jueves, 18 de abril de 2013

Palacio Real

Manuel Filpo Cabana (Desde España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

A la vejez visité el Palacio Real de Madrid. Cuando te informan que posee más de cuatro mil habitaciones comienza tu duramadre a experimentar espasmos alarmantes, cual ebriedad intelectual a consecuencia del emborrachamiento con dimensiones indigeribles.

De sobra sabía -a pesar de mi provinciana historia- las particularidades genéricas del edificio, pero una cosa es ubicar las ideas en tus antesalas teóricas y otra muy diferente toparte con el salón de la realidad. Aseguro mi preocupación durante el recorrido de poner rostro normal para evitar que el asombro tomase las tintadas de un rematado bobalicón.



Según cuenta la historia, el primer Borbón, su serena majestad Felipe V, le dio el encargo a un tal Filippo Juvara, arquitecto italiano, posiblemente compatriota del que suscribe -mire usted por donde- por apedillarme Filpo, descendiente del séquito que acompañó al infeliz o dichoso, según se mire, Amadeo de Saboya, el cual marchó presuroso al toparse con los ingobernables españoles. Creo que poseemos un troco genético común porque somos igual de exagerados, él que lo quería aún más grande de los 135.000 metros cuadrados actuales y yo por experimentar excesos durante y después de la visita.

Por sentimientos y racionalidad rechazo el sistema monárquico, por más que trate de aceptarlo con la resignación de lo definido como menos malo. Resulta que entré como el burrito que, habituado a la estrechez y el olor de su establo, un mal día lo llevan a un alfombrado cobertizo recién pintado oliendo a zotal. Hombre, uno no puede olvidar todavía el color de las cartillas de racionamiento de la posguerra, la leche en polvo made in USA, el chocolate arenoso, la carne enlatada argentina o las algarrobas para distraer el hambre. Y no digamos si detallo capítulos históricos y realidades actuales.

Manifiesto mi incapacidad para esbozar el inmenso y refinado lujo, la impresionante colección de valiosísimas piezas: Stradivarius, relojes, lámparas, porcelanas, cuadros, tapices, platería, armaduras… Cuanto dijese del contenido y del continente quedaría ensombrecido por una realidad apabullante. Todo resulta abrumador.

Cuando pasé el umbral tenía unos pequeños atisbos de comprensión monárquica pero salí irredento a toda realeza. «Escandalosamente intolerable», repetía una y otra vez para mis adentros, mirando de soslayo a los vigilantes de las salas en vanos intentos telepáticos para conocer sus pareceres. Decididamente, no me valen los argumentos convencionales: que si eran otros tiempos (¡cómo si el crimen o el desprecio a la igualdad poseyesen licitud en algún tiempo histórico!), o que se empleó una masiva mano de obra, o que gracias a esas suntuosidades el arte triunfó… Bien podrían haber ido tales dineros a la realización de obras civiles para hacer alcantarillados o para iniciar la vital industrialización.

Al decir esto pienso que cualquier injusticia de los poderosos de este mundo recurre a zarandajas para justificar la desigualdad en el desprecio a la dignidad de los pueblos que tanto ayer como ahora se afanan, unos para encontrar el sustento y otros para no perder el empleo.

Cuando regresé a mi establo y reconocí su olor, hice el hoyito en mi colchón y soñé con un carrusel de fotogramas fantasmales donde las dichosas coronas y las tiranías bañadas en sangre barata y torrentes de lujo se sucedían sin final. Pronto desperté sobresaltado porque, situado en el Salón del Trono, creí sentirme aplastado por las garras de un león de bronce que, abandonando la tribuna, deseoso de hacer méritos ante sus amos, adivinó mis pensamientos.


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