miércoles, 6 de febrero de 2013

Nunca le pidas peras al Olmo(s)


Carlos Alberto Parodíz Márquez

Una aproximación a la verdad, siempre lastima. Sobre todo si se abandona el respeto, pasando a creerse propietario o, menos ambiciosamente, gerente de la verdad. Primero y esto se olvida, hay que saber que es en realidad la verdad, una cuestión no tan sencilla.

Lo cierto es que el vértigo de la caída nacional, tiene varios colchones que atravesar. Uno de ellos es el de la cultura –nacional y popular- y sus vates de turno.

Proliferan los santuarios en forma inversamente proporcional a como decrece el nivel de testimonios y narradores de la historia cantada y contada, de los argentinos.

Desde la frivolidad que agrede, en un país de destierros internos y externos, frivolidad a veces vista otras escuchada, llama la atención cierta vertiginosa ausencia de imaginación para sustituir recursos. Los humanos creativos por los materiales.

Por otro lado pienso si no fuera así, no estaríamos donde estamos. Pero, ¿a que nos lleva la exaltación de la degradación?

Si los voceros del testimonio, hoy, son “pibes chorros”, sugestiona el tenor de las propuestas. Nadie, salvo ellos, puede dudar que mañana crecerán y se tendrán que hacer cargo de algo.

El Olmos de Catamarca, por ejemplo, le pidió peras a una ruleta rusa. Algo en lo que no confiaron ni siquiera… los rusos… y así le fue.

Es posible que pronto avancemos en la promoción de estos santuarios y puede que, probablemente, alguien esté pensando ya en una suerte de holocausto organizado, a la manera de Arlington.

Poreque nadie ignora que, el cementerio está lleno de héroes y la vida de víctimas y victimarios. Total, las mentiras, se construyen sobre las tumbas de esos héroes.

Hoy, lo único cierto, es que mañana será otro día, aunque no todos lleguemos a verlo, fue la contundente manera de saludar de Yon, para cerrar su discurso matinal en la terraza poblada de azaleas, mientras se podían seguir de cerca los canteros alfombrados por fresas del jardín encantado, allí la luz, el color y el sonido, hacían las paces.

Ningún indicio de aquello que, detrás del alto y lejano muro ensordecía, con gritos destemplados, mentiras, promesas, micrófonos ávidos de calamidades, más mentiras, si se pueden discernir, disparos, sangre, contorsión y asfalto, como alguna vez escribí. Nos fuimos. Otra vez.
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“Tito” tenía un brillo nuevo en la mirada emitida desde su 505 oscuro, cuando se cruzó delante del Alfa gris, en Gutiérrez y Grigera, Banfield, porque sigue siendo una promesa incumplida.

El vasco, hierático, le sonrió comprensivo, seguro del mensaje que portaba “Tito”, un tanto anhelante, casi ansioso.

Es que los remiseros van perdiendo por goleada en la “Intercontinental” que disputan los agentes del desorden (ADD), con los pibes chorros y de los otros.

Ellos, como nosotros, están en el medio y la batalla parece de resultado incierto, todavía.

-Se llevaron a veinte y al “cacique rodante” – anunció “Tito”, como respirando aliviado.
-Pero faltan muchos más para que “Villa Niza” respire- añadió.

-“Villa Niza” no se rinde -, fue la parca respuesta de Yon, sin dar mayores explicaciones.

Sucede que la geografía atendida por las bandas, como un feudo privado, donde se paga peaje para pasar , estacionar, , caminar, comprar, vender y se debe pedir permiso, es una zona ampliada y en franca “expansión”.

-Se viene “la pesada”, se viene-, ironizó Yon, revitalizando el sándwich de alguna vez.

-Es que antes, no mucho, “el camino negro” era una frontera de pavimento entre “ellos y nosotros”, desde ahora somos “nosotros entre ellos”, porque ya pasaron y tampoco por allí vuelve a crecer el pasto – agregó. Supe en ese instante que él había dado por terminado, como en los mejores frentes de guerra, aquello que había quedado “detrás de las líneas”.

Los consideraba gente perdida. Rehenes de la globalización, irrecuperables sólo por vivir en lugares donde la inseguridad había desaparecido después de hacer la digestión…con seguridad.

Otra seguridad ha nacido y esa la dictan, todavía, confusos personajes de la marginalidad.

En esa zona de nadie están la salita y el comedor de la Hermana Ludmila.
-¿Vamos a ver como está? – No pude responder. La prisa vasca avasalla.

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-Adivinó que no sabía nada que debiese ocultar, pero también que era una mujer cuya suerte había sido, a menudo, mejor que su juicio, pero que tal vez no lo fuera siempre -
Contó Ludmila, a propósito de la invasión número veinte al comedor.

Cuando no le roban todo, puede que algunos chicos coman. Eso ya es un logro en un país donde la mentira encubre hasta las “heroicidades”, como en el Ameghino, donde podían pasar tres chicos y subieron sesenta y cinco. ¿Qué es lo que se les enseña? ¿Paradójico, no?

-¿Aquí viene siempre gente sin hogar? -, le preguntaron, en tono imperioso, los depredadores de turno, a Ludmila.

-No, yo no hospedo gente sin hogar-, quiso aclararles.
-¿Hambrientos, tal vez?- , insistieron tercamente.
-Los hambrientos saben que día hay comida. Hoy no es ese día. -, dice que dijo una Ludmila resignada.-¿ Enfermos? -, siguió el interrogador implacable.

-La salita recibe sólo por la tarde. Gente que no puede permitirse perder una mañana o una jornada de trabajo y viene a esta clínica-, ahora era el otro, de pelo cortado “a la taza”, el que preguntaba.
-¿Y la titularidad médica? -, el tono había variado y era casi imperativo.
-El doctor “Chibago” está a cargo. Renunció a un empleo pagado, como médico, para trabajar conmigo por nada. Las autoridades vienen, a veces, y aprueban lo que han visto-,
Cerró el informe la hermana.

Los hombres cargaron las bolsas, con aquello que decidieron llevarse y se fueron sin saludar. Tal vez no por mal educados o mal aprendidos. Sino porque pensaban volver

-Es un sistema curioso -, dijo Yon tomando nota, mental.
-Es un país curioso -, musitó Ludmila, mirando el suelo arcilloso, seco, agrietado. Donde la tierra, podrida por napas ascendentes, albergaba el desfile de escuálidas hormigas negras, las únicas laboriosas de esa zona.

Salimos a la calle, de tierra, donde el Alfa gris hacía equilibrio en un “lomo de camello”.

Era hora de cambiar el aire y cargar “el tanque”. Vamos al “Pejerrey”, de Quilmes. Porque tengo que hacer un trámite, fue el parte lacónico de Yon, que por supuesto no discutí.

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La vajilla de porcelana, blanca y checa, desbordaba sobriedad. Unas copas, casi grullas adorables estaban dispuestas a alzar el vuelo. No lo podían hacer hasta que nosotros bebiéramos el Riesling helado, de finca, que almacenaban en su interior y sabía mejor cada una de las veces que nos servíamos.

El ajo, exigente, tiene un aroma penetrante y, salpimentado sobre lustrosos filets, resultaba un paisaje dorado, llamativo y convocante, aunque agitado, porque “El Pejerrey” se mueve sobre el río y sus pilotes.

El crujido del viejo muelle y la madera desvencijada, son excitantes motivos, sobre todo en el silencio y la penumbra del lugar.

La crema de espinacas y no al revés, navegaba hacia puertos seguros. Nosotros, en compartimientos estancos, regados suficientemente pensábamos, por separado, idílicas visiones. El vasco que dispone de misteriosas claves, para acceder a lugares impensados, hacía su ejercicio de estilo.

Los ventanales permitían, que el aire fuerte del río, asordinara charlas y el murmullo de los comensales, flotaba como un coro gregoriano.

El mousse de chocolate blanco, esponjoso y rociado con cognac napoleónico, era un exceso. Pero se debe acopiar para los momentos de escasez, pensé para archivar remordimientos.

-¿Y ahora qué?-, me atreví, al agotar la espera de los silencios calculados. Ningún visitante inesperado. Nada de sobres, por hoy, de extraña procedencia. Es la bucólica primavera que invade todo lo que se respira.

Quizás la esperanza en evitar el robo de sueños, que se yo. Todo eso lo pensé sólo, sin ayuda, exhibiendo así una buena dosis de insensatez.

- Puede que haya tregua - , economizó el vasco.
-Vamos a Adrogué y Turdera, primero, que nos quedan de paso y después vemos -, se dio su noticia ya que me tiene incorporado, aunque no se muy bien porqué.

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Subimos al Alfa gris para hamacarnos al cambiar fronteras sobre las vías y acceder al oeste. Salimos de Quilmes sin robar flores en algún jardín, pensando en el motivo también y descontando el disgusto propio del “Turco” aquel.

Por supuesto llevando en las retinas reminiscencias de “La Baranda”, con olor a “La Paloma” uruguaya, sólo por el Boulevard.

Con el Alfa el tiempo se licua. Cruzar por Varela, remontar la Monteverde, corcovear en el puente de Claypole, y cobijarnos bajo la arboleda de Alsina, la que se entrega mansa al Almirante Brown, nos depositó en La Rotonda y Plaza Espora. Paradójico, tierra de marinos esta ciudad de Adrogué.

El vasco descendió con urgencias nuevas, lo seguí. Una babélica feria, casi como las del Chui, en el límite “cuasi” palestino entre Brasil y Uruguay, fue una advertencia colorida.

Paraguayos, alemanes, italianos, polacos, brasileños y sus comidas, estaban alineados como resistiendo xenofobias. En uno de esos puestos Yon cambió palabras por lo bajo, con un árabe que le ofrecía, a un judío vecino algo de carne, desmontada de una torre de lomitos que levitaban sobre la pulpa de ensaladas varias y cremas.

La escena me desconcertó después de haber contado cuantas horas le faltaban a Arafat para que se “equivoquen” los soldados y no dejen piedra sobre piedra de su gobierno virtual.

El judío, serio, probó y aceptó complacido el sabor. Se palmearon en tanto el invitado buscaba con que invitar.

Yon volvió a musitar al oído del otro, lo que me perdí, por supuesto y regresamos al Alfa.

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Amenedo es una calle donde el empedrado preserva de apuros a los conductores. Cruzamos la barrera diagonalizada, que divide las ciudades y nos internamos en Turdera

La Iglesia de San Pablo parece un fuerte feudal de pasado bizantino. No sólo de la Iglesia. En la plaza los chicos al sol guardaban tibiezas de primavera, supongo que para tiempos peores.

En el patio trasero, luego de verlos desperdigarse, pasamos por una puerta verde y angosta. Casi como acceder a un paraíso misterioso.

Dentro, el estrépito adolescente, anárquico, de los juegos, los gritos, las músicas, se daban la mano.

“Marifé”, la fotógrafa gótica del diario, disparaba incansable para atrapar imágenes de las que ya no se ven.

La alegría cierta, sana, serena, “sin estímulos”, parece ser una sombra melancólica en otros espacios de la memoria.

Estos nuevos pasajeros de la vida, reconcilian por fragmentos. Son el vitreaux de la posibilidad.

Yon habló –ahora escuché- un euskadi preciosista para mi gusto, con un “cacique”. Tanta esperanza me daba asco. Decidí salir.

- “Estamos seguros. Estos chicos alambraron la esperanza y escondieron a los sueños. No hay mapas. No hay rutas. La historia está dentro de ellos Va a ser difícil que los arrebaten”-
Dijo el vasco. Me sonó a un hacedor de estrellas, pero esa es otra historia, esta es la que hay.


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