jueves, 21 de marzo de 2013

Los viejos amigos

M. Sofía Brey (Desde Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Las cosas suceden de manera imprevisible. Llegan indirectamente y nunca cuando se las espera ni donde se las espera. Conviene estar distraído para que algo acontezca. No sólo lo bueno viene de ese modo, lo malo se abalanza al menor descuido para interrumpir los devaneos, derrumbar los proyectos o hacer trizas los sueños. Por eso procuro no estar distraído, siempre alerta, al acecho de las catástrofes y las tragedias que van a descuajeringar mi vida o la de las personas que más quiero.

Cuando joven me llamaban “el amargo” porque en los momentos en que todos estaban contentos después de haber ganado una elección, yo pronosticaba las medidas de gobierno que ellos más odiaban como el pibe que tira tinta sobre un dibujo que no le gusta. En eso de la política era fácil acertar: siempre sucede lo peor. Lo malo es cuando acertaba también en cuestiones personales. “Ese matrimonio va para divorcio. Por ahora se los ve amartelados, pero dentro de unos meses no se podrán soportar”. Mi interlocutor me echaba una sulfurosa mirada porque era el padre de la muchacha y se había gastado en la fiesta de casamiento lo que tenía bajo el colchón y más.



Pero eso no tiene que ver con esta historia. Lo que cuenta aquí es que, a pesar de mi pesimismo inveterado, de mis pronósticos aguafiestas, los amigos me toleran con bonhomía por saber que no hay mala intención, sino una sincera inquietud que a veces se revela justificada y otras pone en descubierto mi ansiedad o mis desvelos. Alguien me dijo un día que los negros pensamientos provienen de un hígado nutrido de raíces amargas y, posiblemente, de un afán sadomasoquista insatisfecho, aunque es evidente que no disfruto del dolor ajeno ni tampoco del mío.

Sin embargo, mi vida transcurrió dentro de los cauces de una pedestre normalidad, sin pena ni gloria, con algunos acontecimientos bienvenidos y otros que me dejaron postrado, sin aliento o lleno de frustración. No me propongo aburrirlos con las historias triviales de mis setenta años. Dos o tres trazos gruesos servirán para dar significado a lo que siguió después.

Nací en Chivilcoy, que entonces no pasaba de los treinta mil habitantes, en una casa con jardín al frente y una fachada con franjas de azulejos de colores florecidos de pensamientos y alhelíes. Mi viejo los había fabricado porque era propietario de la única fábrica de ladrillos y mosaicos de factura robusta pero básica para pisos y paredes sin pretensiones, que era lo que la mayoría buscaba. Con eso consiguió un buen pasar y me mandó más tarde a estudiar derecho en Buenos Aires. La secundaria la hice en Chivilcoy y de allí me quedan un par de amigos, de los que nunca se movieron del lugar: José Logares, de apodo “viento en contra”, que tiene la mejor fiambrería del pueblo y Arístides Panello, que se compró un campito en los alrededores y vive de la agricultura. A ellos los veo todos los años, cuando voy a pasar unos días en la casa que decidí no vender, por los recuerdos y porque me hace bien volver a ese lugar donde tengo mis raíces.

La mayoría de los amigos de larga data los hice en la facultad. Ezequiel Iribarren, a quien el pelo empezó a caérsele a los veinte años, con su elegancia de abolengo porque venía de una familia de estancieros desde la época de Roca, gente que siempre había comido bien y disfrutado de la vida. Flaco y erguido, los trajes le caían como las ramas de un sauce, impecables en un deslizarse vertical que desdeñaba las arrugas aun en medio de una trifulca de las que se desataban en la facultad a menudo, protesta política en su mayor parte. Se lo reconocía de lejos por la manera de caminar juntando las rodillas y meneando apenas los brazos. Hablaba y discutía de manera convincente, pero no en público. En las asambleas se me acercaba para sugerirme temas o ridiculizar a los adversarios. Gracias a él me hice conocer como el más mordaz e ingenioso de los oradores. Mi éxito con las mujeres se lo debo a él. Me casé con una estudiante simpática y escultural, de ojos musicalmente azules que hacían soñar a los varones. Por su parte, a Ezequiel no le iba mal con las chicas, pero como era tan miope le gustaban hasta las feas sin remedio y finalmente se casó con una de ellas, tolerante con sus infidelidades y tan inteligente como él.

Fuimos cinco en la barra, a veces seis. Ezequiel, el petiso Gustavo Garrido, al que apodábamos GG, Elías Goldstein, incapaz de matar un mosquito porque sus ganas de vivir le hacían respetar la vida con apabullante énfasis, Matías Ottonello, el más farrista, que encontraba siempre pretextos para escaparle al estudio y yo. No muy a menudo se nos juntaba Heriberto Cancela. No entendía por qué venía con nosotros al café a charlar de fútbol, de mujeres o de política cuando era evidente que estaba ansioso por volver a la biblioteca para seguir estudiando; era el único al que le interesaba el derecho tanto como las mujeres y más que el fútbol. Trataba de evitar los temas políticos porque lo hacían sufrir. Los tomaba tan en serio que le era imposible tratarlos con ligereza, se le veía la angustia en el rictus amargo con el que enfocaba los actos reveladores de arbitrariedad, oportunismo, manipulación, demagogia, corrupción o cualquier otro pecado de la amplia panoplia de la política. En realidad, hablaba poco y pasaba largos ratos escuchando nuestros desvaríos insustanciales sobre los sucesos cotidianos, nuestros relatos jactanciosos o burlescos y, excepcionalmente, algunas reflexiones atinadas.

Matías era de origen proletario, hijo de un obrero metalúrgico que llegó a ser capataz gracias a su dedicación incondicional y su resignación frente al esfuerzo. No tenía respeto por su padre, “una bestia de carga sin espíritu crítico”, decía, ni por su madre “una ambiciosa sibilina que se metió a su marido en el bolsillo con sus aires de señora bien y sus pretensiones de alto rango”. Los demás, salvo Ezequiel, que mantenía una relación distante con su familia, veníamos de distintos sectores de la dispar clase media, aunque no sabíamos bien de dónde venía Cancela, que nunca hablaba de su familia. GG protegía a su madre. Creo que sentía por ella un amor rencoroso pero fuerte, de esos que se prenden a la vida como garrapatas e impiden que otros amores asienten sus raíces. Elías respetaba a sus padres con desdén, como si estuviera obligado a hacerlo por deberles su existencia y sus estudios, pero era evidente que no se sentía orgulloso de ellos. Todo esto lo pienso ahora, después de los conflictos que he tenido con mis hijos. Yo era el más ingenuo del grupo en materia de relaciones familiares: mi padre era para mí un ejemplo de entereza y honestidad y mi madre, para quien yo era el “niño bonito”, pues me mimaba hasta la exageración, lo mismo que mis tres hermanas, era la más dulce y sensata de las mujeres. Habría asestado una trompada a quien pusiera en duda su fidelidad conyugal, que para las mujeres, en esa época y en la clase media, era el sello distintivo de la respetabilidad. Lo mismo por mis hermanas, de cuya estricta reserva sexual estaba convencido. Nunca le preguntamos a Ezequiel la razón de que no nos presentara a su familia cuando nos invitaba a su casa. Vimos a su hermana y a su madre un par de veces, pero en general nos hacía entrar por la puerta de servicio y nos conducía a una especie de suite que ocupaba (escritorio y dormitorio) pidiéndonos silencio, “para que no vengan esas imbéciles a perturbarnos”. Nunca se lo preguntamos porque no dio lugar y preferimos suponer que había decidido hacer rancho aparte porque no soportaba a los miembros del clan.

GG era seguramente menos sesudo que Cancela o Iribarren, pero tenía un sentido del humor que alegró nuestros momentos más trágicos, como los que se derrumbaban sobre nuestros cráneos cada vez que sonábamos una materia. Cuando tocábamos fondo en el pozo de la depresión, él salía con una de esas burradas chuscas que provocaban risotadas súbitas. Había tenido una niñez difícil, con un padre borrachín y mujeriego que hizo sufrir a su madre, una mujer rendida por un inexplicable amor incondicional, objeto de odio e irritación para el hijo, a la vista de los malos tratos de que fue testigo. El padre, que en esa época era ya difunto, había sido un actor cómico conocido y olvidado, que gastaba en bebida y mujeres lo poco que ganaba en espectáculos de cabaret de tercer orden. Su madre los había mantenido con un sueldo de modista de teatro, apenas suficiente para el alquiler y una comida diaria. Por períodos habían sobrevivido de la caridad de la gente de teatro hasta que él terminó la secundaria y se puso a trabajar. En esa época decidió estudiar al mismo tiempo porque tenía una memoria infalible para cualquier cosa, especialmente los chistes, pero también las leyes.

No era el único de nosotros que trabajaba. Matías Ottonelli arreglaba televisores y cualquier aparato eléctrico y Elías Goldstein manejaba una camioneta toda la mañana, distribuyendo mercadería del taller de su padre, mientras GG vendía libros a domicilio, en cualquier minuto que le dejara el estudio, con un éxito excepcional. Creo que la gente le compraba para que volviera a charlar, a contarles sus disparates. Matías trabajaba de noche, cuando su cerebro estaba harto del pensamiento jurídico y de la memorización de leyes y decretos. Cancela daba cursos sobre casi todas las materias del secundario, menos matemáticas, física y química. Ellos casi no tenían tiempo libre como Ezequiel y yo, los únicos “mantenidos” del grupo. Aparte de nuestras reuniones y el estudio, Ezequiel se ocupaba de las mujeres que lograba atraer a sus veladas culturales, donde leía sus poesías y hacía esfuerzos por llevarse alguna a la cama. Yo me interesaba en la política porque esperaba ser diputado o ministro apoyándome en el electorado de Chivilcoy y las relaciones de mi familia; por eso frecuentaba el centro de estudiantes.

El único con verdadera vocación jurídica parecía ser Cancela, que estudiaba con devoción. Para los otros, yo incluido, la carrera era una forma de alcanzar otros objetivos. Para GG y Matías el de ascender en la escala social por sus propios medios; para Elías el de adquirir una ventaja sobre sus adversarios comerciales y ganarle a la administración del Estado el gambeteo de los impuestos y otras contribuciones fiscales. Para mí, el lucir diploma como candidato a puestos políticos. Para Ezequiel, el pretexto para no hacer otros estudios y dedicarse a la literatura, que era su verdadera vocación.

Pasamos juntos los mejores momentos de nuestras vidas, por lo menos así lo sentí yo. Leíamos gran parte de lo que se publicaba y valía la pena, a veces nos turnábamos para leer el mismo libro que circulaba de mano en mano, otras nos distribuíamos la lectura para asegurarnos de no perder el tiempo. No aceptábamos que otros conocieran autores no descubiertos por nosotros y nos preciábamos de poder explayarnos sobre el pensamiento de los más dispares escritores y filósofos. Ezequiel era particularmente sensible en la materia y era el único que sentía celos del pensamiento ajeno, hasta el punto de acusar de ladrón a quien expresara ideas que él mismo había tenido, sin haberlo leído.

Discutíamos de todo y de nada. De Kant y de Kelsen, de Freud y de Jurgen, de Marilyn y de Sofia Loren, de Perón y de Evita, de Sartre y del existencialismo, de Marx y de Mao, de la insurrección y de la lucha prolongada, de la guerrilla del Che y la no violencia de Ghandi, de los chanchullos políticos y la corrupción en el gobierno, de las chicas que nos gustaban y las que no nos gustaban.

Nunca hablamos en grupo de nuestras familias ni de las trifulcas hogareñas, salvo cuando nuestra vocación chocaba con el desacuerdo de algún miembro de ella. Ezequiel llegó al extremo de invitarnos a su casa y pasar frente a miembros de su familia sin presentarnos y haciendo como que nos los veía. Nos bastaba con sabernos a nosotros mismos; no nos interrogamos sobre el por qué de ser como éramos más que para acusar a nuestros padres de carencias reales o imaginarias por las que solíamos martirizarnos imbuidos de Freud y sus acólitos. Reconocíamos sin duda los lazos familiares hasta el punto de estar de pie insomnes una noche entera para acompañar a Elías en el velorio de su madre, de cuyo cáncer nos enteramos dos días antes de su muerte, cuando éste se disculpó por tener que dejarnos para estar al pie de la cama de la moribunda. La habíamos visto una sola vez al invitarnos Elías a un asado en su casa un domingo de primavera. En el jardín había una soberbia magnolia florecida que nos hizo circular en fila para oler su perfume y muchas otras flores que su madre plantaba y cuidaba. Durante el velorio, los ojos enrojecidos por el llanto, Elías repetía junto al féretro, fijando en la muerta una mirada estupefacta: “No te preocupes mamá, yo voy a regar el jardín”.

Sabíamos divertirnos, eso sí, con el ardor de quien tiene hambre de vivir y se niega a pensar en el futuro próximo, con su escalada cotidiana de ingentes esfuerzos, escasos logros y redoblados fracasos. Pensamos en los conflictos y desengaños que amenguarían nuestro deseo de seguir adelante, filosofamos sobre el sentido de la vida y lo que cada uno quería de ella, pero no presentimos el desgaste que producen el dolor y la frustración. Tampoco pensamos en la despedida que nos esperaba al borde del precipicio del diploma ni previmos la separación que habría de minar nuestras certidumbres haciéndonos trastabillar en el vacío, como pájaros heridos en un ala, que no pueden equilibrar el vuelo.

Antes de partir para Chivilcoy donde me esperaba la oficina puesta, tuve tiempo de asistir al casamiento de Ezequiel, a cuya familia le fue otorgado el goce de asistir a una ceremonia religiosa en una iglesia del Barrio Norte, aunque ninguno de los casados era religioso sino más bien derechamente ateos y poco afectos a las pompas sustentadas en los pilares de las altas clases sociales. Por supuesto, también al de Matías, que fue el primero. Hasta Cancela vino a mi casamiento en Chivilcoy, más campesino pero no menos feudal que el de Ezequiel. No hay que pensar que nos inclinamos ante los dictados de nuestras familias con desplantes de rebelión y blasfemias; al contrario, las aceptamos con beneplácito porque éramos prototipos moldeados por el medio y además, porque nos divertía. Elías aceptó con idéntica sumisión su ceremonia rabínica, con kipá, sher y hoira. Cancela fue el único que profirió durante la fiesta de mi boda una observación irónica sobre el fervor religioso de las clases altas, el privilegio de no creer y la hipocresía de hacer como si. Estábamos reunidos los seis; su comentario produjo un estremecimiento de sorpresa, como si viéramos caer una manzana de un peral. Creo que atiné a contestarle: ”Qué más da, dejamos contentos a los viejos”, aunque en realidad ni siquiera había vislumbrado la contradicción entre el ateísmo que yo enarbolaba y esa ceremonia tradicional y estrambótica.

Matías fue el primero que perdimos de vista, atrapado en su vorágine de paternidad y trabajo, para ascender penosamente hacia la clase media, dejando la piel en cada escalón. GG se había instalado con una actriz de segunda en un cuchitril mal iluminado del bajo, desde donde trataba de atrapar clientes de un medio entre teatral y funambulesco y mantenía a su madre, por quien sentía un amor rencoroso pero muy fuerte, de esos que se prenden como garrapatas e impiden que otros amores se aquerencien. Ezequiel instaló un estudio con su mujer, rechazando la oferta de uno de los tiburones de la profesión por su clientela de empresas extranjeras, potentados de tradición latifundista y negocios multinacionales. Veía más a menudo a Elías, quien por amistad o conveniencia extendía sus negocios hacia Chivilcoy y Mercedes y nunca dejaba de telefonearme para que nos encontráramos en un café.

La rutina incontrolable y el rodar del tiempo fueron cavando huecos cada vez más prolongados en nuestros encuentros, hasta que un día me enteré por Elías de que Ezequiel estaba en Paris, donde había encontrado cobijo y trabajo más atrayente como traductor en una empresa editorial. Se había trasladado hacía seis meses con su mujer y su párvulo de dos años. Una nube de inseguridad cubrió mi equilibrado pesimismo, porque esa separación total e imprevista no la había presagiado. Fue sentir que caía en medio de un barro deslizante donde se pierden las agarraderas, todas las certezas que sostuvieron nuestros años jóvenes. Se había ido sin despedirse, sin confiarme las ilusiones o desafíos que lo alentaban para producir un cambio tan rotundo en su vida. Fue inútil que Elías me explicara que lo decidió a último momento, sin tiempo para suavizar la desgarradura de los otros y la propia.

El trabajo, la familia y, sobre todo, la política me arrinconaron en mi ciudad y me robaron el tiempo de revivir el pasado. Simplemente, dejé de verlos. Al principio fui un abogado joven y promisorio y tuve que pelear duro para hacerme una reputación. Después empleé a jóvenes que me reemplazaron y a quienes exploté discretamente, como suele hacerse en una ciudad chica, donde se vive menos apurado y cuidando el qué dirán. Cuando me eligieron intendente, a los veintiocho años, ya tenía dos hijos. Cuando me eligieron diputado tenía cuatro y, de acuerdo con Silvia, mi mujer, había decidido parar. El nuevo cargo fue celebrado en mi familia, sobre todo por Silvia, que hacía tiempo me pedía que nos mudáramos a Buenos Aires. Lo hice a regañadientes, por eso de que más vale ser cabeza de ratón que cola de león. Aunque había vivido en Buenos Aires durante mis estudios, yo era hombre del interior y estaba a mis anchas cerca del campo. Pero ella no, era porteña y aunque haya sido una compañera solidaria y dispuesta a poner el hombro sin chistar, extrañaba a su familia y su vida de antes, sus amistades y la gran ciudad. De todos modos, debía pasar en Buenos Aires la mayor parte del tiempo y, cada vez que podía daba un salto a Chivilcoy, donde me quedaba un tío y muchos amigos y conocidos. Muertos mis padres, las ataduras que tenía con ese rincón se habían aflojado. Ella instaló su estudio en pleno barrio de Tribunales y su crédito como abogada empezó a crecer entre quienes la conocían o pensaban que un marido diputado ayuda al buen resultado de los juicios.

Los intríngulis políticos, el acoso del partido que quería iniciativas que fructificaran en votos y de la gente del partido que quería una variedad innumerable de favores, las negociaciones con otros partidos, los negocios sucios que no podía dejar pasar, las ideas de progreso que quería sin falta llevar adelante, las controversias, las tentaciones, los cálculos, los enemigos que proliferaron como pulgas en un perro callejero me fueron llenando las horas, menguando el tiempo de ver crecer a mis hijos, palpar sus emociones, acunar sus dolores, transmitirles saber o experiencia. Un día los encontré tan altos que miraban por encima de la calva que se redondeaba en mi cúspide y tan distintos de mí que no podía comprenderlos. Francisco fue el primero en nacer y en irse a los Estados Unidos, donde aseguraba que haría fortuna con unas ideas informáticas que nunca pude entender por más empeño que puse. Al principio me pareció una locura porque sólo tenía veinte años, pero no tuve otra opción que ceder. Julieta, la tercera, se casó adolescente y se fue a vivir a la estancia de un heredero de tierras, vacas, residencia de lujo, tractores y varios autos. Nos quedaban el segundo, Hipólito y la menorcita, Enriqueta, que todavía no estaba en edad de dejarnos. Hasta ese momento había contemplado la vida como un crucero en mar sereno, donde el dolor es absorbido por las aguas y deja una estela de pesadumbre soportable incorporada a nuestro bagaje de recuerdos. Siempre había previsto desastres, pero no los míos. Los del mundo, los del país, los de las instituciones, los de mi partido, los de los demás, no los míos. En eso falló mi intuición pesimista.

Estaba distraído, una de esas tardes apacibles en que no había debate en la Cámara y yo discutía con uno de mis asesores un proyecto de ley que ni siquiera me interesaba mientras buscaba un pretexto para salir a tomar un café y seguir leyendo una de esas historias o novelas que alguna vez me apasionaron, como las de Delibes “Cinco horas con Mario”, “Los santos inocentes” o la de Vargas Llosa “El hablador” o infinidad de otras que apenas puedo enumerar. Había dado por terminada la reunión y estaba por irme cuando apareció mi secretaria sofocada y con expresión de susto me dijo “Tiene una llamada urgente”. Casi le contesto “Dígale que salí y que llame más tarde” pero una palpitación en la vena del cuello o quizás un soplo en la oreja me movió a contestar. Era la madre de Silvia que me pedía que volviera de urgencia porque había sucedido algo grave. No quiso explicarme y me aconsejó que tomara un taxi.

El accidente se produjo a la salida de la facultad por culpa de un camión destartalado que hizo una mala maniobra. Pasé de la serenidad del día a un torbellino de desesperación y luego a un estado de sonambulismo en el que, dejando atrás la imagen desecha en llanto de Silvia, me sumergí en los actos insoslayables de ir a recuperar el cuerpo, contratar una empresa fúnebre, elegir un féretro, realizar los trámites para el entierro y darle a Hipólito un beso de despedida, sin llorar, sin pensar, como un zombi que se mueve en cavernas oscuras, una máquina ambulatoria que no puede dejar de funcionar porque al detenerse se desmorona.

Los amigos vinieron a acompañar mi dolor, Elías, GG y hasta Matías, que no había visto durante diez años y se había enterado por el diario. Pasamos esa noche en vela, Silvia, yo y los padres de ella. A eso de las dos creí en una alucinación que me transportara a un mundo fantasmal cuando lo vi entrar a Cancela. Parecía el negativo de una foto, todo vestido de negro y el pelo blanco, la cara pálida y las manos cruzadas al frente. Se me acercó, me abrazó fuerte y al rozar su mejilla sentí el peso tibio de una lágrima que acababa de desbordar de sus párpados. Me dijo algo así como “Cuando Dios se lleva a las almas puras es porque le hace falta ayuda para soportar las embestidas del dolor y la putrefacción de este mundo.” Hablé largamente esa noche para contarle mi pesadumbre por no haber ofrecido a mis hijos la dedicación que ellos merecían y haberles fallado en mejorar el país y el mundo. Él habló poco, lo justo para contarme que había decidido tomar los hábitos y que vivía en una villa miseria junto a los que soportaban la carga de los pecados ajenos. Me confió que durante su juventud había sido seminarista, pero acosado por dudas interrumpió el seminario para estudiar derecho y dedicarse a apoyar la causa de los desvalidos. Nosotros éramos para él un terreno de aprendizaje de la vida, porque percibía un aire sórdido en su existencia suave y enclaustrada. Había aprendido de nosotros, pero mucho más de los luchadores por la supervivencia en la villa. Nunca nos habló de su vocación porque no quería contaminar el debate que incubaba en su conciencia.

Después, fue la caída en el abismo. El Parlamento dejó de existir desde el golpe de estado del 76. Silvia y yo decidimos compartir el estudio. A diferencia de Silvia, no me gustaba el trabajo pero lo hacía porque no tenía otro remedio. Ella no lograba sobreponerse a la muerte del hijo, estaba ausente como en un día tórrido en el que es difícil moverse o pensar. Tuve que reemplazarla. Era presa de angustia por cualquier suceso nimio y la veía deshecha si algo grave ocurría. El clima del país se hizo irrespirable: el terror se había instalado y ella fue abrasada por el infierno de las detenciones, asesinatos y desapariciones, de los allanamientos y robos en casas de políticos. Sus sentidos y su mente merodeaban sin rumbo presa de un miedo irrefrenable. El menor ruido la sobresaltaba y ponía en guardia, las noticias de crímenes y detenciones la mortificaban como heridas en su propia carne, espantosas pesadillas le arrebataban el sueño. El día en que nos llegó la noticia de la desaparición de Cancela lloró durante horas sin que pudiera calmarla, a pesar de que apenas lo había conocido.

El cáncer de hígado fue detectado gracias al neuropsiquiatra que trataba su estado depresivo, casi paranoico, quien la interrogó, le ordenó exámenes y finalmente le aconsejó ver a un especialista. Fueron unos meses infernales de quimioterapia. Tomé una enfermera porque, a pesar de todo, tenía que seguir trabajando. Opté por edulcorar las noticias para no asustarla. Verla sufrir era más lacerante que saber que iba a morir, pero aun así, a veces la obligué a salir a caminar movido por un vaho de esperanza que mi cerebro secretaba para que no me derrumbara. Ella se ponía una peluca con una docilidad que no le había conocido, se apoyaba en mi brazo y me decía “Me hará bien caminar como cuando salíamos de la facultad para respirar aire menos contaminado”. Enriqueta la acunó con lecturas y música durante sus vacaciones arrimándome el alivio de que estuviera junto a su madre el tiempo necesario para mostrarle cuánto la quería. A Francisco y Julieta los tuve informados y les avisé al prever que eran sus últimos días. Julieta trajo a sus hijos para que despidieran a la abuela aunque sólo tenían unos pocos años. Francisco, siempre soltero, llegó a último momento. Como lo conocía, le pedí que no llorara y los dejé solos; él siempre había sido el hijo cariñoso, mimado y cómplice. Al volver, los encontré abrazados en la cama como dos amantes, cada uno mojando las mejillas del otro con un llanto convulsivo que hacía temblar la cama. Ella murió al día siguiente y ellos me hicieron compañía una semana. Después se fueron, salvo Enriqueta, que siguió estudiando en Buenos Aires. Más tarde, cuando terminó el secundario, me dijo que quería tener su propio rincón, de modo que vendí mi departamento, demasiado grande, y compré dos: uno para mí y otro para ella.

La dictadura nos había dejado a todos un gusto amargo parecido a una depresión profunda. Creo que muchos apenas pudimos vencerla. Cuando llamaron a elecciones, acercándome a los cincuenta, ya no tenía fuerzas para luchar. Seguí trabajando como abogado y en política dejé el lugar para los jóvenes, que hasta ahora no supieron imaginar dónde se colocan las primeras piezas del rompecabezas del país. Consciente de que acarreaba un peso que erigía un muro invencible entre los proyectos de futuro y yo, me olvidé de las ilusiones y me aferré a lo poco que me había dejado la vida: unos hijos, algunos nietos y los viejos amigos.

Desde la muerte de Silvia, Elías y GG me llamaban regularmente para invitarme a tomar un café. Aceptaba sin ganas, sólo por no convertirme en una vieja carcasa cargada de pasado. Elías me pidió que fuera su abogado, pues sus negocios seguían ampliándose. GG había abandonado la profesión y, como su segunda mujer, se dedicaba al teatro. Me introdujo en su mundo, me presentó actores, directores, decoradores, tramoyistas, escenaristas, iluminadores, autores y acomodadores. Me convertí en adicto al teatro, sobre todo en las funciones para las que GG me daba entradas gratuitas y en los ensayos generales, donde a causa de mi asiduidad, me conocían y dejaban entrar. A Ezequiel lo veo cuando visita Buenos Aires y me ha invitado a Madrid, pero mi deseo de recorrer el planeta se ha petrificado en el desierto, junto con los espejismos de mi juventud.

Por mi parte, aunque nunca pude reemplazar a Silvia, sigo andando mientras trato de comprender a mis hijos y a mis nietos. De los más pequeños me basta una sonrisa para iluminar mi día, aunque ni ellos ni yo comprendamos por qué.


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