jueves, 25 de abril de 2013

Medicatura rural


Alberto Pinzón Sánchez (Desde Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

El sol empezaba a declinar en el horizonte rojizo y una brisa fresca y suave que anunciaba la llegada de la noche, embargaba ese atardecer en Provincia. En la casona grande de tejas rojas de barro y paredes blanquecinas, ubicada dos cuadras arriba de la plaza central del pueblo, recientemente remodelada para que sirviera de hospital, los cuatro empleados de la salud, tres enfermeras y un médico joven llegado hacía poco tiempo, se disponían a dar por concluida su labor diaria. Unos golpes fuertes y precipitados en el portón de la casona seguidos de voces altas alarmaron a los empleados de dentro. Una de las enfermeras abrió la puerta y tres hombres vestidos de paisano, agitados, sin esperar se introdujeron precipitadamente en el zaguán de la casa. Dos de ellos, llevaban alzado por las axilas al de la mitad quien quejumbroso tenía la camisa ensangrentada o empapada en sangre, en el costado derecho.

-Está muy herido. Dijo uno de ellos con dureza. Necesitamos urgentemente al médico, añadió.

La enfermera le respondió que, el médico de planta estaba en el café de Pedrito jugando un chico de billar con unos amigos. No estaba aquí, ni vendría en toda la noche. Quien estaba era el médico practicante.

Pues llámelo a él agregó el hombre.- Bien sienten al señor aquí, dijo la enfermera señalando un taburete de cuero y madera, mientras voy a llamarlo.

A los pocos minutos llegó el médico joven. Venía caminando rápido, como dando zancadas y mostrando sorpresa en sus grandes ojos grises. Lentamente tratando de abrir la camisa para ver la herida, preguntó qué había pasado.-Le pegaron un tiro ahí, respondió señalando el costado del hombre sentado y quejumbroso, cuyo rostro apretado por el dolor no dejaba ver bien sus facciones.

-Está herido en el hígado, les dijo el médico una vez logró separar la camisa y palpar la herida. -Necesita urgentemente una cirugía en el hospital regional o de lo contrario se desangrará irremediablemente, agregó.

Los hombres suspiraron profundamente y el que hablaba considerando que el hospital grande estaba a más de 6 horas de camino por la carretera a Bogotá, dijo con resolución.

-Pues opérelo aquí doctor, que nosotros asumimos todo.

- Lo malo es que aquí no hay quirófano, ni instrumental grande, sino una pequeña mesa con instrumental de cirugía menor; la luz es muy mala y nos toca trabajar con una lámpara de caperuza y gasolina. Replicó el médico.

-No importa doctor: opérelo, que nosotros, ya le dije, asumimos todo.

El médico joven empezó a dar muestras de la tensión. Un leve sudor, perlado mojó su frente y su labio superior. Tomando aire en un suspiro hondo, les dijo.- Miren señores. Esa herida es muy grave y necesita una cirugía mayor, y para que me entiendan, coser el hígado es como coser una cuajada. Hizo una pausa tratando de mirar en los hombres la reacción a sus palabras y agregó con la voz un poco embargada. –Si ustedes lo exigen, yo afronto el riesgo y haré todo lo que pueda, pero sin poder garantizarles nada. Los hombres miraron desconcertados al hombre sentado quien debatiéndose entre los quejidos y una respiración cada vez más arrítmica, movió la cabeza varias veces hacia abajo como afirmando.

-Hágalo doctor fue la respuesta del hombre.

A los pocos minutos, los acompañantes quedaron afuera, y el herido fue introducido en el pequeño salón acondicionado con dos bombillos de 100 bujías, una lámpara de gasolina suspendida por un gancho desde el techo, y yacía sobre una mesa ordinariamente usada para atender los partos.

Rápidamente mientras una enfermera le aplicaba en el brazo un botellín de suero, otra lo desnudaba para tomarle la tensión arterial y otra alistaba el pequeño paquete hervido de instrumental quirúrgico. -Doctor, dijo una de las enfermeras ¿qué anestesia le va a poner? El médico mientras se vestía para la cirugía, sin dudarlo le indicó: - Tome una compresa de algodón; empápela en éter que está en la sala de consulta, y póngasela en las narices. Lo controlaremos con la presión arterial.

El médico observó bien al paciente: La herida de entrada era exactamente debajo de la última costilla con un orificio de salida más grande y casi en línea recta en la espalda. Metió el dedo índice en la herida de donde brotó un coagulo negruzco y friable. Tomó el bisturí y amplió la herida con un buen corte, desbridando la piel lacerada por el disparo. Palpó más profundamente, siguiendo el trayecto de la herida y observó en el guante sangre roja rutilante y fresca. Palpó la cápsula fibrosa que envuelve al hígado; solo tenía los dos orificios, el de entrada y el de salida. Hizo una prueba: metió el índice derecho por el orificio de entrada y el índice izquierdo, atrás, por el orificio de salida y pudo tocarse ambos dedos. El paciente estaba profundamente dormido, en aquella sala aplastada por una presión irreconocible, aumentada por el olor a sangre mezclado con el del éter de la anestesia, solo se percibía la leve respiración del herido.

Era más grave de lo esperado, se dijo. No podía coser o suturar la capsula fibrosa del hígado, porque como lo había sospechado era un asunto de cirugía mayor y de equipamiento que no disponía. Dudó. Y respirando profundamente, mientras se pasaba la manga de la bata por la frente, miró a las enfermeras con una mirada inquietante y solícita de ayuda. Ellas le correspondieron mirándolo anhelantes, sin saber qué hacer.

De pronto, mirando fijamente la herida del paciente, una improvisada idea le vino a la mente. Le pidió a la enfermera a su lado que le pasara una compresa de algodón del material hervido, pero desenvuelta, y con ella en la mano derecha, empezó a introducirla por una punta por entre el orificio de entrada, controlando su recorrido con el índice de la mano izquierda introducido atrás, en el orificio de salida de la bala. Ahora el paciente se movía quejumbroso, pero totalmente ausente. Metió lentamente toda la compresa, dejando visible solo una punta de ella. Desinfectó todo el campo operatorio con abundante tintura de yodo, y dijo: -Ahora a esperar.

Con las ropas de cirugía ensangrentadas salió al zaguán y les dijo lo mismo a los acompañantes del herido. Ellos le respondieron que no podían esperar. Esperarían unas horas hasta la madrugada para llevárselo consigo. El médico, les dio dos frascos grandes de tintura de yodo y les dijo que debían hacerle curación con ella en ambas heridas, dos veces al día, y que buscaran ayuda especializada. Fue todo.

Los hombres se llevaron esa madrugada al herido como habían dicho y a la mañana siguiente la rutina del hospitalito continuó igual. Hasta una semana después, cuando un hombre recio y acuerpado, vestido con una chaqueta de cuero abierta de donde sobresalía una gruesa cadena de oro con varios dijes, mirada negra y penetrante, cabello liso peinado hacia atrás con glostora y rasgos mestizos pronunciados; llegó preguntando por el médico joven.

Cuando lo tuvo enfrente, el hombre le presentó un carnet de la Compañía de Misiones Especiales de la Brigada de Institutos Militares con su foto, y donde se podía leer el nombre de José Quirama Zuleta; quien sin titubear le dijo:- Doctor usted hace una semana curó a un peligroso guerrillero que nosotros habíamos herido en el encuentro de la vereda de la Palma, y se nos voló. Le aconsejo que coja su maletica con sus chiros y se pierda de aquí cuanto antes. O no respondemos por su traición.

Entonces, un sudor frío y resbaloso, escurrió lentamente a lo largo de la espalda y del espinazo del joven médico.


Haga click aquí para recibir gratis Argenpress en su correo electrónico.