miércoles, 6 de febrero de 2013

Más allá del centro de la flor

Nechi Dorado (Desde Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

En un pueblito de pocos habitantes, tan pocos que se conocían todos, vivían también tres viejecitos muy viejos. Tan ancianos que nadie recordaba en que momento llegaron al barrio.



¡Tan de otro tiempo!

La gente de mayor edad pero con menos ancianidad que ellos, susurraba que cuando el barrio fue fundado los tres ya estaban allí. También comentaban que cuando nacían los niños ellos guardaban las historias de vida escritas en pétalos de flores; nadie las vio jamás, sin embargo, todos hablaban de eso.

Ellos eran como un misterio vivo cuidadosamente protegido del paso de los años y no creo equivocarme, si agrego, que con el paso de los siglos.

También dicen que tenían una flor hermosa y que alguna vez comentaron que atravesando el centro de ese núcleo de pétalos irisados, había otro pueblo, casi como otro mundo muy diferente al que conocemos y que estaba habitado por otros seres.

Dicen que ellos alguna vez contaron que en ese lugar casi mágico, todo el día se escuchaba una melodía muy suave, tan bella, que hasta tenía la propiedad de alimentar a la vida.

Contaban que allí tenía su refugio la paz, dado no había lugar para odios ni rencores, envidia ni frustraciones. Tampoco existía elemento capaz de contaminar las arterias y era por eso que la sangre fluía por un hilo conductor que impedía que se fueran apagando sus latidos.

Lanzaban sus afirmaciones con contundencia y simplicidad como para que todos las pudieran comprender, ellos manejaban la simpleza de los grandes pensadores, no les hacía falta retocar las palabras, querían que todos pudieran entender su mensaje, letrados e iletrados, pobres y ricos, buenos y malos. Solo había que querer escucharlos. Solo eso.

A diferencia de los que estaban de este lado del centro de aquella flor, allá el espanto jamás unió a nadie, tal vez porque nadie actuaba por separado. El espíritu colectivo se desarrollaba en ese mundo con la misma naturalidad con que la flor exhala su perfume.

Contaron una tarde, a esa hora en la que el sol afloja la tensión de los músculos de sus rayos mientras la luna va despegando su modorra, que del otro lado de esa flor volvían a sentir, pero esa vez mucho más cerca, el murmullo de otra despedida. Nuevamente alguien estaba próximo a partir de allí y era imposible retenerlo. Decían que cada partida era motivo de tristeza pero no de desesperación, sabían que alejarse era algo natural y como tal había que aceptarlo.

No había en esa conclusión atisbo de pasividad, mucho menos de resignación, simplemente que así era como se daban las cosas y no siempre es fácil torcer el rumbo cuando parece sellado su tránsito imponderable.

Era tal la magia del misterio que irradiaba la presencia de los viejecitos, que cuando llegaban a la zona más poblada del barrio eran los únicos que hablaban. Solo ellos comunicaban alguna novedad y luego se retiraban tan silenciosos como llegaran. Sin embargo, pese a que todos los escuchaban con aparente atención, muy pocos eran los que prestaban atención a la profundidad de sus palabras.

Ese día no fue diferente, ellos hablaron y los habitantes escucharon sin procesar frases ni contenido; cada uno estaba inmerso en sus propios problemas, enroscado adentro de su caparazón, aislado, tratando de seguir esa carrera loca, compulsiva, convirtiendo a las horas en rivales de la vida.

Tal vez por eso a nadie le interesaba saber de dónde venimos o hacia adonde vamos, por qué estamos de este lado o cual será el lugar que nos espera en el tiempo.

Al amanecer del nuevo día que habría de ser igual a todos los días, una noticia fue corriendo de boca en boca conmocionando al barrio. Todos querían ser los primeros en anunciarla. Como siempre, dar la primicia se convertía en el eje central de cada individualismo. Nadie sabía nada, pero todos decían saberlo todo.

Cuando la mañana todavía no había abierto sus ojos en el hospital del pueblito había nacido el bebé de Marcela y Ramiro. El pequeño se llamaría Joaquín.

Los habitantes celebraban que el barrio seguía creciendo, ese era motivo más que suficiente para despertar sonrisas efímeras, pronósticos de destinos o elucubraciones sobre el futuro cercano y el que no lo era tanto.

Desde lejos, precisamente adonde un árbol centenario tenía clavadas sus raíces, capaz de soportar tempestades y olvidos, los viejecitos miraban la escena que agitaba al pueblito.

-Todavía no comprenden, murmuraban con tristeza, tal vez algún día alguien…
Un poquito más lejos, entre la pulcritud del cuarto donde estallara el primer llanto del bebé, otra flor se fue cerrando, lentamente.


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