miércoles, 15 de mayo de 2013

Ojalá podamos volver a encontrarlo en El Castillete: Reverón voló hasta el sol para encontrar la luz

Daniela Saidman (Desde Caracas, Venezuela. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

El artista que “cuando estaba pequeñito miró las mariposas volar y aprendió a amar los colores”, como nos canta nuestro Alí Primera, es una referencia del arte venezolano y latinoamericano.

Todo en él fue luz. El día se tejió en sus trazos, la noche en sus muñecas. La vida toda en cada pincelada que supo ser para siempre el sol que nos nace en el centro mismo de todas las certezas. La muerte es un lienzo en blanco donde se dibujan su vida y sus andares por ella.



Armando Reverón, el titiritero que nos cantó el padre cantor Alí Primera, vive en el arte que nos legó, en el recuerdo de su Castillete que quiso adentrarse en el mar y que nos devolvió su rastro simple, justo, honesto, profundo en el mar de Macuto.

El hombre que fue y el artista que será por siempre nació en Caracas el 10 de mayo de 1889. En 1908 entró a la Academia de Bellas Artes de Caracas. Y salió en 1911 hacia España con sus pinceles y sus colores a cuestas para estudiar en la Escuela de Bellas Artes de Barcelona y en la Academia San Fernando de Madrid. En Francia, donde vivió seis meses en 1914, se aproximó al impresionismo.

Meses después, en 1915 regresó a Caracas, y en 1916 dispuso sus lienzos para pintar al aire libre sus primeros paisajes matizados de azul. Poco después, viviendo en La Guaira dio clases privadas de dibujo y pintura. En el carnaval de 1918 conoció a Juanita Mota, su modelo e inseparable compañera. Algunos años pasaron y en 1919 conoció a quien sería uno de sus grandes amigos y maestros, Nicolás Ferdinandov, un pintor ruso quien de paso por Venezuela, se interesó en los trazos del artista.

Fue en 1923 cuando Reverón inició una de sus más emblemáticas obras, El Castillete, su morada y taller para el resto de los días que tenía por vivir. Todo en sus haceres y sentires era una búsqueda incesante para decir el silencio y nombrar el mundo desde la propia experiencia, por eso buscaba entre témperas, óleos, carbones, tizas, creyones, ladrillos, papel, cartón... todo era una herramienta posible para contar y contarnos.

Del Castillete al blanco

Los pinceles y carboncillos de Reverón siempre estuvieron alejados de las rutinas y el conformismo, su pintura intensa nunca rozó la estridencia, por el contrario su obra está signada por la armonía cromática, como si fuera el recuerdo de un sueño a la luz de la mañana recién inaugurada.

La vida en El Castillete, con el rumor de las aguas tras los cristales, imprimieron en Reverón una mirada distinta del mundo y del arte. Lejos de las convenciones de la ciudad, desarrolló una amplia percepción de la naturaleza, de la que tomó elementos y procedimientos para incorporarlos en su obra. Entre 1924 y 1932 la producción artística de Reverón se enmarcó, en lo que décadas después los críticos de arte llamaron su época blanca.

En 1933 se realizó una exposición en el Ateneo de Caracas, que significó tal vez el primer reconocimiento público a su búsqueda interior, que luego lo llevaría a la galería Katia Granoff de París.

Del sepia a la luz

Su período sepia comenzó alrededor de la década del 40, a él corresponde un conjunto de lienzos pintados en el litoral y en el puerto de La Guaira, en los que imperan los tonos marrones del soporte de coleto. Paisajes de mar y tierra entre los que destacan las marinas del playón. Precisamente en estos años sufrió una depresión profunda, que lo marcaría para siempre.

Desde entonces encontró la paz en el mundo fantástico de sus muñecas, todo a su alrededor eran voces que decían magias y predecían augurios. Las tizas y los creyones se fundían en los lienzos, el arte era también una manera de encontrarse.

La última de sus crisis sucedió en 1953, el mismo año en que le fue conferido el Premio Nacional de Pintura. Cuentan que esperanzado por este tardío estímulo, trabajaba con ahínco para una exposición en el Museo de Bellas Artes, pero no alcanzó a terminarla. El pintor de la luz murió en Caracas el 18 de septiembre de 1954.

Reverón el que “cuando estaba pequeñito miró las mariposas volar y aprendió a amar los colores”, como nos canta aún nuestro Alí Primera, es una referencia del arte venezolano y latinoamericano. Sus desnudos, sus paisajes y sus muñecas, tienen la luz, la textura, el color y tal vez el sabor de estas tierras. Él supo como nadie entrar al sol y traérnoslo en sus pinceles. Él nos cantó lo más libre y lo dejó en sus lienzos para que no se nos olvide nunca que somos Caribe, que llevamos como sigue cantando Alí el “amarillo de su mango, azul de su litoral, con rojo de sol poniente, pincelada al despertar”, entre los recuerdos y las ganas de mirar el futuro.

Ojalá vuelvan los pasos nuestros a mirarlo en El Castillete, ojalá revivan sus muñecas y su voz despierte cerca del mar, porque Reverón, el muñequero, tiene la cualidad de renacer cada vez, de estar vivo cuando el día se pronuncia en el sol que baña la tierra.

El Reverón de Alí Primera

“Amarillo de su mango
azul de su litoral
con rojo de sol poniente
pincelada al despertar.
Cuando estaba pequeñito
miró las mariposas volar
y aprendió a amar los colores
con amor supo pintar.
Reverón titiritero
Reverón el muñequero
Reverón pintor del pueblo
con pinceladas de sueños
Reverón titiritero
Reverón el muñequero
se quedó Juana la Gorda
ya no sirve de modelo.
Las desnudas de un delirio
te la pagaban con ron
cuando vivo no valías
de Bellas Artes ni hablar.
Hoy llevan Castillete
cuadros para el gran salón
te codeas con El Greco
con Picasso y con Renoir.
Las cosas de mi país
hasta cuando pasarán
que dirá Bárbaro Rivas
yo no le he compuesto naá.
El día que tu partiste
hubo tambores en el lugar
de tus ojos encontraron tus muñecas
vestidas color fiesta de San Juan”.


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