jueves, 2 de mayo de 2013

Ahorita regreso…


Marcelo Colussi (Desde Guatemala. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Hacía varios meses que venía pensándolo. La guerra arreciaba y las arremetidas del ejército eran cada vez más continuas y sangrientas. La última vez que pasaron cerca de su casa, una semana atrás, habían matado a su vecino y entrañable amigo de la infancia, el compadre Julián. Eso lo terminó de decidir.

Catalino, nacido y criado en esas montañas tropicales, aunque no sabía leer y escribir, tenía una inteligencia natural muy aguda. Con sus 27 años era ya ampliamente conocido en la zona por el buen tino, por su solidaridad entrañable. En reiteradas ocasiones había ayudado a otros vecinos en las más variadas circunstancias: para terminar de recoger la cosecha, atendiendo parturientas, movilizándose para presentar petitorios en la alcaldía municipal. Si bien no quería asumirlo en forma regular, de hecho era un dirigente comunitario consumado, respetado y querido por todos.

El movimiento guerrillero que operaba en ese sector lo sabía; por eso eran frecuentes las visitas que le hacían tratándolo de ganar para la causa. Catalino sonreía humilde tras su arruinada dentadura y los escuchaba con atención, con entusiasmo incluso; pero no se atrevía a considerar como opción posible su incorporación a la lucha armada. Le asustaba demasiado la idea de dejar a su mujer y sus cuatro hijos. Sabía que eso significaba la casi segura pérdida de su familia.

También eran frecuentes las visitas del ejército. Más o menos una vez por semana los soldados pasaban por su casa, una modesta vivienda de madera, piso de tierra y techo de láminas de zinc, construida con sus propias manos cuando se casó. Cada vez que llegaban había que lamentar alguna pérdida: o reclutaban varones a la fuerza, desde adolescentes hasta hombres maduros, o se quedaban con comida que la población debía entregar para evitarse problemas. En más de un caso, como parte de la estrategia de terror que venían aplicando en forma sostenida, mataban. Mataban por el simple hecho de crear temor, de mantener sojuzgada a la población campesina que era la principal base de sustento de la guerrilla. Alguna ejecución pública de un presunto colaborador de "estos hijos de puta guerrilleros" –según gritaba el comandante de la patrulla militar– o de alguien que se negaba a ser reclutado, era un excelente mensaje en estas perdidas comarcas: "o están con la patria y el ejército, o están con los comunistas".

No faltaban ocasiones en que quemaban alguna vivienda o un sembradío, o que violaban alguna mujer, joven en general. También esto lo hacían a plena luz del día y en forma pública, obligando a que toda la población de la zona lo viera. "Así aprenden", era la justificación de esta especial pedagogía de la muerte.

El año pasado había sido la hija mayor de Catalino: Floridalma. Tanta fue la deshonra que la muchacha –jovencita de 12 años de edad– luego del hecho estuvo encerrada en su casa por varios meses sin querer dejarse ver. También para el padre la vergüenza fue mayúscula; pasado buen tiempo del incidente, con nadie fuera de Casilda –su esposa– había hablado del tema. La chicha, ese rústico licor que él mismo elaboraba con bagazo de caña de azúcar, era su único consuelo. La chicha, y la idea de venganza que día a día le iba creciendo. –"Son buenos muchachos"– solía decir refiriéndose a los guerrilleros. –"No son violentos sino que los forzaron a hacerse violentos…"–

Catalino conocía la zona a la perfección; además de respetado por su rectitud como líder comunitario, tanto o más lo era por su pericia para moverse en esas montañas. Desde muy joven había sido un experto baqueano. Siempre gustó de caminar solo por los montes, y la misma pasión le había transmitido a sus dos hijos varones, el primogénito: Santiago, de 13 años, y el más pequeñito de los cuatro, Jerónimo, de 6. Con ambos, a quienes prefería por sobre las hijas mujeres –"a los machitos al menos el ejército no los viola, aunque se los pueda llevar"–, había desarrollado una entrañable amistad que iba más allá de la relación padre-hijo: los tenía realmente como compinches, les hablaba de igual a igual pese a la diferencia de edad, y ya los tres solían perderse de cacería por varios días en las profundidades montañosas, confiados siempre en cómo ubicarse.

No podía quitarse de encima el deshonor de haber visto violada a su hija; eso lo corroía. Tanto como el odio que iba acumulando contra los soldados por sus continuos desmanes, por sus injusticias. Ese rencor lo transmitía sin palabras; bastaba su sombría expresión, su mirada pétrea. Además, las charlas mantenidas con los insurgentes le iban ratificando ese encono. La muerte de su amigo Julián fue la gota que colmó el vaso.

Por varios días estuvo taciturno, dándose valor para tomar la decisión; pero no le era en absoluto fácil dar ese paso. Saber por boca directa de los guerrilleros que la victoria estaba de su lado, que la zona del Boquerón –no muy lejos de su casa– estaba ya liberada, y con la energía que le daba el ir descubriendo un mundo nuevo en cada conversación que mantenía con los alzados, luego de interminables elucubraciones pensó que se incorporaría, que eso era lo mejor que podía hacer para su familia: legarles un mundo nuevo, aunque le fuera la vida en ello. –"La mejor defensa es un buen ataque"–.

Con lo ojos llenos de lágrimas y mordiéndose los labios para no permitir que se le escapara el llanto, una madrugada se levantó más temprano de lo habitual. Su esposa y los hijos dormían aún. Aunque no hizo ningún ruido, Casilda lo escuchó. Algo sorprendida por verlo levantado a esa hora, le preguntó qué le pasaba.

–"Nada, nada. Ahorita regreso…"–

No encontró otra forma de dejarlos. Sin despedirse, sin dar explicaciones, refrescado por la fría brisa previa al amanecer cuando comenzó a caminar sin voltearse para mirar por última vez su casa, emprendió la partida. Sabía que lo esperaban cerca. No eran necesarias explicaciones, supuso. Su mujer entendería de qué se trataba; varias veces le había deslizado la idea de incorporarse a las filas guerrilleras. En las últimas semanas venía aumentado su conciencia de la situación, a partir de las cada vez más continuas conversaciones mantenidas con los combatientes. Así como venía aumentando también el odio por tantas injusticias. Un grito sordo, venido desde las profundidades de sus raíces indígenas, desde lo profundo de las selvas donde ahora se internaba, quiso escapársele. Pero pudo reprimirlo. Con el fusil en la mano –que le dieron en el mismo momento del encuentro– comenzó a sentir que la decisión había sido la correcta.
–"Ya soy un guerrillero, un revolucionario; ¡ahora empieza mi verdadera lucha!"–

Viendo que no regresaba, Casilda comenzó a inquietarse. Lo intuyó inmediatamente; sin decirlo, casi lo estaba esperando. Pero en el momento que tuvo la evidencia del hecho consumado, se desconsoló. Lo primero que pensó era cómo se lo explicaría a los hijos. También ella creía que había que reaccionar, no permitir tanto atropello. Ahora era el ejército, pero había mucho, muchísimo más antes: los finqueros, los salarios miserables, la malaria, la explotación de siglos, el analfabetismo, las serpientes venenosas, nunca tan dañinas como los finqueros… Estaba bien la decisión, pero ¿qué haría ella ahora? ¿Proveería dios?

Santiago, el hijo mayor, prontamente tomó el lugar del padre ausente. Ya un hombre cabal, conocedor del monte y de todos los oficios rurales, estuvo a la altura de las circunstancias. Claro que debió dejar la escuela, porque no tenía tiempo para todo. Pero la preocupación principal era salvarse del reclutamiento forzoso del ejército. Con su edad ya era candidato, como lo habían sido tantos jovencitos por la zona. El hecho de saber que su padre se había enmontañado con la guerrilla complicaba más las cosas. Sin dudas los soldados lo buscarían más aún por eso; por ese motivo fue que Santiago pensó en meterse también en la lucha armada. Los ruegos apesadumbrados de su madre se lo impidieron.

–"¿Cuándo regresaría Catalino? ¿Qué significaría ese «ahorita» de la despedida? ¿Cuánto tendría que esperar? ¿Regresaría?"– Todas estas cavilaciones mantenían a Casilda en una espera ansiosa, tensa. Por otro lado también sabía que así, tal como estaban las cosas, era imposible que retornase: era muerte segura para todos. Debía regresar cuando ya hubieran triunfado. Por eso su pensamiento fue pasando a ser otro: –"¿cuánto faltará para el triunfo final?"–.

En varias ocasiones Santiago pudo evitar las redadas de los militares. Pero una vez no. Lo agarraron lejos de la casa, trabajando en los terrenos vecinos a la aldea de El Colmillar.

Como siempre sucedía en estos casos, al principio todos los capturados se resistían a la incorporación. Luego viene el trabajo de "ablande", el lavado ideológico. Santiago no pudo ser la excepción. –"Es por culpa de esos cabrones guerrilleros que estamos así. ¿Piensan que si no fuera por ellos los andaríamos reclutando a la fuerza?"–, sermoneaban didácticos los militares, casi indulgentes. En unas pocas semanas la tarea de convencimiento daba sus frutos; en general todos terminaban sintiéndose "soldados de la patria".

El principal conflicto que se le creaba a Santiago no era de principios. No; para eso las técnicas de los asesores estadounidenses eran efectivas: todos pasaban a odiar a la guerrilla como la causa de sus penurias. Tanto machacar sobre lo mismo convencía. No; su principal dilema era moral. En realidad, era su padre. ¿Cómo estar enfrentado con él, a quien quería y respetaba tanto? ¿Y si las circunstancias de la guerra lo llevaban algún día a enfrentarlo en la montaña?

La guerra arreció cada vez más. La crueldad del ejército fue en aumento y la población civil quedó atrapada en la estrategia contrainsurgente como rehén de los militares; esto fue quitándole movimiento a la guerrilla, quien ante cada golpe que asestaba veía cómo, en represalia, caían más y más campesinos desarmados. No era pura maldad de los soldados; era una política fríamente calculada. Lo peor de la situación para las familias es que no podían huir; intentarlo significaba su tácita adhesión al movimiento insurgente, y por tanto su casi segura muerte a manos del ejército. Las montañas se tornaron así un infierno espeluznante.

Catalino quería regresar algún día a su casa, a su familia. Cuando le dijo "ahorita regreso" a su esposa la madrugada de la partida, en realidad no estaba mintiendo. Su idea siempre fue cumplir con lo que sentía era su misión –ayudar al triunfo de la revolución, así de simple– y regresar a su cotidianeidad. Pero la vida era más complicada de lo que hubiera querido, y el regreso se iba posponiendo cada vez más.

Santiago, sin quererlo, había terminado siendo un soldado ejemplar. Bravío, valiente, jamás retrocedía en combate; para la lógica castrense era un militar perfecto: nunca discutía una orden sino que, por el contrario, era el primero en cumplirla dando siempre más de lo que se le pedía. El cambio de visión había sido completo. La desconexión con su familia y su nueva vida lo había llevado a odiar no sólo a los guerrilleros sino también a los campesinos, "esos indios que quieren todo del gobierno", como razonaba ahora, "que lo único que hacen es enmontañarse para no trabajar".

Un jueves de marzo, día seco y caluroso, las dos columnas venían con sentido contrario y se encontraron al atravesar la quebrada Somotillo. Los soldados iban en número de cuarenta; era una patrulla de rutina. Los guerrilleros se dirigían al norte para llegar a la finca Santa Eduviges, donde tenían planeado un operativo rápido golpeando en la casa patronal para hacer propaganda. No esperaban encontrarse en su camino una avanzada militar. Los primeros combatientes de uno y otro bando se avistaron mutuamente cuando estaban ya a escasos veinte metros. El combate rompió a media mañana, y recién después de varias horas de abundante fuego cruzado, pasado el mediodía, se hizo una pausa. Fue ahí que Catalino lo avistó.

No lo podía creer; pensó que era una ilusión óptica, que el cansancio y la tensión del momento lo estaban haciendo alucinar. Ambos se habían distanciado un poco de sus respectivos grupos, Santiago para orinar, Catalino para mojarse la cara en el curso de agua. Agachado en la quebrada y agazapado tras unos matorrales, sin hacer ningún ruido, lo vio acercarse. De inmediato preparó el fusil; ya lo tenía en la mira, y faltaron segundos para que dispara cuando se dio cuenta: era su hijo.

Estuvo tentado de llamarlo. Sabía que Santiago hubiera respondido como hijo y no como enemigo; pero el temor a ser escuchado por los otros soldados lo hizo desistir. Con su dedo en el gatillo estuvo unos instantes esperando a ver qué hacía su hijo, y al acercarse otro compañero de la patrulla militar optó por retirarse sigilosamente de la escena.

Ya más lejos, apoyado contra un árbol, lloró; lloró desconsoladamente como nunca en su vida lo había hecho, ni siquiera cuando fue violada su hija. Si salía vivo de ese combate, pensó que debía volver a su casa. Aunque sea de paso, simplemente para ver cómo estaban las cosas tras ya casi tres años de ausencia, pero debía volver. Ya era hora de cumplir con lo dicho en el momento de la partida.

Efectivamente, salió vivo de ese enfrentamiento. Fueron seis muertos en las filas del ejército contra dos entre los insurgentes. El resultado del combate tuvo sabor de triunfo para la guerrilla; eso encendía la moral revolucionaria, daba ánimos. Pero para Catalino no fue así. Quedó con una doble preocupación, honda, trágica: ¿habría muerto su hijo? Y de ser así, ¿no habría sido Catalino el autor de esa muerte? Pero más aún lo que le desgarraba, lo que le hizo llorar en medio de la batalla y le quitaba ahora toda posibilidad de tranquilidad era saber el destino corrido por su hijo. –"No podía ser cierto que fuera un soldado, no podía, no podía…"–

Tras un par de semanas de honda angustia, sin poder mantener el ánimo, desconsolado, decidió hacer un paréntesis en la lucha. No le costó mucho conseguir el permiso para abandonar el movimiento por un breve período. Al momento de solicitarlo, no contó ante el comandante de su célula la verdadera preocupación que le corroía. Le daba vergüenza pensar que un hijo suyo formaba parte de las filas del enemigo, mucho más que la que podía ocasionarle la violación de Floridalma. El sólo pensarlo ya le producía escozor; el hecho que lo supieran sus compañeros, lo aterrorizaba.

Luego de caminar tres días casi sin parar con ropa de civil y desarmado, atemorizado de lo que podía pasarle en ese trayecto con cualquier patrulla militar que se encontrara, pero mucho más atemorizado aún por lo que podía encontrarse al final del recorrido, llegó a su caserío. De lejos vio su vivienda, cada vez más destartalada por el paso del tiempo y la falta de mantenimiento.

–"Mal presagio"–, pensó. Era media tarde; prefirió esperar hasta la noche para llegar mientras observaba con atención todos los movimientos del vecindario. Ya sin luz, se acercó con extremo cuidado. Reconoció a Martina, una muchacha de una de las casas vecinas ahora ya hecha toda una mujer, que había salido del rancho a buscar leña. Luego del sobresalto inicial de la joven, los dos hablaron unas palabras en la complicidad de las sombras. Ella, asustada por el viejo vecino retornado; él, atemorizado por lo que podría escuchar.

La joven recordaba muy bien a Catalino y sabía que estaba enmontañado con los guerrilleros. Fueron unas pocas palabras cruzadas con temor, con desconfianza uno del otro. Pocas, pero suficientes para que él comprendiera lo sucedido. El ejército había pasado un año atrás matando a Casilda y a sus dos hijas mujeres; el otro varón, Jerónimo, también había sido reclutado como soldado. De su familia ahora vivía en la casa sólo su hijo mayor, Santiago, ya casado y con una hija. Pero como estaba incorporado a las fuerzas militares, casi no se mantenía en el lugar. La mayor parte del tiempo, entonces, en la casa sólo se encontraban ellas dos.

Todo eso sorprendió a Catalino, lo golpeó, lo destrozó. Aunque lo peor de toda la información fue lo que Martina le transmitió casi con espanto: hacía un par de semanas que Santiago había muerto en combate. La noticia acababa de llegar. Ayer justamente lo habían sabido.

Catalino quedó mudo y cayó de rodillas. La joven, atemorizada, huyó corriendo hacia su casa.

Por unos pocos segundos él quedó en esa posición; luego, despavorido, sin que le salieran lágrimas ni palabras y con un nudo en la garganta, se perdió en el monte. Cuando el padre de Martina salió de la casa farol en mano, Catalino ya estaba a buena distancia. Nadie se aventuró a seguirle.

Vagó por la selva toda la noche. No sabía dónde ir, qué hacer. Tres días después se presentó en la estación de policía del municipio.

–"Vengo a entregarme, señor. Maté a mi hijo"–.


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