miércoles, 6 de febrero de 2013

Nagisa Oshima: La provocación poética

Pedro Antonio Curto (Desde España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

En noviembre de 1976, la Asamblea de Trabajadores y Críticos de la Semana Internacional de cine de autor de Benalmadena, protestaba por la prohibición de la película “El imperio de los sentidos” de Nagisa Oshima. Eran los comienzos de la transición y ya avanzada ésta, la podríamos ver en la televisión, dentro de un espacio llamado “cine rosa”, que se emitía en la segunda cadena (antes de que existiesen las privadas) cuando el ente estaba dirigido por Pilar Miro. Esa emisión permitió que algunos la descubriésemos, quedando hipnotizados ante unas imágenes fascinantes y turbadoras. La he vuelto a ver muchas veces después, y en cada una ellas he podido ir descubriendo algo nuevo, volviendo a tener esas mismas sensaciones. Es la intensidad de la pasión y la destrucción mostrándose en una pantalla como nunca lo ha estado.

Si la película tuvo problemas de exhibición en los inicios de la transición española, en su propio país fue prohibida, el director tuvo problemas con las autoridades, con las cuales debió pleitear y aún hoy no ha podido ser vista en su integridad. Son los muros con los que intentaron parar a una obra trasgresora y que solo consiguieron convertirla en una película mítica; obra maestra inmortal, lo es por sus propios meritos. Ahora, su creador, Nagisa Oshima, acaba de morir a los ochenta años.



Nagisa Oshima desarrolló en su país una larga carrera cinematográfica, que incluye tanto ficción como documentales, así como trabajos en la televisión. Sus primeras películas estarían marcadas por un fuerte contenido social, reflejando las movilizaciones y preocupaciones estudiantiles de su época. Recogería los debates teóricos y estéticos de la izquierda, como los habidos entre el Partido Comunista y el movimiento Zengokuren, situándose alrededor de lo que se llamaría la Nueva Izquierda. Así esas películas mantendrían tanto críticas a las seculares tradiciones japonesas, como al progresivo sometimiento japonés a los Estados Unidos. Ello le obligaría a optar por el cine independiente, llegando a crear su propia productora, la cual terminaría cerrando. “Cuentos crueles de juventud”, “Noche y niebla en el Japón”, “El cementerio del Sol”, son algunas de sus películas. A esas preocupaciones iniciales, iría añadiendo otras, como el sexo, la violencia, la muerte, que terminarían confluyendo en “El imperio de los sentidos”, rodada en 1976.

Se trata de una historia de amor “fou” que, partiendo sobre la base de unos hechos reales, va dibujando dos cuerpos entregados a una pasión obsesiva, cercenando esos límites que George Bataille señalaba como necesarios y cuya superación no puede tener otro final que el encuentro con tanatos. Y es lo que hacen los protagonistas: abrir la ternura para dar lugar a través de una sensibilidad extremada, a una situación de violencia y muerte. Es la fusión de belleza y destrucción. Para ello van atravesando todos los tabúes: sadismo, masoquismo, posesión absoluta, la asfixia a la que se someten en un juego fatal... En algún caso tratan de huir (él con su esposa, ella con un maestro con el que ejerce la prostitución), pero están atrapados en las propias redes de sus pasiones. Tanto es así, que en un momento dado, deciden entregarse: “que lo nuestro no tenga fin”, pide Kichi, el protagonista masculino. Y cuando Sada asume eso, dice: “es monstruoso, es maravilloso, voy a matarte”. Y es que uno de los aciertos de la obra, es la actriz protagonista, Eiko Matsuda.

Entre los diversos problemas que tuvo la película, uno fue el de encontrar una actriz que encarnase el difícil papel de Sada. Estuvo a punto de hacerlo la propia esposa del director, pero al final apareció Eiko Matsuda, una prostituta, con un resultado deslumbrante. No sé si ésta mujer conocería el método Stalisnaski, pero se metió en el personaje hasta una profundidad seductora, representando la sexualidad, la muerte y la destrucción, como nunca se ha vuelto a ver en el cine, en cualquiera de sus géneros. Su rostro de niña asustada ocupa primeros planos, con una mirada temerosa que devora, capaz de llevar a su amante a la destrucción. Es mantis religiosa y mujer frágil al mismo tiempo, amazona que hace cabalgar, en sus muslos, al hombre que termina aceptando con una sonrisa complaciente y dulce, que apriete una cinta alrededor de su cuello para arrebatarle el aire que respira. Comenzamos a verla como ángel caído y confuso, sometida al capricho de su señor, para al final convertirse en una amante insaciable que domina la pasión absoluta, llevando al hombre a una patria carnal sin retorno. Así, con los cabellos revueltos, un cuerpo de piel blanquecina donde destaca la oscuridad su pubis negro, que se deja ver por un kimono rojo abierto, como una caperucita perversa y dulce, con el rostro en primer plano, le pregunta a su amante: “¿Estás triste?”. A lo que él responde, “Tengo mucho sueño”, y luego añade: “Dime, Sada, ¿si duermo querrás intentarlo de nuevo?” La música de las flautas desgarra con serenidad, los amantes parecen lucidos a pesar de su agónica y violenta pasión, pues el espacio cerrado en el que están, es todo su universo. “Te estrangulare”, le responde Sada, como si estuviese prometiendo una caricia a la petición traviesa de un niño cansado. “Pero quería pedirte que esta vez no te detengas, porque después es demasiado doloroso.” Luego silencio y música de flautas. Primer plano de Sada, más bella y turbulenta que nunca.



Rodada con un estilo cadencioso, en compañía de leves acordes musicales, con primeros planos de los cuerpos y los rostros, sin disimulos, sin máscaras, sumidos en la entrega en espacios cerrados. Así en un momento del largometraje vemos a Kichi pasear solo por el exterior ,encontrándose con un desfile militar lleno de banderas; es una patria que produce hastío, frente a la patria interior, cálida y subyugante, donde se encuentra con Sada. El final de la película es una sucesión de imágenes que van introduciendo al espectador en el desasosiego, y a la vez, en una poesía salvaje e irreverente que no puede tener otro sentido que una cierta destrucción.

Nagisa Oshima realizó una segunda parte temática llamada “El imperio de la pasión”. En ella se dibujan la traición, las pasiones y la mala conciencia, situándolas en una perdida aldea japonesa. Otras de sus películas ha sido “Feliz Navidad, Mister Lawrence”, donde aborda la temática homosexual. Se le sitúa dentro de la “Nueva Ola” japonesa y es uno de los referentes del llamado nuevo cine asiático. Se le ha comparado con Godard y Pasolini, llegando a llamársele el Pasolini japonés, aunque él siempre rechazó comparaciones y reivindicó una voz propia. Su obra es poco conocida en Occidente, algo más en Francia, y sus películas han recorrido habitualmente el circuito de festivales. Precisamente, un festival, el de San Sebastián, llevará a cabo en su próxima edición, una interesante retrospectiva de su obra.

Lo fundamental de su legado, al menos de su película que le ha hecho más conocido, es que se puede contar la historia más salvaje y dura, con la poesía más bella. También el duro aprendizaje, de que eros existe porque somos conscientes de tanatos y sus límites.


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