miércoles, 27 de marzo de 2013

El día que Victoria perdió una batalla

Carlos Alberto Parodíz Márquez (Desde Alejandro Korn, Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Yon estático, escuchaba a “Chayanne”, el mismo que se recibió, “de largo”, como le pronosticara su viejo “Tito” Cosas de la educación a distancia.

Cuando llegué, la bruma de varios días acumulaba nostalgias suficientes para cualquier excusa y uno se abrigaba contra los fríos de mañana.



Estábamos en Banfield, allí donde se quiere implantar la globalización comercial calificada.

-Victoria bajó del auto -, arrancó “el flaco”, en el todavía verde paraje banfileño.

-Estacionando sobre la avenida Hipólito Irigoyen-, añadió el orador. Más lo que sigue.

-Mientras ponía en marcha el balizamiento luminoso que avisa, a veces a la fatalidad, le recordó a los chicos, obedientemente alineados en el asiento trasero, les avisó que cruzaría para devolver la película alquilada el día anterior- prosiguió.

-Como muchos otros no quiso dar la vuelta a la manzana, no es lo que propone Midón, porque debía seguir rumbo “al centro”, total “el Blockb...” local, atiende bien y rápido, agregó “Chayanne, “el flaco”, tragando saliva.

-Uno infiere, Victoria y los chicos estaban contentos, su marido y papá llegaba en un par de días de un congreso médico. Los chicos orgullosos del “papi”, traumatólogo y responsable de área en el hospital era, paradójicamente, contaba “Chayanne”, un Rojas, como la sangre hermano, como la sangre, repetía monocorde.

-Victoria cruzó victoriosa la avenida y entró al local. El trámite no le llevaría más que un minuto- siguió vomitando el orador.

-No fue imperiosa porque la amabilidad estaba de turno, sin embargo se volvió a mirar la vidriera, por las dudas- agregó.

-El corazón, como siempre sucede en estos casos, le jugó “al rango”, cuando vio la grúa, blanca como una aparición, decidida a llevarse el auto y, tal vez, su familia-, se lamentó el narrador.

-“Somos todos otarios”. “Somos todos olvidados”. “Somos todos oprimidos”. Alguna analogía cruzó como una flecha de fuego por su cabeza, cuando leyó la identificación-, siguió testimoniando.

-Sin avisar salió audaz, cruzó invicta la mano que va hacia Temperley, puteando a ese mediodía de sábado húmedo, con pavimento húmedo y sueños húmedos- escupió “el flaco”

-Le faltaba poco, alzó los brazos para avisarle a “los diligentes” servidores públicos que no engancharan el auto, estaba concentrada en el mensaje y en no perder de vista la maniobra, claro que lo hizo saltando la escasa “veredita”, un enigma de la avenida. El paso largo la ponía a tiro del grito y la advertencia-, siguió enumerando.

-No tuvo tiempo de ver el auto que se le venía encima, como el presagio. El impacto fue sordo en el cuerpo y estruendoso en el auto. Sangre, contorsión y asfalto. La mueca de la oscuridad quedó flotando- abundó.

-Victoria voló como nunca imaginaría, claro que después de rebotar dividió largo el tiempo- casi atorado por la bronca.

-Su cuerpo una bolsa de huesos rotos, quedó encharcado entre el rojo rubí de la sangre y la oscura y pegajosa humedad del pavimento- añadió casi resignado.

-La batalla se había perdido- suspiró.

--

Juan Carlos, quien salía del Policlínico, después de cumplir su turno profesional, escuchó la negativa del médico de guardia. No había ambulancias.

No las tiene el Policlínico y tampoco podía abandonar la guardia para correr en auxilio. ¿Dónde estaba Hipócrates cuando él juraba?

Juan Carlos se convenció de que si era médico, debía ir, pese al ejemplo.

Cuando llegó, el cuerpo semidesnudo, un misterio del impacto, lo impresionó.

Los signos vitales funcionaban pero el escándalo óseo le hacía morisquetas.

Victoria, mujer al fin, movió un brazo, acto reflejo para taparse el pecho. Cosas del pudor inútil.

--

Antes de salir de la casa, había dispuesto la mesa. Era 29 y en septiembre todo parece promesa. Los ñoquis fueron augurio desperdiciado. No pensó en otros, capaces de ser incapaces.

Un par de días después, con la congoja a plazo fijo, Juan Carlos se enteró que Victoria buscaba revancha en Juncal de Temperley.

La gente de la clínica amable y profesional le hizo el balance de la calamidad, politraumatismo severo, muñecas, piernas, vértebras quebradas, columna dañada, trauma encefálico. El médico se dijo –destrozada como las torres gemelas-.

Juan Carlos, amigo distante y sobrante en ese momento, abandonó el lugar donde una victoria quedaba abandonada.

--

Yon perplejo, yo alelado me preguntaba, le preguntaba enmudecido y “Chayanne”, furibundo con los ojo llameantes y pateando el piso recordaba.

-La policía cortó el tránsito y los de la grúa, paralizados, tuvieron que esperar. Los chicos se salvaron de una gira no pedida y las culpas -si las sintieron- los habitantes de la grúa, serían un misterio más, que se llevaba el sábado.

Después que se fuera “el flaco”, caminamos en silencio.

--Silencio fue lo único que guardamos en la vida, por lo menos nosotros -, me dijo Yon

Yo sabía que era cierto pero que rezar “una pequeña plegaria”, era lo más recomendable.

El Perrier helado, al que nos invitaron, esta vez iba a esperar.


Haga click aquí para recibir gratis Argenpress en su correo electrónico.