miércoles, 13 de marzo de 2013

Una de chivos y pastores


Carlos Alberto Parodíz Márquez (Desde Alejandro Korn, Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Sergio vino a podar los tilos y los plátanos. En realidad es un exceso. Vino a cortar algunas ramas que hacían peligroso el túnel verde que da sobre la casa, se inicia en una calle y concluye en otra.

Los tilos aromaban implacables, era su resistencia a la mutilación, expresada de la mejor manera posible y, tal vez, de cómo se sentían capaces de rechazarla.

Cabe precisar que ellos son cuatro y parecen alertas, sobre todo a la altura del pasillo de piedra que cubren casi amorosamente.

La gente cuando pasa, sobre todo si hay viento y lluvia, se siente bañada por lágrimas que impregnan y murmullos que extienden, en su oídos desprevenidos, mensajes crípticos pero desde ya, posibles.

Sergio mostró, desde su llegada, a bordo de la bici de cuadro robusto, facilidad simiesca para ir y venir por las ramas, que ya no se encuentra con frecuencia digamos, respecto de algunos años atrás, cuando los chicos jugaban juegos de chicos.

Llegó portando un serrucho zapallero, al parecer afilado y con el respeto cauto de aquellos que cuidan sus pasos y también sus comentarios, para no tocar canteros prohibidos, fue un encanto de discreción.

Los chicos humildes, que gambetearon tentaciones de la calle y siguieron la huella del trabajo, en algunos casos suelen ser sutiles, inteligentes, de rápida adaptabilidad y tan maleables que, casi parecen inasibles. Aquel poco ducho en su trato, puede caer en el simplismo de los boludos, que subestiman sapiencias nacidas del oficio de vivir.

Miró de reojo, sospechando que no me daba cuenta. Hizo las suyas. Me tomó las medidas y algo lo decidió a progresar en la confianza. No es sencillo. Pero como tengo cierto entrenamiento y la soberbia facilidad de ser torpe, dos atributos infalibles para que ellos te perdonen por incapaz, me gané su condescendencia. La superioridad siempre acciona mecanismos impensados en la gente.

Yo, armado con dos bolsas negras de consorcio, grandes y caras para mi magro presupuesto, la escalera de metal plegable, capaz de dar pie no sólo al comentario y él, con su serruchito zapallero, salimos a la calle dispuestos a cortar por lo sano. Una metáfora de domingo al mediodía previa a una infracción posible.

Las “lanchas blancas” que van y vienen de su casa, gambetean prolijas, la caravana apiñada de autos estacionados por los propios guardianes. Algunos más irrespetuosos que otros, ocupan las veredas de los vecinos, seguramente por miedo a que se los roben. Los responsables de la seguridad temen.

Los patrulleros van y vienen llevando, portando y depositando, en cada unidad particular, bolsas, paquetes, ruidos sospechables con sonido a fiestas y entonces las rondas resultan divertidas para los habitantes de “la Rivera”, que aceptan vivir en la manzana más concurrida. Casi la manzana de las luces, pero por tanta licuadora titilando azul, una rapsodia en blue.

Sergio miraba desde arriba de los árboles, tanto movimiento que entra y sale, en este turbulento diciembre, lleno de de celebraciones la mayoría prescindibles, pero eso es cuestión de opinión.

Sostener la escalera para que subiera, rápido y preciso, me ganó un gamo de confianza, sobe todo cuando el gramo está muy caro, tanto como el de la blanca.

Es habitante de los suburbios de Villa Niza, casi cerca de los Tribunales, pero esa zona, en Lomas de Zamora, se la disputan, encarnizadamente, los dos barrios bravos, para ser simples digamos que la pulseada la sostienen con Chaco chico. Se ha puesto tan duro el territorio que pronto, los vecinos se van a pagar el peaje, pero para irse de sus casas, el barrio y la ciudad.

Ah, pero hay una tranquilidad eh, se trata del que está en las inmediaciones de de Tribunales, donde Larroque y el Camino Negro, se dan cita con la justicia. Lógico, jamás se encuentran.

Pero, claro está, ella es ciega y no hay bifocómetro capaz de devolverle algo, por lo menos para ver lo ridículo que, en sus inmediaciones la ley es de la calle, una estampa virtual más, de un país habitado por absurdos, capaces de permitir dejar morir de hambre a sus chicos y alimentar el planeta.

País donde se discuten las ventajas comparativas de los cereales transgénicos y sus bondades. Mientras la desnutrición gana por knock out, tan fulminante como el resultado de un derechazo de De la Hoya.

Eso sí, todos opinamos, saltamos cuando aparece la cámara de TV, piqueteamos en lugar de sembrar, caceroleamos hasta que nos devuelven algo que, rápidamente ocultamos, con la satisfacción del desprecio cumplido, porque ahora todos volvemos a ser gente como uno. En fin, Sergio vive en un barrio donde lo único seguro es la inseguridad. Por eso la caravana del “gusano blanco y luminoso”, lo tenía deslumbrado.

Absorto no reparó, yo sí, pero por instinto, que la sombra que se nos venía rauda, por la vereda de Payró, era el Alfa gris tripulado por Yon. Se le había dado por llegar sin avisar. Los abusos no reconocen sponsors. Sus ojos celestes, limpios y restallantes, inventariaron la situación y a Sergio.

-Vos siempre haciendo “cagadas”-, fue su amable forma de saludarme, haciendo caso omiso del chico que estaba calculando el tiempo para llegar a terminar con los cuatro plátanos robustos, cuyas ramas eran como ventanas, tapiando la luz del farol caramelo esfumado que, desde un ángulo de la casa, echaba luz sobre las sombras tibias para las parejas dispuestas a utilizar el paredón, como colchón vertical algo más duro, por supuesto.

-Es que algunas ramas estaban demasiado bajas y tocaban a la gente-, respondí, recordando la caricia helada de una rama, cierta noche en que la luz suspendida sobre la puerta de Rivera, estaba en huelga.

- Pero hermano, no es tiempo de podar, estamos en diciembre y para peor te van a multar. No te olvides que recién asumieron en el municipio y cualquier excusa viene bien para parecer -, Lo escuché. El no. Pero yo estaba como “Inodoro, mal pero acostumbrau”. Sin olvidar que un inodoro a mano, en tiempos de emergencia, vale más que una yunta de bueyes.

-Es cuestión de minutos, nada más-., relativicé. El vasco tenía un brillito sospechoso en la mirada. Abrió el baúl del Alfa gris, dispuesto a descargar.

- Sin autorización ni aduana-, dijo por la carga que portaba. Como ambos tenemos horarios erráticos, cualquier momento nos viene bien, por eso desenfundé el hambre y la sed, apropiadas para aquello que, seguramente, llegaba dispuesto a alegrar los husos horarios, sin discutirlos.

-Ganó “boquita”, me imagino que estarás enterado. Somos campeones del mundo -, afirmó suelto de cuerpo. Mi palidez no se notó porque soy, en el mejor sentido, negro.

Me había levantado casi pisando un callo al mediodía y venía recuperando compostura. Mientras Sergio operaba, sin quirófano, ni otro instrumental que el serruchito zapallero los árboles estoicos.

 El pibe –veinte con suerte- se rió a carcajadas. El vasco es así gana por una simpatía exótica. Lo cierto es que él, sin dejar de trabajar, viajar por las ramas con la agilidad de un Titicaca, se fue enamorando de la charla extraña que Yon deslizaba, mientras potaba olorosos paquetes rumbo al patio sevillano, junto a unas cajas de bebidas más que apetecibles.

¿Quién pagaba todo esto?, seguirá siendo el secreto mejor guardado, desde la existencia de “las 7 hermanas”, después de las guerras del petróleo.

Luego de contarle quien y que hacía Sergio, Yon pareció dejarlo atrás y se puso a liar un cigarrillo. Costumbre que no trajo de Bilbao, precisamente, sino de algunos encierros no siempre voluntarios.

La lancha azul celeste Chrysler, neón por el rotativo titilar de la luz, pareció un conflicto militar a punto de desatarse. Dos potencias se saludan, pensé.

El vasco se puso rígido y a Sergio se le escurrió el serruchito, como a mi la manteca sobre el tostador, cada vez que decido quitarle el frío del freezer. Sergio me miró cuando recogí, con perdón de la palabra y de la mujer dorada, que andaba por otras dunas cercanas, la herramienta.

-Al que maneja lo conozco-, dijo lacónico.

-Ah ¿sí? Y ¿de donde? -, sin volverse preguntó Yon.

-Del último River-Boca que vi. Soy de River, disculpándose, aclaró.

-Pero el pibe Tevez es un jugadorazo, blanqueó prontuario con el vasco a quien parecía dirigirse.

-Está bien. ¿Pero qué hizo el guía?-, explicitó Yon con su particular amistad y reverencia par con el idioma castellano.

-A este y unos cuantos más, los llaman “los huevos”, no se separan nunca y en ese partido, cancha de Boca, nos abrieron la puerta antes de hora y las barras “bravas” se cruzaron a diez cuadras. Hubo batalla, piedras y hasta tiros, no cumplieron con la hora de diferencia.

En la puerta, antes de entrar, nos apretaban con eso de que River perdía ya uno a cero y para que mierda íbamos a entrar si estaba escrito. Más, ese, que me vio cara de tranquilo, en esos forcejeos de “documentos por favor”, me dejó una tarjeta en el bolsillo de la campera.

“Mirala afuera”, me dijo y siguió con la promo. Tienen que ver otra cosa, para qué pierden el tiempo. Además es peligroso, discurseó. Y era cierto por lo que pasó después. Juré que no iba más a la cancha y se dije a mis viejos y mis hermanos. Ahora voy a ver Turismo de carretera, pero cuando vienen al autódromo eh, es otra cosa –

El largo discurso de Sergio no hizo más que incentivar la curiosidad de Yon que sólo se advierte, si se lo conoce, por la manera de entrecerrar los ojos, cuando la línea celeste parece un fragmento de cielo cristalizado

-¿Y de donde te salió el amor por el TC y desde cuando te hiciste tuerca?-, ironizó olfateando la noticia.

-Desde la tarjeta- sinceró Sergio que ya a esta altura de la charla estaba quebrando hojas para rellenar la segunda bolsa negra de consorcio y no dejar huellas que aviven giles.

-¿Y que decía la tarjeta?-, la suavidad en el tono de Yon, casi sedosa, era vital prueba de que el asunto lo tenía comprado.

-Al lado de la tribuna de los chivos, donde está la casita-, apuntó Sergio, con la inocente convicción de que todo el mundo sabe lo que nadie sabe.

-¡Y allí que pasa?-, retrucó el vasco.

-Pasa que “ellos” te dejan pasar, están arreglados con alguna gente de adentro que hacen la vista gorda y “ellos” te dejan pasar, tenés que saltar el muro y después pasar la casita, para entrar. Lo menos que te piden son cinco pesos.

¿Te imaginás lo que juntan desde las seis de la mañana?, porque “ellos” son los que hacen la seguridad. Eso sí, allí no hay ningún problema, aunque están apareciendo algunas barritas duras – completó Sergio.

-Así que estos tipos “los buenos muchachos federales”, tienen una agencia propia de acomodación en el autódromo cuando se corre TC y se llevan un “tocaso”. ¿Seguro que vos e sentís seguro, no?-, en realidad no le preguntó nada, se lo estaba preguntando, la incredulidad es patrimonio de los inocentes y el vasco, de alguna manera, se resistía al escepticismo. Me miró.

-Vos si que tenés historias gratis y sin moverte. Después las contás y te cagan, pero no escarmentás, ¿todavía no te convenciste que en una carrera de boludos salís último?-, me dijo, áspero, como si yo hubiera dado señales de vida. Me encogí de hombros. Juntamos con Sergio el resto de las hojas verdes, que plastificaban las baldosas con ambición de ser clorofila.

-Vamos adentro a comer algo y yo voy a pensar, antes que el cerebro se me llene de telas de arañas., dijo para agregar. – Pibe, vos también, eh-.

-Gracias señor- Yon le pagó, no se cuanto, porque él no lo sabía, pero el gesto le resultó convincente a Sergio. El tono de humildad, bien aprendida, me era familiar.

Tardamos un rato en poner orden al desorden La mesa en el patio sevillano, relucía. Unas costillitas de ternera, jugosas, como nos gusta al vasco y a mi, eran más que tentación. La copa roja de cabernet sauvignon Alfieri, lista para brindar, no incomodó la excusa de Sergio.

-¿Señor no tendrá un poco de agua para mi?- Estos pibes son un asco, pensé. El vasco le sirvió. Lo vi comer con hambre flamante, quizás algo retroactiva. Me consolé. Soldado que come sirva para otra batalla. Cerré los ojos buscando despegarme de la realidad y ella, mirada brillante color caramelo y almíbar neutro, del sur de su ombligo, reparé que me estaban llamando.

-¿Qué esperaba ahí?-, entonces recordé. “Andrés que hacemos con esta gente? pero Calamaro ya no puede contestar.


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