miércoles, 13 de marzo de 2013

Entrevista con Jorge Majfud: Harlem Shake y el espíritu de nuestro tiempo

Paul Fremont

EF: Unos años atrás, en un artículo (1) sobre el breakdance, usted señalaba que la soledad era la característica esencial de ese baile.

JM: Sí, algo que se puede contrastar con el tango y con muchos otros tipos de bailes que no necesariamente tienen contacto interpersonal…

EF: Mi pregunta es sobre los nuevos fenómenos de Gangnam Style y Harlem Shake. Este último ha surgido hace unos pocos meses y ya tiene millones de visitas en YouTube y miles de versiones. ¿Cómo explicaría usted estos nuevos fenómenos que años antes hubiesen sido inimaginables?



JM: Existe una clara conexión entre el “inocente” fenómeno del “zombi” y la cultura del consumo. El consumidor es, al menos en su condición de consumidor, un zombi que consume y es consumido. Su sangre ha dejado de ser sagrada desde un punto de vista religioso, humanístico y político, como fue considerado alguna vez en el caso del revolucionario latinoamericano, y ha pasado a ser un producto más de consumo. En el breakdance que se practica en los gimnasios y en los espacios públicos, el individuo espera su turno para ejercitar sus admirables piruetas, que más que emociones expresan habilidades gimnásticas, y luego se retira a revisar su teléfono celular mientras otro ocupa su espacio para ejercitar lo mismo con algunas variaciones por un tiempo similar. Es un claro ejercicio de autismo social. Ahora, ese autismo no se diferencia mucho del narcisovouyerismo de las redes sociales. Aunque no se le puede negar a nadie que su actividad en Facebook, por ejemplo, es para comunicarse con sus amigos, tampoco nadie puede negar una generalidad: con vasta frecuencia, los “amigos” acuden a esos espacios virtuales con una necesidad de exponer sus intimidades o sus banalidades diarias, mientras “expían” las intimidades y las banalidades ajenas. Hay varios estudios al respecto, donde se constata una tendencia a la depresión de los usuarios, sobre todo ante el aparente éxito de sus “amigos”.

EF: ¿El éxito de los amigos produce depresión?

JM: Al parecer, en una sociedad competitiva, sí. Claro que esos estudios no diferencian amigos de “amigos” (póngalo así, entre comillas). Pero el punto es otro: no son los amigos sino las nuevas sensibilidades que se expresan y son creadas en las “redes sociales” que, como cualquiera sabe, son lo más antisocial que ha creado la historia de la humanidad.

EF: Pero volvamos al fenómeno de Harlem Shake…

JM: Creo que podemos tener una muestra de toda una civilización, del espíritu de un tiempo (si asumimos que los zombis tienen espíritu) a través del análisis de un fenómeno que lo más que provocan son risas o gente golpeándose la cabeza ante un aparente absurdo. Incluso, en Estados Unidos la gente que ha hecho versiones sobre el mismo no tenía ni tiene la menor idea de qué decía la única frase que se escucha (“Con los terroristas”) porque está en español. Supongo que aquí en Francia es igual.

EF: Sí, pero no conozco a nadie que le haya dado importancia a la letra. Normalmente se piensa que es divertida y nada más.

JM: Pero sería un error pensar que un fenómeno mundial como Harlem Shake es sólo algo “divertido” o un mero producto de una casualidad inexplicable. Si se me cae azúcar fuera de esta taza, puedo atribuírselo a un mero accidente. Pero cuando el ochenta por ciento de las veces me ocurre lo mismo debo descartar semejante comodidad interpretativa.

EF: Entonces, ¿cómo explicaría usted este fenómeno?

JM: Lo haría en la misma línea que podemos trazar desde los zombis de los ochenta y cierto break dance de las últimas décadas. Si vemos de cerca el caso particular de Harlem Shake, podemos comenzar por preguntarnos en qué consisten todas las versiones. En total hay dos momentos: en el primero, una persona se mueve como si bailara. Claro, podríamos discutir sobre si esto es un baile o no, pero lo que es un hecho objetivo es que ese individuo se está moviendo solo, rodeado de un grupo de cinco o veinte personas que no lo hacen. Pero no sólo el resto de las personas no se mueven o sus movimientos no tienen nada que ver con el primer individuo, sino que cada una de esas personas está ocupada en algo que no son los otros. Muchos de ellos son jóvenes que están chequeando sus teléfonos celulares. Aquí tenemos una de las claves de esta sociedad de las “comunicaciones”: el autismo social en que vivimos. Por si fuera poco, el primer individuo casi siempre usa un casco de motocicleta, aun en espacios interiores, o alguna mascara que acentúa la idea de alienación y, sobre todo, de incomunicación. El individuo danza consigo mismo, lo cual es otro signo de narcisismo y alineación. Luego se pasa al segundo momento. El narcisismo de uno ha triunfado y el resto de alienados ha repetido el acto mecánico. No es casualidad que la explosión de popularidad de estos videos se llama “viral”, y el fenómeno que lleva de la sorpresa y el primer desagrado por el absurdo a la repetición placentera se llama “inoculación”. En el segundo momento la masa de zombis, de teléfonos celulares con personas, ha sido inoculada por la banalidad de uno de los narcisos. Como consumidor, el narciso es parte de la masa pero necesita sentirse diferente logrando sus quince minutos de fama gracias a un acto intrascendente pero mórbido. Si vemos el resultado final del segundo acto veremos el triunfo de uno de los autistas pero no la superación del autismo. Al final, todos han sido contagiados, el sueño de cada uno de los narcisovuyeristas se ha realizado en el triunfo del primero “diferente”, pero la situación es la misma que al comienzo: cada uno de los participantes, luego de un gran esfuerzo por ser original, ha elegido una variación de lo mismo y, sobre todo, ha terminado danzando consigo mismo. En algunos pocos casos dos participantes interactúan, pero es una interacción donde se realiza simbólicamente un acto sexual marcado por la repetición donde el deseo de ridículo sustituye cualquier posibilidad a la emoción amorosa, por ejemplo. Entonces, en cualquier caso vamos del autismo al autismo. En cualquier caso, es la más pura expresión de nuestro tiempo de las incomunicaciones electrónicas. Es un acto de masturbación colectiva. No muy diferente es nuestra cultura global hoy en día. Por la misma razón, y como expresión y como producto de una civilización del consumo, tanto Gangnam Style como Harlem Shake no pueden durar mucho.

EF: ¿Habría participado en alguna de estas versiones?

JM: Tal vez sí. ¿Por qué no? No soy ortodoxo ni purista. Como acto en sí, es un absurdo divertido y no agrega ni quita nada al mundo. Pero, independientemente de esto, el fenómeno es inmensamente significativo para comprender el estado actual de nuestra civilización. Yo no lo subestimaría, al menos no como signo.

Nota:
1) http://www.milenio.com/cdb/doc/impreso/8970465


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