jueves, 14 de febrero de 2013

…“Un color amarillo”...


Carlos Alberto Parodíz Márquez (Desde Alejandro Korn, Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

DIARIO DE SENSACIONES...

Así rezaba el título del ejemplar ajado, que pareció olvidado junto al arbusto.



- ... Pinamar te da sorpresas, como la vida... -, el comisario Wensell, no resistía la tentación, cada vez que podía, de parafrasear a Blades.
- ... no parece un olvido... -, reflexionó en voz alta Dasta, repitiendo un ritual que los unía, obsesivamente, nunca ponerse de acuerdo.
- ... tanto olvido suelto en la playa... - reiteró Wensell.
Tampoco incluía entrar en razones.
Dasta, en tanto, apreció el lugar retirado y silvestre, un mérito de dudosa originalidad, según él, para quienes manejan los destinos de la villa.
Seguro, como nunca, de que los prominentes, como gustaba ironizar, jamás aceptarían el término.
- ... parece una libreta de apuntes... pero... anda tanto loco suelto en la arena... vamos a llevarlo... tal vez podamos identificar al propietario y devolverlo... -
- ... ¿porqué masculino? ... Dasta se volvió, brusco.
- ... ¿que tan seguro de un hombre? ... repicó.
- ... una corazonada... en realidad no lo sé... me salió así... y voy a creerla... - respondió Wensell.
Los dos revisaron durante un rato más, el lugar, tampoco sabían porqué.
Sin cambiar palabra eligieron seguir por la playa rumbo al parador de “El Pájaro”.
Ambos sabían que allí todo era posible, incluso ser bien atendidos.
- ... primero vos... Dasta... quien te dice que sacás una nota de ahí... uno nunca sabe... –
Mientras buscaban comodidad, Dasta parecía inescrutable.
Aprendió, con Wensell, a no retrucar porque sí.
Ya sentados y pedida la bebida, Wensell displicente, le arrojó sobre la mesa desnuda, pero acogedora, el libro de notas con tapas oscuras, decidido él, a dormitar un rato.
Dasta, dispuesto, comenzó a hojear las primeras páginas.

" ... se aproximaba el mediodía y el sol gastaba contra la carne los sedimentos de sal.
Mientras caminaba por la playa colmada, contemplaba el estacionamiento de cuerpos estoicos recibiendo la dosis estimada, para un bronceado decoroso.
Siempre me pregunto cuántos disponen de tiempo para admirar la naturaleza en los lugares que visitan y concluía que, en esos sitios, el caudal de posibles, disminuye sensiblemente.
¿Que sucedería si presenciaran el imprevisto?
Nunca llegaba a respuestas satisfactorias.
Tropezaba con la incertidumbre.
Si la estupidez colectiva desembocaría en el terror y nunca en la maravilla.
Aceptaba en éste juicio el exceso de escepticismo.
Lo cierto es que me atribulaba la idea de un fenómeno que pasase inadvertido para el mundo, afirmando aquella carrera loca por una materialidad asfixiante.
A menudo reflexiono si el tiempo del suceso estaría próximo.
El estado de descomposición, requería una sacudida, un desequilibrio, algo que escapase a las facultades humanas.
Los interrogantes me excedían.
Sentía inhibición para el comentario, por temor.
El riesgo de enrarecer aún más mi medio de relación, me acobardaba.
Carecía de referencias.
Sin embargo, la fascinación del tema, cavilando, me alejaba peligrosamente de la realidad.
Debía esforzarme en balancear mis anhelos con la expectativa cierta.
Almacenaba una atención latente, para no sorprenderme cuando aquello ocurriese y quería estar en condiciones de captar el suceso en toda su magnitud.
Este ejercicio preparatorio, iniciático, lo afrontaba sin antecedentes.
No sabía como encararlo e improvisaba reacciones que me permitiesen determinar si los reflejos coordinaban con la velocidad adecuada, si la sensibilidad era receptiva.
Toda esta gimnasia del aguardo, con el tiempo, fue algo inherente a mi personalidad.
Me sorprendía con actos impensados que captaban estados de ánimo especiales, en sucesos cotidianos.
Tan solitario adiestramiento, me alejaba.
En soledad se agudizan los sentidos y el contacto con los demás parece lesionar el delicado filo que se va adquiriendo.
Su valiosa posesión gravita, inexorable, obligando a continuar, impide retroceder.
Imposible el aturdimiento y la confusión; es un camino que se va estrechando.
Cada abrupta pulgada que se transita, es desmenuzada minuciosamente, incorporando el sedimento que nutre la búsqueda.
La paciencia se hace sólida, contundente y móvil.
El tiempo útil cambia de color y sonido, aquilata únicamente el valor del descubrimiento, que se adhiere natural y flexible a nuestro yo.
Esta capacidad de moldeo tan coherente y precisa, alegra la dimensión que transitamos.
Es un suave bienestar no expandido, modulación armónica.
Facilita su integración a la percepción automática.
Todo es prolijo, una perfecta maquinaria imposible de ser arrebatada a la serenidad contemplativa inexorable.
Allí cada color, cada sonido, es degustado.
Funcionamos para la cita con el milagro.
En la recordación, había llegado, caminando, a un sector menos concurrido de la playa.
Mi piel recibió y transmitió el frío del agua, en imperceptible canalización de sensaciones, separándolas de la atención principal.
Pero algo más sucedía, era una tenue llamada al mecanismo minucioso.
Inmediatamente y como ajena, una imperiosa apertura sensorial, una extrema agudización, una tensión maravillosa, densa, indetenible, comenzó a circularme, pulgada a pulgada, expectándome integralmente.
Era el aviso.
Informe.
Latente.
Me contemplé serenamente.
En calma pese a no saber cómo ni donde.
El cielo tonalizaba azules extraños.
Ningún cambio perceptible se advertía a la común observación.
Yo sabía que estaba sucediendo algo.
Era imposible el error, estaba para eso.
Ningún sonido fuera de lugar preludiaba cambios.
Sin embargo, la proximidad, la inminencia, era casi un dolor físico, brutal, increíble.
Y repentinamente... ¡allí estaba!
El mar fracturó una calma imprevisible.
Pareció detenerse casi, tan bruscamente que adquirió la sutileza de pasar inadvertido.
El rumor, perenne, se asordinó gradualmente.
La mudanza sónica resultó terrible.
Un cambio de partitura notable, etéreo, profundo, la sonoridad dejó de tener dirección.
La petrificación; la paralización; la indefensión; es que asistía al monumental espectáculo del asombro, cuando alzándose lejos, muy lejos, en la sombra de la profundidad, un color amarillo vivo, oscilante, comenzó a elevarse acercándose hacia la playa, expandiéndose silenciosa y armoniosamente.
Me interné en el agua.
Esa familiar oposición de masa líquida no existía; era deslizarse en un prado algodonado y verde, desperdigado a mi paso.
A medida que me acercaba, alejándome de la orilla, las formas se convertían en hermosas mariposas amarillas, iguales, perfectas, disimulando su número, en nubes simétricas, fluctuantes, brillantes.
Al tomar contacto con las primeras, me pareció oír como su roce producía un sonido familiar.
Aceleré el paso.
Si me internaba más, se haría perceptible.
¡Efectivamente! ... el avance, fue tornando audible todo aquello.
Maravillado, rodeado, coreado por ese misterio, creí dar forma al murmullo.
¡Sí, eran frases...! Palabras.
Hilando el tono musical... ¡se podía! ...
Agudizándome al límite caminé y caminé, hasta que sonreí, plácidamente ante la invasión, buscando comprender y comprendiendo.
Volví la cabeza hacia la playa distante y a mis espaldas una suave brisa comenzó a impulsarme gradualmente a mayor velocidad.
Perdía contacto con el piso, pero mejoraba el desplazamiento, sintiéndome libre, ágil.
Fue en ese instante que miré mis brazos y vi que, lentamente, tomaban formas distintas... color amarillo vivo...

Dasta, luego del tercer intento, había logrado que Wensell, sin abandonar la indolencia de ojos cerrados y adoración solar, desde el nuevo sitio descubierto, aceptara, con la música de Patty y Tuck, haciendo Glory, enterarse del contenido de los apuntes.
El comisario, distendido, disfrutaba cuando podía, de cada oportunidad.
Astillas de libertad.
Peajes de la vida, se decía.
Dasta, absorto por la lectura, Wensell laxo y ausente, eran acompañados, desde algunos minutos, por una hermosa mariposa amarilla, posada en un ángulo de la mesa.
Dasta dejó la libreta abierta donde culminara la lectura.
Perplejo, pero práctico por temperamento, sacudió la cabeza.
La mariposa pareció preferir la tibieza de las páginas.
Se ubicó en el centro de la libreta. Levemente movió las alas.
Dasta, distraído, se aferró al entorno multicolor.
No le gustaba proponerse entender cosas poco claras. Resistía la aventura de pensar, aunque fuese su trabajo. Quería mantenerse seguro y distante.
Buscó el horizonte sereno.
¿Para qué? si igual se vive, tanguedió para consigo.
Wensell mantenía silencios de pestañas caídas.
Sin embargo, se movió rápido, era su oficio.
En un sólo movimiento cambió la postura.
Se irguió en su asiento.
Estiró su cuerpo flexible.
Se inclinó sobre la mesa.
Cerró, de un golpe, la libreta y rezongó...
-... esto es evidencia... vamos que es tarde... - y partieron juntos, camino del arenal...


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