miércoles, 29 de mayo de 2013

Blancanieves: Una manzana envenenada para el cine español

Jesús María Dapena Botero (Desde Vigo, España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)



NACIONALIDAD: española
GÉNERO: Cine infantil
DIRECCIÓN: Pablo Berger
PRODUCCIÓN: Pablo Berger, Ibon Cromenzana, Jerôme Vidal
PROTAGONISTAS:
Maribel Verdú
Encarna/Madrastra
Macarena Gracía
Carmen/Blancanieves
Daniel Giménez Cacho
Antonio Villalta/El padre
Ángela Molina
Doña Concha/La abuela
Sofía Oria. Carmencita/Blancanieves
Pere Ponce
Genaro/El chofer
Josep María Pou
Don Carlos/El apoderado
Inma Cuesta.
Carmen de Triana/La madre
GUIÓN: Pablo Berger
FOTOGRAFÍA: Kiko de la Rica
MÚSICA: Alfonso Villalonga
DURACIÓN: 104 minutos

¿Dónde estarán los grandes maestros del cine español, los Luis Buñuel, los Carlos Saura, los Mario Camus, los Fernando Trueba, los José Luis Cuerda, los Almodóvar, los Amenábar?...

En este potpurrí nostálgico del cine mudo, apenas si aparecen evocaciones de ellos, como el simpático Pepe, que nos recuerda las gallináceas de Los olvidados.



Y gozamos, un poco del folclore crítico de La niña de tus ojos, sin la riqueza de contenidos de un Saura, un Camus o un Cuerda, en un cine en el que Pablo Berger pareciera aferrarse superficialmente a las más viejas tradiciones, sin ocasionar la ruptura de un Luis Buñuel o un Salvador Dalí, al proponer su estética surrealista.

La apuesta de Berger pareciera ser más bien por un postmoderno neoconservatismo, con un formato neogótico, que huele a las españoladas del cine del franquismo, con la recreación de un viejo cuento de hadas, sin el romanticismo de los hermanos Grimm, ni de Walt Disney, pero sí con el realce de la tauromaquia, por más que se indulte a la bestia, y de un flamenco, que dista mucho del cante jondo de un Carlos Saura, que va tras las raíces de la música andaluza.

Porque la mezcolanza preciosista, que hace Berger, al sacar retazos de un cajón de sastre, no pareciera comprender la hondura del cante, que inspirara a don Miguel de Unamuno, versos como éstos:

¿Arte? ¿Para qué arte?
Canta, alma mía,
canta a tu modo...,
pero no cantes, grita,
grita a tus ansias
sin hacer caso alguno de sus músicas,
y déjales que pasen…

El preciosismo de Berger pareciera acercarse más a sus orígenes como publicista, en una obra, que pudiera pensarse que apuesta más por la tesis del arte por el arte, más allá de contenidos, con el uso de significantes más que de significados, a la manera que lo señalara David Bordwell, en su obra de 1995, El significado del filme: inferencia y retórica en la interpretación, para darnos un cine light, el cual, a pesar de todas las tragedias iniciales, no pareciera dar cuenta de ese verdadero sentimiento trágico de la vida, tan ibérico, como el propio Miguel de Unamuno, sino que se convierte en un divertimento vacuo, en el que se desperdicia el talento de actrices de la talla de Maribel Verdú, casi convertida por Berger, en una modelo de Vogue, en una esquemática y rígida, narración de un maniqueísmo radical, en el mal combate envidiosamente al bien.



Destino del que logra escaparse esa, que fuese nuestro obscuro objeto del deseo, Ángela Molina, ahora convertida en una excelente actriz de carácter, aún en los pocos episodios que Berger le permite ser doña Concha, la abuela de Carmencita, para revelarnos la verdadera magia de las danzas sevillanas:



No deja de ser terriblemente lamentable, que en manos de Berger, el hermoso cuento popular, recopilado por los hermanos Grimm, se convierta en un esperpéntico melodrama, así se eviten los gritos y sollozos del cine sonoro, para dar paso a una excelente banda musical, como fondo a las imágenes captadas, por ese maravilloso fotógrafo, que es Kiko de la Rica, a quién sería al único al que yo daría el Goya, si fuese jurado en ese concurso, al considerarlo, verdaderamente digno de entrar en la historia del cine español; afortunadamente, lo tiene entre sus manos:



Acuerdo con Roger Ebert que la cinta es visualmente impactante, así suscite simpatías o antipatías, con cierto tono británico de underground, almibarado a la andaluza, que cambia el rock, por un aceptable flamenco.

Para mí, pese a la excelencia de la fotografía, Blancanieves de Pablo Berger no se convierte, como para algún crítico, en un milagro del silencio; será una película, que se recuerde por su forma original de presentar un viejo cuento, pero no creo que trascienda demasiado, en la medida que su formalismo no invita a la reflexión ni al pensamiento, al no tocar, ni involucrar, profundamente, al espectador, más allá de hacer su mezcolanza de estilos, con un poco de expresionismo alemán, de surrealismo e incluso de neorrealismo, en clave neogótica, sin romper para nada la continuidad del érase una vez del cuento y del cine tradicional, que recopila y representa de una manera muy española, más cercana a la España de charanga y pandereta, que la España de la rabia y de la idea.

Lo verdaderamente preocupante, es que, así como la Blancanieves de Pablo Berger, esta cinta pudiera llegar a ser una de las últimas proyecciones de un cine que, en vez, de ser cuidado como la niña de los ojos del pueblo español, esté condenado a morir, como si se hubiese tragado la manzana envenenada de la economía española, en un país que no ha tenido la osadía de burlar, como lo hiciera, Macarena Granada, al poderío alemán, que cada vez, aprieta más la cuerda y obliga a más recortes en educación, salud y cultura a un gobierno-títere, como el que tenemos en España, bajo la presión de titiriteros, muy distintos al de Joan Manuel Serrat y más parecidos a esa otra dama de acero que es la Ángela Merkel, como bien lo denunciara una carroza en un desfile vigués:



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