jueves, 2 de mayo de 2013

De santuarios y sonidos

Carlos Alberto Parodíz Márquez (Desde Alejandro Korn, Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Miré por la ventanilla del Megane que me llevaba, en realidad me devolvía, durante la madrugada de un lunes reciente.



Precisamente la llovizna, mansa, se derramaba lánguida sobre el suburbio de la ciudad. Lomas de Zamora suele deparar sorpresas siempre, una vocación protagónica que no la abandona, como a muchos habitantes. ¿Será la misteriosa razón de su desquicio institucional? No lo sé.

Lo cierto es que la música había quedado atrás y el silencio, la soledad de las calles desiertas y el brillo acerado, por momentos, del pavimento húmedo de deseos inconfesos, predisponía a la melancólica observación.

De un tiempo a esta parte vi crecer, desmesuradamente, la fe en muchos vecinos de clase media-media, que siguen sospechando que son mucho más que dos.

Las confesionalidades parecen, abusivamente, ser propiedad de los católicos y emergen de la noche a la mañana, devotos santuarios en esquinas estratégicas.

Hombres devenidos en improvisados albañiles, balde y cuchara en mano, se apresuran a ganar su lugar en el cielo, presumiblemente encapotado para todos. Los que más disponen, entre tanto, supervisan a los contratados que bendicen la bendición que significa arañar una changa.

Los hay de distintos modelos pero en la mayoría, por lo menos aquellos que he visto crecer sin que nadie los riegue, la destinataria resulta una virgen, no importa cual. Seguramente elegida de la vecina, esposa de quien, seguramente, salió a ejercer la militancia de convocar a pares amigos, porque los otros van a restregarse las manos sentados a sus puertas, esperando ver pasar el cadáver del organizador.

Lo cierto es que el oficio, entusiastamente recibido por los invitados, consecuencia del propio, destilado por los invitantes, prendió y circula a gran velocidad. Aparecen materiales, floreros, pequeños jardines -entre los más ostentosos-, ejecutados con diligencia y hasta cierto sentido estético, que bien podría derivar hacia otras causas, pero esto es opinable. He tenido noticias de alguna gestión ceremonial para que un cura con tiempo disponible, extendiera la oficialización. No conozco la respuesta del hombre de la iglesia, pero supongo lo habrá conmovido la demostración que se advierte entre vecinos de algunas calles de ciertos barrios y nunca en la Iglesia.

En eso merodeaba mi pensamiento, cuando las familiares luces de posición intermitentes, del Alfa gris, que suele conducir Yon con la frágil autorización ilimitada, concedida por la dueña, apareció detenido en la esquina de Mentruyt y Portela, sede de uno de estos “espontáneos” testimonios de religiosidad furibunda, porque convengamos que, por lo menos en estos barrios, en años, nunca se había visto nada semejante. Antes eran sólo torres de basura.

El vasco había desembarcado y hablaba, quedo, con el tripulante de un carrito cargado de ramas provenientes, seguramente, de otro barrio y otro vecino. El hombre parecía desorientado. Pedí a Pella, que conducía, detener la marcha. Sus rasgados ojos verdes equilibraban la piel tostada y el cabello dorado, casi un sol en la oscuridad, pero su mirada resumía distancias respecto de la escena. Conocía a Yon, tanto como a mí, de ocasionales y furtivos episodios de tiempos y lugares oscuros, con misiones cruzadas, tanto para ella como para él, por no decir nosotros y faltar a la verdad.

Resumía, eso sí, la serenidad de alguien familiarizado con los riesgos. El descenso automático del vidrio de mi lado, me permitió percibir un movimiento furtivo en la mano izquierda de Yon. El respingo, sorprendido, del hombre ante la cruz y el piafar del jamelgo, sorprendido por el tirón de las riendas, fueron suficientes indicios de su rendición.

El hombre murmuró algo que no alcancé a oír y sacudiendo la cabeza hacia ambos lados, no parecía conforme con la retirada. Miró, subrepticiamente, hacia el blanco santuario iluminado por la luz de mercurio, estacionada en lo alto de la columna metálica y que reflejaba la imagen coloreada dentro, casi una invocación.

Yon se volvió hacia nuestro auto y con la inmutabilidad que lo distingue, apuntó:

- Seguime que nos espera Guido -; se me cayó la mandíbula del asombro, ¿como sabía este tipo que nosotros pasaríamos, justo por ahí? Me resigné igual que cuando le guiñó el ojo izquierdo a Pella, señal de complicidad –no voy a contar que ocurre cuando guiña el derecho-, ascendió al Alfa, puso primera y casi se nos pierde en Pereyra Lucena.

La calle ancha y generosa, en realidad consecuencia fundacional, cuando el “camino de las tropas” estaba próximo y nacía el triángulo de las historias propias y ajenas de los Grigera, Portela e Iberra, “familias fundadoras”, legaron a este presente la ignorancia de la mayoría, sobre el porque esas tres calles vecinas son las más anchas de Lomas.

Lo cierto es que Yon viajaba raudo para tomar Passo, trasponer la avenida y detenerse en un discreto boliche abierto a la casualidad. La causalidad bien podría ser el feriado incipiente, que se derrumbaba sobre el país, para aumentar la siesta del aguardo. Entre los autos y los dieciséis (cuatro por cuatro), destacaba la soberbia estatura del Fiat Regatta de Guido, un verde malva desteñido, fijando su condición de “sapo de otro pozo”, en medio de la opulencia.

Guido, erecto como un pino entre abedules, mostraba su delgada figura, ligeramente encorvada sobre un esperanzado trago largo –Manhattan-, legendario hábito que, desde una azarosa noche en Tabac, años atrás, lo soldó a sus apostaderos en la barra de turno. Frente a él relucían unos canapés verdes – estoy a dieta – no aclaró muy bien de que, porque cuando hay viento uno supone que debe llevar piedras en los bolsillos para que no lo vuele.

La espinaca aderezada me pierde, en realidad me pierde cualquier cosa, consecuencia perversa de mi trabajo, ¿acaso hay un periodista que no tenga hambre atrasada, sobre todo a la hora del festejo de los figurones y cuando no de los patrones de lo que sea? Y si le agregamos literatura malvada que acecha en la oscuridad de los sentidos, ser famélico, resulta casi herencia genética.

Todo esto para decir que me serví antes que Yon ordenara, educado y galante aquello aconsejable para ¿la hora? Tres Absolut con hielo granizado y jugo de naranjas natural, para no contradecir al psicópata de American Psycho; por supuesto reclamó remolachas remojadas en miel y jerez, para sostener el excelente contrapunto que suponen los abrumados trozos previos de alcauciles rociados con aceite de oliva y sumergidos en pimienta blanca, para servir como prueba de amor, propia de hígados estoicos.

Pella atendía detalles, recogía miradas codiciosas, presta a ser testigo de la revelación que, por supuesto, me tenía sin cuidado, Guido parecía ansioso de vomitar.

- ¿Te acordás de Germán? – le disparó sin darle tiempo.

- ¿El hijo de Germán? – retrucó Yon, sumando confusión antes de que el día decidiera su rumbo, como yo el mío y mi sueño acumulado. Bostecé, pero antes bebí un buen trago para refrescar ideas.

 - El mismo - confirmó Guido con su mirada irrepetible de ojos grandes y grises que siempre parecen preguntar.

- ¿Y que pasa con él? – la impaciencia en el vasco es filosa, fría, acerada, pero superior a él. La mayoría le atribuye cierta crueldad a su tono, pero no es cierto. Tampoco que tenga un carácter podrido, como suele deslizar la mujer dorada a mi oído desatento y memoria de esc.

- El pibe tiene una banda de salsa, rock fusión y esas mezclas, conseguir una fecha y lugar para tocar es más difícil que Naomi salga ilesa de la doce en una tribuna de Boca, pero ocurre que se juntaron con otros dos grupos y consiguieron armar equipos y achicar gastos. Tocaron en el Roma de Avellaneda, casi podría decir ayer – hizo una pausa por la congoja.

- ¿Les fue mal? -, tanteó cauto Yon.

- Peor, les fue muy bien, llenaron – rezumó dolorido Guido.

- ¿Entonces? – enfatizó perentorio, luego del segundo sorbo profundo y despachar la tercera porción de remolachas, sin dejar de echar una mirada, distraída, al escote del vestido verde que Pella, que lucía prometedor.

- Resulta que cuando terminó la función, los grupos se fueron y los dos “plomos” desarmaron equipos, acomodaron todo cerca de la puerta y salieron para ir a buscar la camioneta que alquilaron. El teatro tenía las cortinas bajas y no había nada que temer. Por eso y por seguridad se acompañaron entre los dos. Resulta que de golpe se aparecieron los “capuchas” del piquete, “barretearon” la cortina y se “afanaron” todos los equipos de sonido, eso sí no se llevaron los instrumentos. Se ve que no les servían. Cuando los pibes volvieron y encontraron la cortina forzada, al portero pálido del cagazo, se informaron y salieron corriendo para hacer la denuncia – hubo un silencio cautelar, para tomar aliento, porque del Manhattan no había rastros.

- Bien, ¿supongo que mandaron la patrulla, porque esas cosas no son fáciles de ocultar, no es cierto? -, la acidez ya pesaba en el tono de Yon.

- Al contrario, los trataron muy amablemente pero les dijeron que a esos, no los podían tocar, tenían ordenes -, la aflicción de Guido parecía legítima. Yon para animarlo volvió a pedir otra vuelta, con tal de animarlo.

- ¿Y quiénes eran? -, interrogó algo más suave, el vasco.

- La gente de Raúl – fue la cáustica respuesta, sin añadir precisiones. Por otra parte no eran necesarias.

- ¿Qué querés que haga? – fue plañidero el toque de Yon que, como buen pronosticador de tormentas, sabía lo que se venía.

- Para empezar que hables con él, vos lo conocés. Necesitamos recuperarlos. Los pibes no pueden -tocaron a la gorra- reponer todos esos equipos; están desesperados - , deslizó Guido.

- ¿Y para continuar? – fue zumbón y descalificador.

- Que hables con quien sea. Vos conocés mucha gente que te debe favores y quizás puedas hacer algo. Por derecha seguimos sin derechos – fue la amarga conclusión de Guido, que no se resigna a que estamos como estamos, porque nos trajimos hasta aquí.

- Dejámelo ver. Yo te llamo -, fue la respuesta y mirándome añadió. - ¿Te das cuenta? Cuando los jubilados no son suficientes para moverlos o se te van a caer, hay que sumarles gente, así le va al “barba”, pero – se corrigió – le va bien. En Avellaneda siempre le fue bien. Le salió un juicio redondo. Ahora es “líder nacional”, y el mercadito de Banfield, parece una postal -, asentí, sumido en el hastío de tanta mentira vagando por la vida de los argentinos. Bebimos y, como es habitual la cuenta estaba paga. Esa también va en la cola de las dudas. Antes de abordar los autos, lo interrogué haciéndome el distraído. La ironía en la sonrisa de Pella era casi un veredicto.

¿Y ahora adonde vamos? – el sin mirarme respondió - a tu casa pero vamos a hacer un parada antes - , sin dar detalles partimos. Buscamos Sáenz, como Nietzsche las respuestas, nos persignamos en la Catedral, por las dudas, llegamos a Mentruyt le apuntamos a Portela y las luces traseras del Alfa volvieron a encenderse rojas de espanto o vergüenza; en la esquina, gruesos troncos de plátano, habían hecho polvo el santuario, los escombros se desparramaban en las inmediaciones, igual que la basura reciente, que ya habían vuelto a volcar los carritos.

Yon se apeó, agitando la cabeza, escéptico, su mirada era indefinible, caminó unos pasos, yo no me moví Pella tampoco, antes de reiniciar la marcha alcancé a oírle.

- La fe puede mover montañas como no iba a mover las de basura – dijo y partió. Nos miramos con Pella y acordamos, en silencio, olvidarnos por un rato. La vida es bella, a pesar de Benigni, sobre todo si soplamos en el viento.


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