miércoles, 13 de marzo de 2013

Crítica literaria: “Talismán”, de José de María Romero Barea


Pedro Luis Ibáñez Lérida (Desde España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Edición bilingüe inglés / español, de Curtis Bauer.
Editorial Anantes Gestoría Cultural

“La palabra ha de llevar al lenguaje al punto cero, al punto de la indeterminación infinita, de la infinita libertad”. Durante más de cuarenta años el poeta gallego José Ángel Valente recogió en Diario anónimo los pensamientos que albergaron su existir intelectual. Apuntes, esbozos de futuros libros, inicios de poemas, comentarios críticos, citas de autores, etc, un compendio reflexivo sobre su derredor y el silencio agonizante que lo contenía. La frase que, a modo de pretil, inicia este artículo y pertenece a esta obra, enuncia de forma precisa y fehaciente a Talismán, de José de María Romero Barea.

Pensemos en el ignoto lugar del lenguaje. Allí, la sapiencia gramatical o expresiva no sirve absolutamente para nada. Allí, el oficio literario es pura hipocresía. Su vanagloria no es fuente de deseo, ni de estima, ni de querencia, ni tan siquiera de abrigo. “Porque si hubiéramos entendido una / emoción / la más mínima / no hubiéramos entendido ni mú”. Hablamos de un espacio vasto como el horizonte, sin fracturas o fallas en el paisaje que favorezca la contemplación o acomode la mirada, “La piel huidiza de la luz / le arranco las palabras” Sólo la inmensidad afilada y acerada que decapita cualquier atisbo de superchería, artificio o alamar. “Sólo este poema es real y / no lo que queda / después de haberlo escrito”. El poeta se transforma en el vacío que lo principia todo, “El placer de haber sido / nadie bajo una luz / antes no usada”

Pensemos, entonces, qué ámbito literario es el que conocemos. La soledad del creador es partisana. Me refiero a aquélla que no es autocomplaciente, ni es pose, ni es ademán, ni tan siquiera mohín, “Otras la escritura precede al nudo / Como si escribir fuera / un espejo ante el cual / es delicioso / echarse a llorar”. Sencillamente la extensión de un signo inequívoco de duda, de tibieza, de fragilidad, de levedad. “El viaje es corto / largo el Arte o quizás / es que no sé / escribir mientras / los paisajes suceden / El deseo de contarlos / de contártelos / dura ese instante”.

Pensemos, con este hermoso libro en nuestras manos, tras su lectura sosegada y reparadora, que la poesía ya no es, porque nunca dejó de serlo. Su existencia misma es indefinida, “Una vez llegado a este punto / no sé que más decir”. Una tea encendida que a medida que avanza hacia la luz deja atrás las tinieblas, “No quisiera dejar / pasar siquiera un verso / más alimentado de esperanzas / Lo que pasa aquí es que no pasa nada”. La poesía es un hecho individual que se consagra a la ofrenda colectiva: los rastros poéticos no se entrecruzan, no convergen, no son correspondencia, son caminos por hacer, “A veces las palabras adecuadas / no son las que uno / quería decir / Las más / lo de menos son las palabras”

El autor de Talismán es un apartida, “La palabra precede / al silencio que es estar vivo”. Niega la oportunidad del outsider y prefiere la abstinencia estoica como fruto perecedero, “Porque el trabajo nunca / se acaba el plazo se amplía y con cada / moratoria el desasosiego / es aún mayor”. Es oriundo del valle de la Subbética, Aguilar de la Frontera, Córdoba, y, quizás, por ello su vista arracima las nubes sabedor que su viaje definitivo es la lluvia, que empapará otros destinos más allá del suyo. Quizás ahí se halle la incólume fortaleza de su lirismo, “Salvar la vida / haberla ganado para ese / fin desconocido / que nos sonríe”. La vida por encima de todo, incluso de la poesía. No hay compraventa. El sentir y el decir en la plena conciencia de su perecedero y mustio fin: que el sino de otros labios lo rescaten del olvido, no por presunción, simplemente por contravenir lo establecido como principio y fin.”En cualquier caso / este poema me hace pensar en otros / que tampoco he escrito / Aún / así me dispongo a vivir (...) / Como si fuera el único / mientras todos los demás (los poemas / que no he escrito) / palidecen”

El autor de Talismán no se resigna a la prudencia. Es funambulista y emprende el medido paso para ahuyentar el alcance y someterse al vacío. La libertad no tiene límites insostenibles. El poeta no transige, se decanta por el cedazo más tupido para que la esencia permanezca intacta. La no adjetivación es una riqueza que consume al texto y lo inflama de un renacimiento deslumbrante. La carencia de puntuación le dota de ese infinito asunto del que trata, que no es otro que de sí mismo, o sea de mí mismo o sea de ustedes mismos. La angustia reclama, en este texto de vocación estoica, la porción de su triunfo. Los poemas se hacen espacios de resistencia. El enfrentamiento con el desencanto desde la propia herida que lo provoca.

José de María Romero Barea, en su doble faceta de autor y traductor, transfigura su obra en la doble escritura de Curtis Bauer, traductor de Talismán. Son dos cauces de una misma agua que fluye hacia el lector con la fuerza desmedida e inusitada que sólo cabe en la interpretación de los signos. Ese pormenor que es un por mayor en sus respectivas y simultáneas formas de crear y recrear. Qué es la traducción sino un mapa mudo sobre el que se identifican los topónimos que el lector debe conocer en la ruta que emprende con su lectura. La reescritura fiel y el sentido metódico, sin desatender el grácil espejismo en que se convierten las palabras para ulular su significado, son las premisas en las que basan su trabajo de conversión. A modo de zahorís, Curtis y José de María, sondan la piel de las palabras hasta encontrar el ansiado y fecundo término. Pero no satisfechos con ello, no desatienden al eco que subyace en toda palabra. Esperan de forma paciente que la reverberación se aposente y tome su justo reposo.

José de María Romero Barea, cierra con Talismán una secuencia vital que inició con la plaquette (mil novecientos setenta y) Dos, Ediciones En Huida, 2011 y Resurrecciones, Edición Asociación Cultura y progreso, 2011. En este periplo viajero la consumación de su huella poética es un hecho innegable. Ha ido adquiriendo cuerpo y volumen en estos últimos años en los que su callada voz e invisible presencia, ha esperado el momento propicio para significar su palabra. Y éste no ha sido otro que el de la madurez poética que ha ido atesorando desde el silencio. En un proceso de decantación que le colma con una laboriosa cualidad estilística. Poeta sin prisas que atiende exclusivamente a ese don inherente de quienes acusan y sufren la banalidad contemporánea. Él prefiere asirse a la vida tal como viene, pero sin estridencias, asumiendo el reto de vivir como un canto herido, el transido tránsito que le ha llevado hasta aquí. De ahí que la textura de su poesía se impregne de un inequívoco pensamiento de pérdida, no como nostálgico principio de la memoria, más bien como existencia única ya hecha ceniza.


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