miércoles, 27 de marzo de 2013

Cine: Rita Hayworth, belleza traicionera

Jorge Zavaleta Balarezo (Desde Jonesboro, Arkansas, Estados Unidos. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Rita Hayworth -Margarita Cansino, su nombre real- siempre será recordada por el striptease incompleto que protagoniza en “Gilda”, la gloriosa película ambientada en Montevideo en la cual Glenn Ford le propina a la diva una sonora bofetada, tal vez como castigo por su desmedido erotismo. Pero existen, afortunadamente, otras versiones de Rita. Rubia y en un traje de baño de dos piezas, tomando el sol en un yate, a las órdenes de quien sería su esposo, el genial OrsonWelles, en “La dama de Shangai”. Rita Hayworth siempre fue esa estrella inalcanzable que nos llevaba a soñar con su larga y ondulada cabellera, sus ojos dulces y brillantes, sus labios eróticos, tal vez unos de los más eróticos de la historia del cine. Cuando se quita los guantes mientras entona aquella célebre canción en “Gilda”, ya estamos en el paraíso. Esa era la fuerza, el poder de la Hayworth, una estrella por derecho propio. Howard Hawks también la tuvo como protagonista en “Sólo los ángeles tienen alas” y no cabe duda que Rita era más que un mito.



Manuel Puig contaba a propósito de su novela “La traición de Rita Hayworth”, que él converso con la diva y le habló de su obra y le pidió permiso para incluirla en el título de aquella. La novela de Puig, en realidad, poco dice sobre la Hayworth, pero sí revela un amor y una pasión desmedidos por el cine, sobre todo desde la perspectiva de Totó, el niño protagonista. Cuentan los rumores literarios que Mario Vargas Llosa, siendo jurado del premio Biblioteca Breve, se negó a entregarle el premio a “ese argentino que escribe como Corin Tellado”. Craso error, aquella vez, el de Vargas Llosa, pues se estaba perdiendo el inicio de la carrera de alguien que como Puig hizo de la ironía, el pastiche, el reciclaje y la cultura popular, elementos centrales de una obra que perdura y que continuó con puntos mayores como “El beso de la mujer araña”, otra vez y plenamente en terreno cinematográfico”, o en “The Buenos Aires affair”, un thriller en clave, o en “Pubis angelical”.

¿Por qué celebrar a Rita y a Manuel Puig a estas alturas? Casi no es necesaria la pregunta. Rita Hayworth pertenece al olimpo de Hollywood, aquel que comparte con DebraPaget, Ann Sheridan, Alexis Smith, Eleanor Parker, Ava Gardner, Kim Novak, Jean Peters, Liz Taylor, y -si seguimos a Puig, grata complacencia-, también tendremos que incluir a su idolatrada Norma Shearer.

Los vasos comunicantes que retroalimentan la permanente relación entre la literatura y el cine permiten realizar análisis de este tipo. Situar a una estrella como Rita Hayworth y hacerla dialogar, en un contexto único, con un escritor que para muchos fue un heredero ilegítimo del “Boom”, pero quien supo, a través de sus sesudas creaciones, incorporar temas y matices que hasta antes de él prácticamente no habían sido tratados en la literatura latinoamericana. A propósito de Puig se ha hablado del “kitsch” y se le ha comparado con Severo Sarduy. Ya Emir Rodríguez Monegal, uno de los críticos exégetas del “Boom” nombró a estos dos escritores, considerándolos novedosos y experimentales.



Rita Hayworth vive en las alturas, en el olimpo al que pocos acceden. Su desaparición, su alejamiento, fueron muy tristes. Atacada por el mal de Alzheimer, se alejó del mundo, y antes del cine que la había encumbrado. Volver a sus películas es no sólo gozar de su belleza, su personalidad, sus gestos, sino comprobar cómo ella realmente personifica a ese “starsystem” que Hollywood fabricó en las décadas de 1940 y 1950.

A inicios de la década del 90, nos dejó Manuel Puig, a quien Néstor Almendros, un experimentado fotógrafo de cine que trabajó con Scorsese y Truffaut, entre otros, consideró un escritor que no sólo valoraba su oficio sino que se esforzaba permanentemente en la creación de esos mundos oníricos, de ilusión y fantasía, en los que el cine cumple un rol preponderante.

Volviendo la mirada hacia atrás en el tiempo contemplamos a la diva y al escritor. Como diría el propio Puig, y como tituló a uno de sus libros, casi una licencia poética, “Bajo un manto de estrellas”.


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