miércoles, 15 de mayo de 2013

El seminarista

Manuel Filpo Cabana (Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Un seminarista ecuatoriano ejerció como sacerdote durante siete años en una parroquia de Sevilla. Resulta evidente que lo hizo muy bien porque, dada la extensión temporal, superó con creces la prueba práctica. Al parecer, conquistó las simpatías de muchos feligreses por su dulce talante y persuasiva oratoria. Extendida su fama, algunas hermandades lo buscaron para que predicase sus cultos, cuestión que en absoluto improvisan dichas corporaciones.

Quizá Ángel Luis Orellana no tuviese en cuenta que el Código de Derecho Canónigo castiga con una automática excomunión a los impostores. De modo que pasó -también de manera automática- de ser considerado como un excelente sacerdote a la expulsión fulminante de la Iglesia merced a un procedimiento administrativo.



Es una pena que un muchacho vocacional, más con la actual falta de sacerdotes, que las leyes eclesiásticas no fuese más tolerantes con estos casos. Porque nadie sin una vocación consolidada ejerce a plena satisfacción durante siete años en una feligresía. El infeliz de Ángel quedará inhabilitado para recibir órdenes sagradas por soslayar las leyes -algo que en el Evangelio queda en situación discutible o secundaria- mientras que escandalosos delitos cometidos durante años con niños se tratan de difuminar.

Ahora, después de ocultaciones y consentimientos oficiales, muchos clérigos depravados, según parece, recibirán el castigo merecido que, supongo, será entre otros y por comparación, una superexcomunión absoluta. Veremos si el papa Francisco se atreve a torear por derecho al pederasta torazo que le espera y no le corta la femoral en los primeros lances.

El hombre, el seminarista, ha tenido un sincero arrepentimiento y el arzobispo de Sevilla tiró por una vía transversal, absolviéndolo del inquilinato infernal (menos mal que allí no hay desahucios, alguna ventaja tenía que tener). Eso sí, tendrá como penitencia que recorrer a pie desde Alcalá de Guadaira hasta el santuario de Nuestra Señora de la Consolación de Utrera y con la obligación de devolver los estipendios recibidos (ya salieron los dineritos a relucir).

Si la raíz del asunto reside en la suplantación o simulación, más valdrían adquirir opacas mamparas de cemento para desplegarlas en las muchas situaciones que la vida, tanto eclesial como civil, necesitarían para no espantarnos de la cruel realidad. Porque la peor de las corruptelas no es la que desafía o quebranta las leyes, sino la que se hace así misma en las mazmorras de nuestras conciencias.

Dados los despoblados seminarios, nada tendría de extraño que el Derecho Canónigo suavizase algún día su legislación para permitir que tanto mujeres como hombres casados accedan al sacerdocio, pero entonces Ángel podría exclamar: «Señor, fui sensible, amoroso y humanitario porque viví tu proyecto como opción elegida. ¿Acaso el cristianismo no fue ilegal durante sus primeros 313 años?, ¿Hubo códigos entre los primeros cristianos que todo lo ponían en común, eligiendo al más bueno para presidir las asambleas? Ven, hermano Kafka y diles aquello: “Salvación y condena son casi lo mismo”».


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