miércoles, 15 de mayo de 2013

“El gran Gatsby”: Un artificio sin horizonte

Jorge Zavaleta Balarezo (Desde Jonesboro, Arkansas, Estados Unidos. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Baz Lurhmann, el director australiano de “Romeo y Julieta” y “Moulin Rouge”, está de vuelta con “El gran Gatsby” en una versión altamente superficial y simplemente fácil, para los gustos menos exigentes. Dicen los enterados y los que sólo repiten lo que escuchan que la novela de Fitzgerald no ha alcanzado su reflejo cinematográfico pese a las cinco versiones que se le conocen, incluyendo una del periodo silente, otra con Alan Ladd y tal vez la más conocida con Robert Redford y MiaFarrow en los protagónicos siguiendo un guión escrito por Francis Ford Coppola.



Después de ver la versión de Lurhmann, arropada y aupada con su estética chirriante de filtros, luminosidades, efectos digitales y anacronismos arbitrarios, uno se pone a pensar si acaso es cierto que nadie le ha hecho justicia en la pantalla grande hasta hoy a Francis Scott Fitzgerald, un escritor genial, que perteneció a la misma generación de Heminwgay, Dos Passos, Faulkner y Henry Miller. Lurhmann se sirve de la novela no como una fuente de inspiración sino como un material que puede maltratar, en el sentido literal de la palabra. Las escenas amorosas entre Leonardo DiCaprio y Carey Mulligan, Gatsby y Daisy, son cursis y reflejan el tono insípido desde el cual se maneja esta interpretación de una de las mayores novelas norteamericanas del siglo pasado. “El gran Gatsby” no se merecía la representación de las fastuosas fiestas en el castillo del protagonista como un desfile circense, donde los excesos ni siquiera parecen rozar aquello que la obra original sugiere, tematiza u observa.



Fiel a su gusto por el musical, que en “Moulin Rouge” le rindió buenos resultados, Lurhmann elige para Gatsby canciones de moda, interpretadas por Beyoncé o Jay-Z, pero no da en el clavo ni en un momento, tan sólo tantea con falso asombro: la distancia de este filme con la novela que le sirve de base nunca se cubre, es como las dos costas donde están ubicadas las mansiones de Gatsby y Daisy y que la playa separa como una inminente frontera. Sólo ese faro verde que resplandece una y otra vez, insistente, nos recuerda que hay alguien que espera, un ser que oculta su pasado, uno que ha construido una leyenda, una fortuna, uno, por último, que cree estar más allá del bien y el mal, y que vive cautivo por un amor del pasado, presente sólo en su mística y misteriosa fantasía. Donde Fitzgerald acuñó algunos momentos cumbres de la literatura norteamericana clásica, Lurhman sólo encuentra espacio para el artificio de ocasión, para usar a TobeyMaguire como un narrador que intenta salir de su propio padecimiento mental. Y en el fondo, pero siempre cerca, la Nueva York que anuncia la Gran Depresión se deja notar agitada y acaso vibrante.



Tratándose de una película extremadamente comercial, pensada sólo para romper records de taquilla sin tomar en cuenta valores artísticos, estéticos o morales, no deberíamos preocuparnos tanto de esta adaptación que todo el tiempo se coloca trampas a sí misma. “Gatsby” es probablemente uno de los grandes fracasos de los últimos años, una cinta pensada como espectáculo musical, lucimiento de fortunas y lujos, pero finalmente una versión muy desconsiderada con la literatura que ha nutrido el cine desde sus inicios. Este es uno de los casos en que las bellas letras y el cinematógrafo parecen repelerse mutuamente, unidos a la fuerza para lograr la cúspide capitalista de los millones de entradas vendidas. No es nada más que eso. Un artificio clipero, vacuo y disforzado que ni siquiera se asoma a la profunda soledad y tristeza que rodean a un personaje tan singular y tan bien construido como Gatsby, el de Fitzgerald.






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