miércoles, 15 de mayo de 2013

“El yugo de la guerra”, de Leonid Andréyev

Francisco Vélez Nieto (Desde España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Leonid Andréyev
El yugo de la guerra
Traducción de Rafael Torres Pavón
Clásicos Benerice



“No sé con qué armas se luchará en la tercera Guerra Mundial, pero sí sé con cuáles lo harán en la cuarta Guerra Mundial: Palos y mazas”
Albert Einstein

Verano de 1914 en San Petersburgo la primera Gran Guerra ha estallado, todo el mundo es consciente, así lo manifiesta el protagonista de esta novela-diario: “la guerra es la guerra, por supuesto que no te alegras y te pones a dar palmas, pero todo el asunto es bastante sencillo y habitual” Es una actitud para calmarse a sí mismo y a su conciencia, mas ocurre que las conciencias no admiten soborno ni complacencia y menos olvidos voluntarios, la conciencia golpea como gota continua de agua cuya perseverancia marca la roca. De aquí que no quede claro ese intento de conformarse así mismo del personaje “La guerra puede seguir siendo la guerra, pero mi casa seguirá siendo mi casa” engañoso conformismo e intento de autojustificación, que esa tragedia que la guerra tarde más o menos esa cruenta tragedia golpeará la puerta de tu casa como en el poema de Brecht.

Y desde este punto de partida nuestro personaje va escribiendo por las tardes y las noche este diario sin calcular como su propio personaje puede llegar a sentirse dominado por la historia viva que va describiendo como testigo. Porque la guerra, que tan lejana está de su cotidiana felicidad en el hogar se le irá acercando por medio de su conciencia. El protagonista no es un miserable, es hombre honrado y modesto que posee una alta sensibilidad lo que le obligará a hacer un juicio crítico sobre esa maldita beligerancia que a medida que avanzan sus horrores ya no puede dejarle indiferente sino que le provoca tormentos: “Ya bastante malo es que maten a miles, cientos de miles pero además los matan de cierta manera, con unas argucias diabólicas, con estrépito, aullido, fuego” Y es que el dolor se hace más cercano cuando recibe la noticia de su querido Paulushka ha muerto ¿cómo la indiferencia puede enfrentarse con el dolor causado por esta maldita guerra que se ceba con un ser querido? He aquí la cuestión, la gota que colma el vaso de la paciencia.

Y la tragedia, implacable continúa su camino de destrucción y de nuevo llama a su puerta para comunicarle que se queda sin ese trabajo que le permite vivir honestamente y tranquilo. Un golpe que incluso decide ocultar a su familia fingiendo que todos los días acude a él ¿hasta cuando el fingimiento?, “¿cómo voy a alimentarme a mí y a los niños ahora? Una pregunta que le resulta más terrible que la de los alemanes, porque estos pueden llegar o no llegar, pero el quedarme sin trabajo significa que dentro de poco no tendremos nada para alimentarnos. De manera que cada mañana a la hora de costumbre sale de su casa camino de su trabajo que ya no existe. Los promotores de las guerras ocultan las verdades explotando el canto a la patria o la fuerza bruta del poder y los pueblos se acobardan, muchos, igual a este Ilya Petrovich que en un principio quiere justificarse, hasta llegar el día en que al llamar el dolor de la barbarie a su puerta de su casa, comprende que es imposible la neutralidad.

Leonid Andréyev (1871-1919) perteneció a los clásicos más modernos de la llamada Edad de la Plata de la literatura rusa. Conquistó una inusitada fama, tanto por su fabulosa obra como por sus excentricidades, después de que lo descubriera Maxim Gorki por los relatos que publicaba en la prensa rusa. El autor de La madre señaló: “En lo que toca al lado oscuro de la vida...Andréyev tenía una terrible perspicacia” Durante la Gran Guerra fue un intelectual combativo contra el conflicto y el germanismo. Idealista y rebelde, Andréyev pasó sus últimos años en la pobreza, y su muerte prematura por una enfermedad cardíaca pudo haber sido provocada por su angustia a causa de los resultados de la Revolución Bolchevique. A diferencia de su amigo Máximo Gorky, Andréyev no consiguió adaptarse al nuevo orden político. Desde su casa en Finlandia donde se exilió, dirigió al mundo manifiestos contrarios a los excesos bolcheviques. La mejor muestra de esta actitud la podemos disfrutar con la lectura de este diario-novela, crítico y al mismo tiempo tierno y humano con una pátina bella de tristeza, expresada en una prosa absorbente y seductora.


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