear y mantener el equilibrio. Su trayectoria académica y docente -Profesor Titular de Pensamiento Árabe e Islámico en la Universidad de Sevilla- y sus publicaciones ensayísticas, no han restado un ápice a la capacidad de fabular. Las bicicletas no son para El cairo, es su primera novela, fruto de su propia experiencia vital en la capital egipcia. La visión pesimista del autor sobre los "cambios" que se suceden de forma tan vertiginosa, agita la escenografía a la que se ven abocados los protagonistas. Sin embargo, esa sensación de malograda coexistencia, adquiere connotaciones individuales de resistencia y albergan cierto halo optimista. Ferrín toma como metáfora el concepto lingüístico al que alude la bicicleta, que es el mismo que se utiliza para designar las prisas en el dialecto egipcio. Este juego de palabras sentencia la inmovilista situación de la mujer y el contexto nada favorecedor en cuanto a su protagonismo social. De ahí que las decisiones individuales y la articulación de éstas en la trama argumental, sostengan una novela -primera de una trilogía- que nos devuelve ese gusto placentero, y no por ello menos cautivador en el análisis de la realidad humana, por la lectura como lugar no reconocible, salvo en sus lectores. Como las cartas de los exiliados que necesitan lectores que las reconozcan. Unas vidas desposeídas de ficción, pero que contuvieron en sus ideales la imaginación de una sociedad diferenciadora en cuanto a las esperanzas que presagiaba y que fueron cercenadas de raíz.


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