jueves, 21 de marzo de 2013

Maestros del cine

Jorge Zavaleta Balarezo (Desde Jonesboro, Arkansas, Estados Unidos. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Si nos ponemos a pensar en los principales directores de la historia del cine, aquellos considerados maestros, en realidad sólo nos quedaremos con unos cuantos. Tratar de hilvanar un relato a partir de ellos y de sus películas, ahora puede resultar más fácil, porque vivimos en una época de divulgación, consumo e intercambio de información. Artes vecinas al cine como la publicidad o el vídeo clip hacen guiños o referencias múltiples a hechos y actos de cine precisamente creados por los grandes maestros.



Consideremos por un momento, por ejemplo, la obra de David W. Griffith. Con él nace no sólo el cine moderno americano sino que gracias a su obra, compuesta de cortos muy originales y de largometrajes históricos como “El nacimiento de una nación”, “Intolerancia” y “Pimpollos rotos”, se abre camino a una serie de descubridores y pioneros de la imagen en movimiento. Recordemos que Griffith usa acertadamente el montaje paralelo y nos obliga a pensar seriamente acerca de las escenas que componen “Intolerancia”, donde se habla no sólo del sentido de la vida sino de las maldades del ser humano, o de aquellas que conforman un fresco considerado por muchos un alegato racista como es “El nacimiento de una nación”, el cual muestra la presencia del Ku Klux Klan y su nociva influencia en una sociedad enfrentada y marcada por odios y persecuciones. El propio Griffith, autor de estos frescos históricos y operáticos, supo, sin embargo, cambiar de registro y entregarse a melodramas que insisten en la cuestión humana, de la pasión y el deseo, como en “Pimpollos rotos”, donde brilla con luz propia una joven Lillian Gish.



Pero estamos hablando sólo de los inicios del cine. De sus dos primeras décadas, cuando aún no se incorpora el sonido y no es posible experimentar con todos los artificios que este elemento alimentará con el paso de los años, dando lugar, por ejemplo y precisamente, a los musicales, un género que como otros nació en Hollywood.

Hablando de maestros, que no quede duda de Charlot. Charles Chaplin también se inició realizando y actuando en cortos. Su genialidad era tal que él sabía precisamente donde fijar el encuadre para captar el “gag” o la explosión de la siguiente pero nunca definitiva carcajada. Ya en el terreno del largometraje debemos a Chaplin verdaderas obras maestras como “La quimera del oro”, “Tiempos modernos” o “Luces de la ciudad”. En ellas, como lo seguirá haciendo con regular intensidad a lo largo de su vasta carrera, Chaplin demuestra ser un sentimental, un ser que está del lado de los que menos tienen, un hombrecillo, tal vez ridículo, que al final guarda para sí sus propios sufrimientos y carencias. El escritor argentino Osvaldo Soriano imaginó una conversación entre Chaplin y Stan Laurel, en un barco rumbo a Estados Unidos, en su novela “Triste, solitario y final”. La prosa de Soriano se apoyaba en una historia posible en la que Chaplin cumplía el papel que le cupo en sus películas: el del perdedor solitario, el hombre descontento, el enamorado de bellas mujeres que siempre lo rechazarán. Chaplin colmó un universo lleno de fantasías, popular, supo sintonizar con su magia con un público que ya por entonces lo celebraba en París o en Buenos Aires, como lo atestiguaron César Vallejo y Jorge Luis Borges.



Un tercer ejemplo de temprano maestro es el francés Jean Vigo, auténtico poeta del cine, dueño de una sensibilidad y una imaginación que traspasan lo cotidiano y quien es capaz de llevarnos a mundos de ensueño y fantasía desde la misma convivencia de grupos humanos, como los colegiales de “Cero en conducta” o la pareja que protagoniza esa obra maestra sin parangón que es “L´Atalante”. Vigo supo sumar, a un tiempo, su talento y esfuerzo creativo para forjar obras con rigor y sello estilístico, pensadas quizá no tanto para un público masivo (a la inversa de Chaplin) sino para ir por un lado más íntimo, recreativo, jovial, para buscar una poética de los sentidos en los meandros más misteriosos de la conciencia. Por ello sus películas no sólo se nos aparecen frescas y dinámicas, colmadas de movimientos y acciones, explícitamente cinéticas, sino que, además, muestran la fuerte personalidad de su autor, un genio que ha engrandecido el panorama del cine francés desde los inicios de este arte.



Griffith, Chaplin, Vigo… y el cine en sus comienzos. Tempranamente surgieron estos maestros, halagados y considerados con el tiempo. Otra cosa sería hablar de Alfred Hitchcock, sobre quien se ha hecho hace poco una película, inspirada en el rodaje de “Psicosis”. Se mantiene la idea de un Hitchcock dueño de una personalidad avasalladora, solipsista, pero sobre todo cruel. Un amante de rubias gélidas y transparentes -TippiHedren, Ingrid Bergman, Grace Kelly, Kim Novak, Eva Marie Saint-, verdaderos monumentos de belleza a los cuales el director de “Los 39 escalones” les rendía un culto infinito, inhumano, queriéndolas hacerlas suyas desde el manejo de sus propios filmes. La tradición de la prensa escandalosa y escapista nos ha dejado el retrato de un Hitchcock, genio del suspenso, hambriento tal vez de amor, sediento de lo que le negaban sus grandes estrellas, por último un ser cohibido, atrapado entre centenas de rollos de celuloide. Mas lo que importa, y lo rescatamos una vez más, es la impronta de esa obra que sabe moverse entre señales inesperadas o mostrar a peligrosos maniáticos, como el asesino de “Frenesí”, o tal vez poner entre la espada y la pared a un hombre que trata de vivir una existencia común como el CaryGrant de “North byNorthwest”. Hitchcock no sólo aplicaba matemáticamente el principio de la salvación de último minuto sino que inspiraba a sus películas el carácter macabro que requerían, como en “Psicosis”, o alteraba la realidad para dar la sensación de que algo extraño se teje más allá de lo que el espectador puede creer, como en “Rebeca” o “Sospecha”. Más aún, el crimen puede estar frente a nosotros como en “La soga” o venir de la mano de un familiar en el que supuestamente confiamos, como en “La sombra de una duda”. Hitchcock se reía de sí mismo y sabía aplicarse en la narración de esos tiempos de suspenso, en los cuales tanto urge salir del aprieto lo más pronto posible. Su carrera en el cine silente y sonoro, en los mercados europeo y norteamericano, señala a un ser ambicioso, que trabaja minuciosamente planos y escenas, que construía personajes a la medida de alguien que va a sobrevivir a todo.

Así, como vemos, un recuento ligero de maestros fundacionales del cine, el arte de la modernidad, nos lleva a recordar sus posibilidades expresivas, siempre cambiantes y creativas. Habrá oportunidad, por cierto, de hablar de otros maestros -pensemos en Kurosawa, Ford o Welles- que han hecho del cine una pasión constante, múltiple, ambiciosa y recreativa.


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