miércoles, 8 de mayo de 2013

La rebelión de los lápices

Jorge Zavaleta Alegre (Desde Lima, Perú. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

La Biblioteca Nacional del Perú ha publicado La rebelión de los lápices, un catálogo del siglo XIX en caricaturas, resultado de una acuciosa investigación de Ramón Mujica, actual director de esta institución fundada en 1821, por José de San Martín, definiéndola como «una de las obras emprendidas que prometen más ventajas a la causa americana».

El libro aborda un tópico poco estudiado por la comunidad académica peruana y resulta medular para rastrear la transformación la cultura visual en su tránsito del Virreinato a la República. La Rebelión de los lápices, cuenta con la colaboración de Ricardo Kusunoki y es dedicada al destacado politólogo Sinesio López, profesor universitario de Ramón Mujica y antecesor en la dirección de la BNP.



La investigación es una cronología en cuatro capítulos, de 1818 a 1900. Se conocen pocas estampas satíricas tempranas de los próceres de la Emancipación. Estas circularon clandestinamente entre Buenos Aires, Lima y Santiago de Chile.

En una de ellas figura el general San Martín con orejas de burro, sentado sobre O`Higgins, otro burro uniformado, arreando a los “a los pueblos de Chile, tipificados como un rebaño de ovejas”.

En este período de transición entre Virreinato y la República se satiriza la ambigüedad política y el doble discurso de cierta aristocracia criolla.

El poder político siempre se ha expresado como un lenguaje visual que ostenta los símbolos y emblemas del poder, el orden y la autoridad. El problema, agrega el autor, era que una caricatura podía desestabilizar a un gobierno.

Durante el virreinato peruano el potencial subversivo de la caricatura fue bien conocido por el Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición, tal como se desprende de La Gaceta de Lima del 6 de setiembre de 1761.

El segundo eje temático de este Catálogo lleva el título del libro. “Desafortunadamente, las colecciones de las BNP no están completas”. Se trata de publicaciones marginales que en su día tuvieron una corta y agitada vida. Sus propios editores les cambiaban de nombre cuando corrían el riesgo de ser suspendidas o clausuradas por el Estado.

Por temor a represalias, los caricaturistas mantenían su total anonimato, bajo seudónimos. Una estampa muestra los latigazos que recibió el periodista chileno Rafael Vial, por ejercer su profesión libremente. Castilla, José Balta, Piérola y Cáceres, clausuraron imprentas y diarios, intimidaron a los caricaturistas y encarcelaron a sus directores.

En otra caricatura, en sus Aletazos de Murciélago (1866), Atanasio Fuentes visualiza al estado político del Perú como un gigantesco campo santo.

A lo largo del siglo XIX la función del periodismo no era exclusivamente la del diario noticioso. Este operaba como una “prensa doctrinal” que buscaba difundir su ideario teórico con pasquines políticos e imágenes contestarías.



Los diarios o semanarios humorísticos se presentaban como los portavoces de la “opinión pública”, el máximo censor social del orden republicano, aunque en la práctica no era la opinión pública la que influía sobre la prensa, sino esta sobre aquella.

En la década de 1930, existían en las alamedas de Acho y Callao, representaciones pictóricas del “mundo al revés”. En estas se mostraba a una res degollando a un carnicero, a un reo ahorcando a un juez, a un usurero haciendo obras de caridad y a un moribundo bendiciendo al médico.

El periódico pierolista El Leguito Fray José (1898) muestra al pensador anarquista peruano Manuel González Prada (1844-1918) como una mula que con sus extremidades traseras, patea la efigie de Cristo crucificado por encabeza a la “Liga de libre pensadores” que sostienen una bandera con el lema: “Abajo la religión, Abajo el gobierno, Abajo los obreros, Viva el Diablo”.

En el cuarto y último eje temático del Catálogo: El lugar de la memoria. La caricatura republicana ofrece un testimonio “visual” de la violencia política en el temprano Perú republicano. Esta registra “ejecuciones extrajudiciales, violaciones a los derechos más elementales de la ciudadanía, masacres en pequeña y gran escala, fusilamientos, tensiones, desigualdades, procesos electorales truncos o fraudulentos.

Una caricatura alude a las polémicas ambivalentes decimonónicas sobre el libre ejercicio de la ciudadanía del indígena que antes de los sufragios es mostrado siendo sobornado por políticos inescrupulosos.

En El artista y su época, José Carlos Mariátegui, alude al arte de la caricatura como si esta fuera la reacción aleccionada de los artistas populares que se resistían a ingresar a un mercado de arte burgués, controlado por “peritos” y “tasadores”. Estuviese o no Mariátegui en lo correcto –afirma Mujica- en el siglo XIX o inicios del XX la caricatura era lo más cercano a un “arte proletario” concebido como trinchera ideológica.

Una biblioteca cada siglo

Este detalle resulta interesante para el lector. En América Latina se construye una biblioteca nacional cada siglo. La nueva sede de la BNP, en el distrito limeño de San Borja, fue inaugurada en el 2006. Su vetusto local en el Centro Histórico, fue tomado por las fuerzas realistas, saqueado durante la Guerra del Pacífico e incendiado en 1943. Este no podía garantizar, como aludió premonitoriamente San Martin, «a la ilustración universal, más poderosa que nuestros ejércitos para sostener la independencia». La Biblioteca peruana era, junto con las de México y Río de Janeiro, una de las más ilustres de América.



Buenos es recordar que gracias a la presión de los medios de comunicación locales e internacionales, que acompañaron la Campaña del Sol, el presidente Alejandro Toledo, economista egresado de Harvard y Stanford, decidió facilitar los fondos para concluir las obras que gobiernos anteriores no le prestaron interés. Fue la gestión del académico Sinesio López, entonces director de la BNP, que con el respaldo de la Asociación de Amigos de la BNP .- AABNP, llegó a terminar la nueva infraestructura, menos vulnerable, para la delicada labor de los investigadores. Contra todas las críticas que abundan respecto al escaso apoyo del Estado a la cultura, los visitantes a las bibliotecas, empezando por la antigua sede en el Centro Histórico de Lima, va en aumento.

Un ansiado retorno. Después de diversas gestiones de la Cancillería Peruana y la propia BNP, el gobierno chileno en el 2007, devolvió oficialmente 3 mil 788 libros que salieron del país durante la Guerra del Pacífico, a fines del siglo XIX.

Si La Rebelión de los lápices, es un indispensable documento para conocer la misma intolerancia política que dominó el siglo XIX y que continuó en el siglo siguiente, La Noche de los Lápices, utiliza el cine y se basa en el libro y obra teatral de María Seoane y Héctor Ruiz Núñez, en 1986, para señalar los primeros meses de la última dictadura cívico-militar argentina.

Esa película denuncia la desaparición de siete adolescentes de la ciudad de La Plata que fueron secuestrados, torturados y asesinados por reclamar el boleto estudiantil para estudiantes. El film se centra más en la experiencia física y psicológica de los personajes que en el contexto político y social imperante en la dictadura. La película fue seleccionada en el Festival Internacional de Cine de Moscú de 1987. Todos los estudiantes asesinados y sus cadáveres desaparecieron. Pablo Díaz es liberado en 1980, luego trasladado al Poder Ejecutivo Nacional. Él fue uno de los sobrevivientes de la tragedia, y gracias a su testimonio dado en el Juicio de las Juntas en 1985, el guión de esta película pudo ser escrito y contada esta historia. El resto de sus 6 compañeros secuestrados el 16 de septiembre de 1976 continúan desaparecidos.

La rebelión de los lápices, publicado por el Fondo Editorial de la BNP, es un serio aporte a la literatura política del Perú, iniciativa que debiera proyectarse con más trabajos de esta misma envergadura del siglo XX y de la actualidad. Si bien la libertad de prensa es mayor que en el pasado, la dependencia económica de todos los medios de comunicación y el acceso relativo a la revolución tecnológica, limitan, deforman la realidad y al igual como en el siglo XIX, como lo sostiene Ramón Mujica, no recogen el sentir de la opinión pública sino que estos son la opinión pública.


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