jueves, 21 de marzo de 2013

Una boda y cuatro funerales

Carlos Alberto Parodíz Márquez (Desde Alejandro Korn, Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

El casamiento de un Ángel no ocurre todos los días, pensó Reuben, el “Fernandito”, un experto en calamidades. Si en la quiniela juega un número, le sale letra.

Ella era la inminente mujer de su amigo, se dijo retándose, es un culposo profesional, mientras guardaba la tarjeta perfumada que no miró y le entregara primorosa, junto con la invitación. Por otra parte, seguro que era una de algún universo que nos concernía a nosotros, de frente a Turdera.



La historia se detuve en Turdera. Algo fatigada y decidida a dejar marcas- Bueno, si no fuera así, no estaríamos aquí. Un mercado histórico y después, a uno se le caen las nostalgias. A Yon no. Es algo que erradicó de su vida. Parece ser un mapa del presente, empecinado en que lo acompañe en cada recorrida. En cualquier momento me planto a decirle no.

Es que Turdera merece un capítulo preciso. Un pueblo que tuvo tranvía, no es cualquier pueblo. Una vez se quedó sin cura y acuño la frase que pasó a la inmortalidad de la liturgia del suburbio.

El espíritu del antiguo mercado pareció resistir. Tuvo otros usos, pero nada parece superar su esplendor, cuando ser “mayorista” era de rango, casi un abolengo. Los puesteros de entonces miraban por encima de los anteojos, si llevan y si no por sobe el hombro, según la altura de la circunstancia. Más que vender, te hacían un favor. Cuestiones de la Argentina indiscreta, que pintó Vaca.

Ahora sigue, entre otras cosas, teniendo ilustres vecinos, como el “Taba” Gómez Laborde, quien de dotes esgrime ser el “padre de Diógenes” y nosotros los linyeras. En esos avatares del dibujo, Juan Luís Ribas, fue otro “testigo en peligro”.

El puente de Turdera es un atalaya histórico. Mirando al norte y a su izquierda según se vuelve, galopan orgullosos fantasmas de los Iberra, con quienes guardo una tenue línea de sangre y que desvelaron mal, al ciego de las letras, toda una paradoja y más, si se coincide con quienes dicen que es el más importante escritor.

Al frente y sobre la estación, de ambas márgenes, la marca de mi abuelo Nicasio, fue borrada por un retruco o un vale cuatro, vaya uno a saber y “allá” se fueron las tierras, rápidas a la hora de pagar apuestas, sobre todo cuando la palabra valía más. Mi abuelo en eso fue precursor de los boludos, para los jóvenes parkinsonianos del alma.

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La fiesta pinaba bien para todos menos para Reuben. Salió temprano de su hangar de Banfield, porque la ceremonia para él tenía doble precio.

Decidió que las cosas había que hacerlas bien o no hacerlas. Pese a las primeras indicaciones, se empecinó en hacerlas. Es que el día o alguien, avisa temprano como se va a dar la mano, sucede que uno se “emperra” y así le va.

Reuben es todo corazón. Por lo menos más alto -su corazón-, aunque si se lo mira bien, en rigor de verdad, no se necesita mucho para esa medición.

Ansioso, ciclotímico, como buen geminiano. Pasa de las tormentas a la placidez, con velocidad tropical, pero globalizada.

Ese día se estudió en el espejo, para ver mejoras en su producción. Echó otra mirada a la foto de Huracán ´73. Una lágrima rebelde se le escapó de la cara ante aquel Menotti, que soñaba con hacer las cosas bien. Es “fana” del “globo”, entre otras imperfecciones confesables, con lo que tiene bastante cruz para llevar y nada podía salir mal.

La fiesta del casamiento del Ángel sería una fiesta, se prometió.

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Reuben había dedicado tiempo y esfuerzo para colaborar en el menú. Produjo para el acopio, sus panqueques de manzana, famosos hasta en Banfield –que no es poco- basados en la manteca, con resolución de masa a mano –que no es lo mismo que las manos en la masa- y el secreto toque salino. También variedad de formas –algo que sugiere cierto perfeccionismo escultórico- en sus pollos a los cuatro quesos y matambres tiernizados con leche –puntillosamente prensados y aplastados por el peso de la espera -, que mostraban prolijidad sospechosamente teutona.

Nosotros, el vasco Yon, “Marce” y “Robert” (este con t), “el trenzado”, más conocido en el diario. Como “los rotativos” y yo, matábamos el tiempo, algo inofensivo hoy, a la hora de matar.

La oferta disponible era errática. Tuvimos al alcance de los dientes, algunas alternativas de jamón serrano, sin una mota de grasa,. Las perfectas y olorosas aceitunas negras, en platos separados, las rellenas con hilachas de rojos ajíes “bolivarianos”, que pueden convertir en dragón, al primer mordisco de las otras.

A uno de los tres se le ocurrió que el pan de maíz era pertinente. Como siempre acepté sin chistar, total nadie sabrá quien paga. Además el aperitivo francés anisado y convenientemente helado, generaba conflictos fronterizos, a paladares sólidos y también a los recatados.

Lo lamentable era que el stock “de la oficina”, donde estábamos, dejaba mucho que desear y la tercera botella acorraló la heladera. Nos controlamos con la plaza Grigera, cuando las luces parpadeaban guiñando ese 20 de mayo del 2002, cómplices a posibles compensaciones que la fiesta apestaba.

El Alfa gris estaba reluciente, con seguridad la dueña se ocupó de ponerlo en condiciones. Ella es solidaria, también a su manera. En esa concesión estaba, cuando apareció Reuben con el 505 verde aceituna para no variar.

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Salimos en caravana, casi un tren de la vida. La avenida reluce. No todo lo que reluce es oro. Al llegar a Columbres lo cruzamos a “Chaco chico”, remisero sobreviviente amigo de Yon. Algo no debería andar bien, porque el Duna gris marchaba orondo por la vereda. “Chaco” parecía buscar algo en el piso. Apenas lo veía.

Al que sí vi, fue al “chabón” parado con las piernas abiertas y afirmado, en la posición de “las diez y diez”, con la muñeca izquierda asegurada por mano derecha y una reluciente pistola que recibía y rebotaba destellos, además del trepidar tartamudo. Eso sí, no sé a quien le tiraba, pero vi al que trastabillaba, mientras “perdía” la bicicleta.

Seguimos como pudimos, porque casamiento en estos tiempos, es casi una extravagancia. Y la vagancia tenía mucho que ver con los pasajeros de este viaje peregrino.

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“El puente de Turdera” sigue siendo propietario del leve zigzag tramposo. Sobe todo si uno decide miar la estación que yace debajo. Esa curva imperceptible, cuando se va “para allá”, fue “enderezada” por muchos. Reuben naturalmente fue uno más. El 505 se llevó el cartel de oferta, prolijamente atado con alambre, la mitad del árbol, las señalizaciones que anunciaron, después, el camino equivocado.

No perdió el auto pero “picaron” todos, como pelotas de paddle, el deporte que él mejor juega. En el camino había quedado una “anciana” de cuarenta, acorralada por “la parca”.

- ¡Uy, creí que no la agarraba!-, lo escuché “al Marce”, lamentarse. Es malo y le gusta serlo. Las contusiones camino de los que buscábamos, fueron resueltas antes de
Llegar al Meléndez. Por la “anciana”, no pregunten.

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Cuatro transversales después del mercado, tropezamos el lugar, iluminado. Una perfecta fiesta de barrio. En un sitio que no era de barrio. Los vecinos, sin embargo, mantenían costumbres de barrio. Chusmeaban.

El descontrol había ganado por nock-out. Lo que se puede contar es lo que no se probó: gaseosas. Una música generosa provocó a los bailarines. Los bailarines, de a poco, se provocaban entre sí. El lugar y las situaciones provocaban sed. Calor. Sudor. Aromas que mutaban y después mataban.

.La perfecta cronología de alegrías flamantes, que se celebraba copiosamente.

Los casados, “El Ángel” y su flamante saludaban entusiasmados cada vez que alguien partía. Ellos se quedaron rompiendo, ora vez, las reglas, quizás hasta que la muerte los separe.

La retirada debía ocurrir raya antes de la guarda roja del sol en el horizonte.

Reuben cargaba a uno de sus pasajeros sobre el hombro, como lo iba a dejar tirado, sin advertir que este, cabeza abajo, regaba su espalda vaciando lo que le quedaba en el estómago. “Dos cadáveres” más, para el portaequipajes, pero sin las botellas. Las llevaban puestas. El sacudió la cabeza, comprensivo..

Claro, si toma agua mineral. Un asco.

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Los regresos suelen ser sin gloria. Este también. Abandonamos al “Robert” y al “Marce”, en algún lugar de la avenida, confieso que no sé cual. Si sé que no estaban, porque Yon y yo seguíamos las luces de lo que quedaba del 505 y las paradas para dejar la carga, haciéndole de cortejo a Reuben. Yon me habló por primera vez en la noche y tal vez en el día.

-No me olvido que tenemos que encontrar a los argentinos que quieren canjear territorio por deuda externa. Ya hubo presentaciones. Lástima que las hizo un “boga” con apellido de bodega. Un desperdicio, pero hoy nos debíamos un recreo -, dictaminó dueño de nuestros destinos. Sigo sin rebelarme. Cualquier día de estos…..

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Se nos cruzaron dos autos, encarnizados en la persecución.

- Los tiempos están duros. Este delito lo auspicia…-, fue el comentario del vasco mientras los autos se “mimaban”, casi en la curva de Turdera, pero regresando a Lomas.

Del de atrás se bajaron dos y atraparon otros dos. En el de adelante, dos que no eran de bastos, parecían dormir. Por supuesto los vimos cuando nos pasaron y cuando los pasamos. De parar ni se habló.

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Cuando llegamos a Banfield, Reuben en la puerta del hangar y demorado debajo del farolito esmerilado color caramelo, estudiaba fijamente la tarjeta.

Miró perplejo y me la entregó. Leí la tarjeta satinada y de primera calidad, debajo del nombre, biselado, sólo decía “servicio de acompañante”. Hotel “Baubuien”, o algo parecido. Lo palmeamos esperando que cerrara la boca. San Blas acompaña cuando se tose, este había pagado el peaje del asombro. Eran rastros de los pasajeros paseados.

-¿Tomamos un café?-, la diplomacia el Vasco seguro no la aprendió en el Vaticano…


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