jueves, 18 de abril de 2013

Lo religioso electoral


José Manuel Rodríguez (Desde Caracas, Venezuela. Colaboración para ARGENPRESS CULTURAL)

Voy a comenzar con dos párrafos que, en espera de que pasaran las elecciones, había escrito. Ellos, frente a la nueva realidad, me sirven de base argumental.

Hemos soportamos, en respetuoso silencio, todo el desborde religioso que, desde los poderes del Estado, se desarrolló con motivo de la enfermedad del Comandante, y lo que luego sucedió con su irreparable muerte. Pero, ¡que ahora se hable de socialismo cristiano! ya es demasiado.

La revolución es de la razón colectiva, no de la fe individual. “La religión, decía Marx, es el suspiro de la criatura agobiada, la expresión de la miseria real…” La revolución, por el contrario, es la protesta contra esa miseria. En esa dirección, a contrapelo del imperio, de la burguesía y la curia, es que tenemos que seguir avanzando, depositando nuestra confianza y certidumbre en la conciencia y no en los evangelios.

¿Qué tiene que ver esto con los preocupantes resultados electorales? Mucho, la importancia de la conciencia revolucionaria ha sido disminuida. Desde la campaña electoral anterior hemos oído un discurso edulcorado, dirigido a ese sector social enajenado que se ha dado en llamar clase media. Un sector social adiestrado en la mezcla de la fe con el ascenso social. Y ese fue, también, el discurso de Capriles. Lo llamaría el acercamiento de los discursos.

Soslayamos que, como resultado de uno de los logros más importantes de la revolución: la disminución de la pobreza; la clase media ha aumentando en esa misma proporción. Y ese sector social que se ha incorporado a esa clase media enajenada, asimiló rápidamente su enajenación. Asumió que valía la pena probar eso que decía Capriles sobre la oportunidad de progresar individualmente con el capitalismo.

La conciencia comunal poco desarrollada fue pasto fácil de la ilusión de convertirse en emprendedor. Dejada esta de lado, la nueva “clase media” hizo suyo el dilema del capitalismo: ser explotadora y no explotada.


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