jueves, 25 de abril de 2013

Reflexión sobre la educación y la circunstancia política en la Argentina contemporánea


Rodolfo Bassarsky (Desde Barcelona, España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Los gobernantes y los dirigentes, son en nuestros países (América Latina) y desde hace mucho tiempo, mayoritariamente ineptos, corruptos, inescrupulosos, populistas, demagógicos (ejercen especialmente el tipo más perverso de demagogia), etc.

Me refiero a gobernantes de todos los niveles jurisdiccionales: municipales, provinciales y nacionales y a dirigentes de todos los estamentos pertenecientes a todos los campos de la actividad social y económica. Es decir que los calificativos afectan a las personas que por algún motivo ocupan esas categorías y no es difícil identificarlas dentro del entramado social. Hay gobernantes y dirigentes que “padecen” todas las condiciones mencionadas y otros solamente alguna o una combinación diversa de dos o más. Por supuesto que existen quienes están dotados de cualidades virtuosas: son aptos, transparentes, vocacionados, honestos luchadores, trabajadores solidarios… pero son los menos. De tal manera que el promedio de calidad de dirigentes y gobernantes es manifiestamente deficitario, bajo, lamentable. El perfil del país que tenemos está fuertemente determinado por esta situación y nos convierte en un país decadente. Se trata de una decadencia relativa, una evolución comparativamente mucho más lenta y accidentada y trabada que la de otras sociedades menos afectadas por el cáncer social. Nadie puede discutir que hubo y hay progresos y mejoras pero son comparativamente casi irrelevantes. En cambio los retrocesos profundizan la enfermedad social y económica y agravan los muy diversos sindromes de los que está constituida. El resultado es la decadencia relativa que nos trastorna desde hace décadas.

El esquema que acabo de describir se hace muy nítido especialmente cuando uno contempla la realidad con la perspectiva de vivir en alguna sociedad cuyo sistema democrático ha superado el estadio de desarrollo de las débiles y vulnerables democracias latinoamericanas. Por ejemplo en la Unión Europea. Los argentinos tenemos la manía de contemplarnos permanentemente el ombligo por razones culturales e históricas. Es un hábito que nos hace daño.

Los gobernantes y dirigentes responsables de la educación en Argentina son parte de este panorama.

Apelando a otro esquema. Los objetivos de buena parte de estos gobernantes y dirigentes son:

1) acumulación de dinero y bienes; 2) acumulación de poder, en profundidad y en extensión; 3) mantenimiento de la riqueza y del poder que se van acumulando.

Estos fines deben lograrse para sí mismos y para la corte de colaboracionistas necesarios. Y como uno de los tantos “derivados secundarios” de los objetivos prioritarios, es un goce moralmente insano del ejercicio del poder, se suelen dar el lujo de “beneficiar” a colaboradores no necesarios para sentir el morbo de la dádiva o del perdona-vida. De manera que se constituye un “staff” gubernamental y dirigencial del más alto nivel con características nefastas y muy perversas. Generalmente son inescrupulosos, mercaderes, gatopardistas. Con frecuencia mafiosos y delincuentes. Suelen estar dispuestos a comprar conciencias, a pactar con el diablo y a venderse al mejor postor. Los hay ostentosos porque se creen impunes y de hecho suelen serlo por lo menos por períodos prolongados y existen los precavidos de perfil bajo, generalmente temerosos de que pueda llegar el momento del linchamiento público. Hay una especie interesante de inmorales tránsfugas que se ubican con inusitada habilidad en cualquier sitio donde caliente el sol y hoy pueden defender con vehemencia al blanco y mañana ser defensores incondicionales del negro. No es raro ver obsecuentes rastreros y traicioneros alevosos.

Existen los que se visten de santos corderos de Dios y actúan como verdaderos agentes de Satanás. Y los que vociferan con bronca reivindicativa los derechos de los pobres y trabajan haciendo las tareas sucias que les encomiendan los ricos. Los que se desatan el nudo de la corbata, se arremangan la camisa y con el índice admonitorio señalando el cielo concitan el entusiasmo de masas enfervorizadas que los elevan a categorías de héroes inmortales. Cuando estos personajes terminan sus discursos y dando la espalda a las multitudes, regresan al seno de su entorno íntimo, suelen confesar sus infames intereses y ufanarse de sus excelentes dotes histriónicas. Cuando el pueblo reconoce el fraude, suele ser tarde.

Una de las consecuencias de lo que he descripto, es que existe una desproporción monstruosa entre la montaña infinita de palabras y de excelentes normativas y la famélica producción de hechos relevantes.

Los discursos, las declamaciones, la enunciación de propósitos y el anuncio de programas, es sobreabundante. Los logros son escuálidos.

En materia educativa ocurre esto y por eso es patética la decadencia. Estoy de acuerdo con casi todo lo que sostiene Guillermo Jaim Etcheverry. En el punto 3 de un artículo publicado el 17 de abril 2013 expone que el origen de las desigualdades educativas está en las condiciones de la familia y parece importar menos si la educación se imparte en la escuela pública o privada. Parecería que no necesariamente un nivel económico y/o cultural elevado implica la asistencia a una escuela privada. Para esclarecer este punto yo diría algo casi obvio. El resultado final de la educación depende esencialmente de los estímulos que se originan en el seno familiar y de aquellos que resultan de la actividad escolar. De forma que los primeros pueden resultar en definitiva determinantes y son de análisis complejo. Por ejemplo unos padres culturalmente muy limitados pueden ejercer una presión muy positiva (primitivos inmigrantes, p.ej.). Unos padres ricos pueden ser sobreprotectores o pueden priorizar el tener sobre el ser y entonces ejercer una influencia nociva en la educación de sus hijos.

Los 5 puntos de GJE (*) que pretenden sintetizar la situación argentina actual en materia educativa, son básicamente los mismos desde hace décadas. Hecho que corrobora la idea que expuse más arriba. El aumento de la inversión al que se refiere el artículo, responde sin duda a una dinámica demagógica, políticamente especulativa. Una inversión prioritariamente destinada a conseguir los fines espurios de gobernantes y responsables de la educación que prevalecen en las instituciones y organismos públicos y privados. Dicho de otra manera: el incremento de la inversión se desvió a otros fines distintos de los proclamados. No mejoraron los indicadores de calidad educativa ni los de cantidad de educados. Si en general somos más exigentes con la calidad que con la cantidad, en el hecho que nos ocupa, se da la paradoja de que valoramos lo inverso. En efecto, nos conformaríamos con una calidad educativa discreta, mediana, si eso fuera necesario para que la educación alcanzara a mayor cantidad de jóvenes ciudadanos.

La infamia que refleja el millón de los “ni ni” (ni estudian ni trabajan), es una de las peores consecuencias del descalabro. Por sus derivaciones sociales: delincuencia, narcotráfico, aumento de las adicciones, inseguridad, corrupción, efecto multiplicador en los hijos y en los hijos de los hijos. Es también una situación propicia para las prebendas, privilegios, clientelismos, dádivas perniciosas. Pensar que el problema “ni ni” es uno de los muchosdesajustes sociales infaustos. Desgracias argentinas…

Respecto de la actitud de los padres frente a la escuela, soy más benevolente que GJE (**). No me parece que se pueda generalizar, aunque es evidente que esa actitud que persigue solamente la certificación en detrimento de la solidez de la educación, está en ascenso. Quedan padres responsables y conscientes que deben enfrentar dificultades progresivamente mayores para encausar por la buena senda la educación de sus hijos.

Que la educación debe ser un compromiso de todos, que es necesario recuperar su prestigio social, que hay que dedicar atención y esfuerzo y recuperar la confianza. Que lo de la “guardería ilustrada” (GJE) sintetiza muy apropiadamente el estado de la escuela actual. Todas ideas impecables que vienen repitiéndose desde hace mucho tiempo, lo que demuestra que varias generaciones de personas preocupadas por la educación persisten obstinadamente en enunciar qué hay que hacer y qué no hay que hacer. Sin embargo los que realmente son responsables de las políticas educativas activas, de las medidas correctivas, no estuvieron y no están a la altura de las circunstancias. Sus objetivos y sus intereses están lejos de aquellas ideas.

Un concepto clave es que el conocimiento nos hace más humanos. El conocimiento como una herramienta de la educación. Educación que en definitiva producirá individuos más respetuosos, más solidarios. Que constituyen sociedades más pacíficas y con más problemas resueltos. Educación absolutamente imprescindible para iniciar el camino de la erradicación de las lacras sociales, especialmente las que afectan a gobernantes y dirigentes.

Es muy discutible la idea de GJE de que a las nuevas generaciones hay que introducirlas en “un mundo que existía antes de que ellas llegaran”. Este análisis es extenso y bastante complicado.

Que la escuela sea una institución de contención social ante al hambre, la violencia familiar, la delincuencia, es una inquietud ciertamente loable. Sin embargo no es esa la función de la escuela. Puede concebirse que desempeñe ese rol como una emergencia. Como una reacción inmediata para afrontar un gravísimo déficit social. Pero el Estado no debería haber permitido jamás que se llegara a esa situación: otra prueba que confirma el planteo general. Ante la realidad tan acuciante de las carencias y de las falencias sociales, el Estado, al tiempo que destina las escuelas a paliar la situación, debería fundar instituciones de asistencia social más específicas y fundamentalmente recurrir a políticas que permitan la remisión de la cruel enfermedad. De manera de llegar a un momento en que la escuela sea la escuela.

El panorama general de decadencia de la educación en nuestro país produce indignación, subleva el espíritu y la razón y pone de manifiesto la dramática impotencia de quienes son conscientes pero carecen de los medios y el poder. Una patética tragedia. El interés que prevalece está a años luz de lo que se proclama a veces de manera altisonante o con matices mesiánicos o grandielocuencias hipócritas.


(*) “Tiempo de replantear la tarea de educar” Guillermo Jaim Etcheverry (Clarín, 17 04 2013)
Los problemas que enfrenta la educación argentina, ya tan bien conocidos, pueden sintetizarse señalando que:
1) contamos con relativamente pocos ciudadanos educados: de cada 100 niños que comienzan la educación primaria, al cabo de doce años sólo 37 completarán el nivel medio;
2) casi la mitad de quienes lo hacen tiene dificultades para comprender lo que leen y para realizar simples ejercicios de matemática;
3) existen marcadas desigualdades tanto en la cantidad como en la calidad de la educación que reciben los alumnos dependiendo de los niveles sociales, económicos y culturales de las familias de las que provienen;
4) hay en el país casi un millón de jóvenes menores de 25 años que no trabajan ni estudian, es decir, que no hacen nada;
5) asistimos a una alarmante declinación de la escuela pública que en el pasado resultó esencial para intentar igualar las oportunidades y formar nuestra ciudadanía. 

Es innegable que en los últimos años el país ha realizado un importante y muy auspicioso esfuerzo destinado a promover la educación como lo demuestra el significativo incremento de la inversión con esa finalidad en relación al producto interno bruto. Sin embargo, ese aumento de recursos no se ha visto reflejado en una mejoría sustancial de los indicadores relacionados con la cantidad de personas educadas y con la calidad de la educación que han recibido. 


(**) Hoy los padres se unen a ellos (los maestros) en contra de la institución educativa, a la que perciben como una herramienta social de opresión, que condiciona la entrega del bien deseado, la certificación.


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