miércoles, 22 de mayo de 2013

Rengifo y Nazoa, letras de la cotidiana urgencia y la ternura revolucionaria

Daniela Saidman (Desde Venezuela. Colaboración para ARGENPRESS CULTURAL)

Los artistas imprescindibles son las voces que nos sueñan los dolores y las esperanzas.

En el libro de los abrazos, de Eduardo Galeano, las palabras son todas como una bienvenida. En uno de esos textos que son para recordar toda la vida el uruguayo cuenta que el mundo es “un montón de gente, un mar de fueguitos” y que hay algunos que con sólo acercarse pueden encendernos. Sí, hay fueguitos que no se extinguen nunca, que son llama vibrando y se adentran para siempre en la memoria. Así hay gente y también hay libros e imágenes, que se quedan iluminando, que pasan como las hojas de un calendario, brillando día tras día y página tras página.

Se nos quedó por ejemplo en los campos sembrados y en las tablas de los teatros, César Rengifo. Su palabra y sus gentes pintadas sobre las paredes y los sueños son como un estandarte que sirve para abrazarse a todas las luchas. Agujereando la noche con sus estrellas, el incansable Aquiles Nazoa también está con nosotros, vibrando, brillando con voz propia. Mayo tiene sus nombres entre las alforjas... sus fuegos volanderos.



Rengifo

César Rengifo (Caracas, 14 de mayo de 1915 - 2 de noviembre de 1980) fue uno de esos hombres que supo atrapar lo más profundo de nuestra memoria entre sus trazos. En medio de lo que significaba la lucha contra el gomecismo, Rengifo fue miembro de una generación de jóvenes que supo pronto tener conciencia de las injusticias y se sumó a la resistencia larga que vivió Venezuela durante el siglo XX. Él se lanzó entre palabras y colores a dejar de manifiesto los dolores y esperanzas del pueblo. Entre 1930 y 1935 cursó estudios en la Academia de Bellas Artes y en 1936, cuando Rómulo Gallegos era ministro de Educación, consiguió una beca para estudiar en Chile. Luego viajó a Ciudad de México donde conoció de cerca las técnicas del muralismo en las que Diego Rivera y David Alfaro Siqueiros eran maestros.

De vuelta a su país, en 1939, Rengifo realizó su primera exposición individual, en el Museo de Bellas Artes. Era el tiempo también en que su palabra germinaba en los mismos campos en los que pintaba.

Y es que los tonos ocres de las pinturas de Rengifo son los tactos de la tierra, los andares de los niños descalzos, la piel de la vida que tiene hambre de ella. Su palabra sabe también de derrotas y de batallas ganadas a sangre y fuego. Fue él, sin duda alguna, un creador polifacético que utilizó su arte como lenguaje indispensable para la denuncia social. Su legado más prolífico y tal vez el que tiene mayor consistencia se encuentra en sus piezas teatrales. A Rengifo se le considera en nuestro país como el iniciador de la dramaturgia contemporánea venezolana.

Alrededor de cincuenta obras nos dejó este fuego irreverente. Los críticos literarios dividen su obra en cuatro ámbitos. El histórico donde convergen entre otras Lo que dejó la tempestad y Oscéneba; el político, donde viven ¿Por qué canta el pueblo? y Muros en la madrugada; el social con La fiesta de los moribundos, La esquina del miedo o La sonata del alba y finalmente el psicológico donde se enmarcan Yuma o cuando la tierra esté verde o En mayo florecen los apamates. César Rengifo fue galardonado con el Premio Nacional de Teatro en 1980.

Nazoa

Y este otro quijote de nuestra tierra, de fuego encendido y encendedor de hogueras, que fue Aquiles Nazoa (Caracas, 17 de mayo de 1920 – 25 de abril de 1976), también eligió el arte para contarnos las heridas, las alegrías, los sueños y las voces que nos pueblan.

Con palabras retrató el siglo XX venezolano, a esa venezolanidad que transita las urbes con el paso apurado de quien busca y a lo mejor no encuentra.

Él fue amolador de estrellas, fabricante de mágicos cristales, creyente de la cualidad aérea del ser humano y ruiseñor de Catuche. Su palabra tejida al fragor de los cerros y al vaivén de las aguas, al trepidar de las calles y a la lluvia, se quedó para siempre enredada en nuestras miradas.

Nazoa, el poeta, periodista y narrador supo de calles y de plazas. Cuentan que su primer empleo fue el de empaquetador en el diario El Universal, después corrector de pruebas, mientras estudiaba francés e inglés, idiomas que le permitirían oficiar de guía en el Museo de Bellas Artes.

Entre otras cosas, fue corresponsal de El Universal en Puerto Cabello. Y en 1940, acusado de difamación e injuria, por señalar a las autoridades municipales de no trabajar lo suficiente para erradicar la malaria, fue encarcelado.

Trabajó en Radio Tropical, escribió la columna Punta de lanza y fue reportero de Últimas Noticias. También escribió en el semanario El Morrocoy Azul. Fundó los periódicos humoristas La Pava Macha y El Tocador de Señoras. En Colombia escribió para la revista Sábado y durante el año que vivió en Cuba fue director de Zig-Zag.

Asumió la dirección de la revista Fantoches en 1945. Y en 1948 fue galardonado con el Premio Nacional de Periodismo, en la categoría escritores humorísticos y costumbristas. La dictadura de Marcos Pérez Jiménez lo expulsó del país en 1956, pero volvió dos años después.

Desprovisto de las todas las solemnidades, supo adentrarse en las miradas que este pueblo vislumbra tras los cristales de los amares, llantos, prejuicios y sueños. Aquiles Nazoa es referencia obligada del humor y la humana profundidad sin cortapisas.

A través de sus versos es posible dibujar a la sociedad venezolana, porque sus palabras ácidas y dulces, saben volar nuestros adentros para enfrentarlos a los espejos.

Poesía, teatro y breves narraciones componen el imaginario colectivo de Aquiles Nazoa. Los textos reunidos en Humor y Amor, uno de sus libros más conocidos, publicado en 1970, deja al descubierto cada uno de los pliegues del sentipensar de estas tierras. Justo por esos años llevó en Venezolana de Televisión un programa que con el nombre de Las cosas más sencillas nos enseñó a valorar lo frágil, lo mínimo, lo dulce del nosotros.

Él, poeta y periodista, y Rengifo pintor y dramaturgo siguen presentes uno en la estridencia y la música de los autobuses, el otro en los campos labrados de esperanzas, ambos en los rostros de los ninguneados, en la cadencia de los tambores y sobre todo en la alegría del mañana.


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