miércoles, 15 de mayo de 2013

Sorpresas te da la vida: Tres películas del novísimo cine latinoamericano

Jesús María Dapena Botero (Desde España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)



Durante lo que va del año 2013, un grupo de latinoamericanos, de distintos países y latitudes, por debajo del Río Grande, ese que separa a Norteamérica de Latinoamérica, y algunos españoles nos hemos reunido en una especie de ágape cinematográfico, para presenciar una muestra de nuestro cine más autóctono y retomar la práctica del cine-foro, ese ritual casi olvidado, tan formativo para los espectadores, al darles la palabra, aunque no sean agudos y experimentados críticos de cine, en la medida que ese rito permite toda una reflexión, que hace volver a pensar la experiencia para aprender de ella.

En esta ocasión, dicha actividad se ha hecho en la Casa de la Muller de la calle viguesa, Romil, bajo los auspicios de la Asociación de Madres Latinas de Vigo, felizmente comandada por la peruana Luisi Motta y con la coordinación de Orisel Gaspar Rojas, actriz, directora teatral, profesora de interpretación, poetisa, directora de casting hispano-cubana, quien dirige al grupo con una delicadeza magistral, con la ayuda del dibujante y diseñador gráfico también cubano, Harney Díaz.

Allí acudimos cada quince días, los jueves, para ver distintas películas de nuestra querida América Latina y no deja de ser un tanto extraño, como parte de un cierto realismo mágico, que podamos sentarnos personas, con distintos acentos del habla latinoamericana, a ver nuestro cine, tan lejos de nuestro continente, con un océano de por medio, a través de la linterna mágica de los Lumière, en esta fantástica Galicia.

Mis comentarios están marcados por mi propia subjetividad, mis sueños, mis gustos, sobre los que ya se ha dicho que no hay nada escrito, de tal manera que no escribo por el grupo, sino desde mi mismo y pienso que el ciclo de cine latinoamericano, que hemos realizado, no pudo estar mejor abierto, gracias a la presentación de los uruguayos, quienes nos trajeron una historia, al parecer verdadera, de unos soñadores utópicos, quienes se roban un tren para rescatarlo de perderse, como bien emblemático de su país, para cederlo al cine hollywoodense, en una quijotesca misión, que hace que el tren viaje por todo el campo uruguayo, con toda su belleza, así, de golpe y porrazo sean detenidos por un muro, que como cruel realidad, entorpece la realización del sueño nacionalista y libertario de los viejos, de conservar lo que es propio de su tradición histórica, bajo el lema: El patrimonio no se vende, que recogen unos muchachos, en una suerte de feliz relevo generacional, para salvar a Corazón de Fuego, El último tren, una antigua locomotora, destinada, por la mirada neoliberal de un joven negociante, de convertirse en un objeto de utilería en un estudio yanqui, para el rodaje de películas del Oeste.

Esta epopeya fracasada, en cierto sentido, es dirigida por Diego Arsuaga, con la colaboración de Argentina y España, en el año 2002, con las magníficas actuaciones de unos actores argentinos, ya mayores, Héctor Alterio, Federico Luppi y Pepe Soriano, quienes con sus sueños al aire y su corazón en bandolera, se lanzan en una hermosa aventura, a pesar de los males que portan en sus cansados cuerpos, un gran logro cinematográfico, merecedor del Goya a la mejor película extranjera de habla hispana, en ese mismo año, un justo premio, además otros varios que recibiera a lo largo y ancho de este pícaro mundo, con una película que no sólo entretiene y gusta, sino que excita la mente de todos aquellos que soñamos que otro mundo es posible, a pesar de ser una historia sencilla, posible, gracias a las mentes de unos personajes que se mantienen en el camino de la utopía, valor universal que tanto debería unirnos, al estar basada en un hecho real, cargado de rebeldía, amistad, solidaridad y esperanza, virtudes que tanta falta nos hacen pero que, tan bien, estimula esta preciosa metáfora del sentir patriótico, en un mundo globalizado por el neoliberalismo, para ampliar el campo de los negocios, pero que cierra fronteras para la gente corriente, que las borra todas, para que el Capital crezca al precio de una desigualdad que, al decir de Joseph E. Stiglitz, hace que el 1% de la población tenga lo que el 99% necesita.

Es interesante el coctel de géneros en el que se mueven los personajes, una comedia, medio western, pero fundamentalmente un road movie, que nos lleva por un camino, que hacemos desde la mirada de los protagonistas, interpretados de una forma magistral, con diálogos frescos y divertidos, que favorecen nuestra identificación con sus acciones e ideales, en la medida que empatizamos profundamente con estos héroes, que se juegan la vida, en un último acto de bravura, mientras partimos del mundo oscuro de los talleres a la luz plena del paisaje uruguayo, en un país rico en campos, lejos de sus apretujadas urbes, mientras planos generales y tomas aéreas oxigenan la cinta, en la que luchan perseguidos y perseguidores.

Si titulé este artículo, con el verso de Pedro Navajas, es porque, dentro de mi ignorancia del nuevo cine latinoamericano, estas tres cintas han sido gratas sorpresas que nos da la vida, en especial, esa cinta nicaragüense, proveniente de un país, casi borrado de nuestras conciencias, si no fuera por las desastrosas noticias de la tiranía de Somoza y la guerra de los Contra, más allá de la poesía de Rubén Darío, Ernesto Cardenal y Gioconda Belli.

Si fui a ver esta película La Yuma (2009), que se anunciaba como la historia de una boxeadora, lo hice más por disciplina que por deseo, pues detesto el cine de pugilato, salvo, quizás, El toro salvaje (1980) de Martín Scorsese, que nos acerca a una dimensión más humana de los hombres del box.

Pero superado, el prejuicio inicial, me encontré con la bellísima historia de una joven deseante, que en medio de los tristes trópicos latinoamericanos, con su pobreza infinita, logra trazarse un proyecto existencial, que ella sostiene con toda intensidad, a pesar de las adversidades, ayudada por muchos de esos que la sociedad “bien pensante” lanza al espacio de la otredad, de lo deleznable, de lo repudible, como su amigo transvestido, dedicado a la prostitución, pero quien junto con los maestros de combate y la patrona de una humilde boutique, la ayudan a construirse un futuro distinto al que el destino pareciera haberle asignado.

No deja de ser asombroso, que la directora de la cinta sea una francesa, perfectamente transculturalizada, quien casi ha perdido el acento galo, Florence Jaugey, quien llegara a Nicaragua en 1983, precisamente en el año que los Países No Alineados pedían unánimemente a los Estados Unidos de América que dialogara con ese país y contribuyera a la búsqueda de la paz en El Salvador, para trabajar como actriz en una coproducción franco-cubana y voluntariamente quedarse, seducida por la tierra de los nicas, con ganas de filmar su realidad e involucrarse en el rodaje de toda una serie de documentales, que la pondrían en contacto con el pueblo nicaragüense, de tal modo que pequeños fragmentos bien mezclados, le darían pie para armar toda una película argumental con Alma Blanco, una bailarina, quien fuera elegida como actriz, para convertirse en La Yuma, la aprendiza de boxeadora.

Para meterse en esa aventura, Florence Jaugey tendría que asumir el reto de una carrera contra-reloj, que les permitiría hacer un largometraje en seis semanas, en el que el boxeo no es el tema central sino un pretexto, motor de arranque para que la chica pudiera empezar a realizar sus sueños amputados por una dura realidad social y familiar, tan común a nuestros pueblos latinoamericanos.

Con la vocación del cine ojo de un Dziga Vertov, más allá del documental, la directora ahora nos pretende mostrar no la Nicaragua noticiosa de la guerra de los Contra o de los terremotos, sino acercarnos a una Managua, en la cotidianidad actual de un país cuasi olvidado, en un gran esfuerzo del cine centroamericano, con algunos actores profesionales y otros vernáculos, muchos de ellos, chicos, como tantos en América Latina, condenados al no-futuro de Rodrigo D. (1990), el valioso filme con el que el director Víctor Gaviria, nos desgarraría el corazón, al mostrarnos una realidad que las gentes de “buena conciencia” pretendían desmentir en Medellín, Colombia, para evitar la dureza que se impone en países, donde casi por siempre, ha reinado la desigualdad, denunciada ahora por Joseph Stiglitz.

Actrices como María Esther López, la simpática patrona de la Yuma, nos generan una profunda empatía, en tanto representante de todo un equipo centroamericano, bien dinámico, que hace parte del rodaje, para, por primera vez, en mucho tiempo, dar una imagen cinematográfica del país nicaragüense, lo que no deja de ser algo muy generador de esperanzas, elemento que tiene en común con Corazón de fuego o El último tren.

Me resulta tan simbólico, el empleo de la Yuma en el circo La Libertad como cuando los muchachos uruguayos, toman en sus manos el trapo que decía: El patrimonio no se vende.

Ese mundo circense, a donde va la Yuma a trabajar como boxeadora, se convierte en instrumento para la construcción de un futuro propio para la chica, quien se compromete con asumir el cuidado de sus maltratados hermanitos, tras un fracasado love story con un estudiante de periodismo, destruido por la envidia y los celos de quienes no toleran que alguien de la barriada se abra caminos distintos, aún sin buscar ese edén imaginario, que tantos, creen encontrar en el país yanqui, que tanto humilla y ofende a los inmigrantes de más abajo del Río Grande, como bien podemos constatarlo en la cinta colombiana Paraíso Travel, dirigida por Simón Brand, en el 2008, con base en el libro de Jorge Franco, el mismo autor de Rosario Tijeras.

Y la otra gran sorpresa fue el filme peruano El premio, producido por Aguadulce Films, con toda su alusión a nuestra agua de panela, a veces el único alimento calórico, que con alguna arepa, comen los niños colombianos, a riesgo de padecer un kwashiorkor, ese mal infantil, ocasionado por el déficit de proteínas en la dieta, que nuestro gran maestro de nutrición, el doctor Hernán Vélez, con su voz ronca y estrepitosa, llamaba aguapanelosis, en la medida que se indignaba por el hecho de que tanta miseria existiera en nuestro mundo latinoamericano, en una Colombia, que al decir del doctor Jaime Borrero, famoso internista, era un país que estaba en el suelo y habríamos de arrodillarnos para levantarlo, cosa común a las naciones de nuestros tristes trópicos.



No puedo dejar de recordar a este par de maestros de la medicina, quienes luchaban contra las enfermedades del subdesarrollo, desde su saber médico e investigativo de esos enormes problemas, tan desgarradores para quienes teníamos que hacernos cargo de ese enorme precio de la desigualdad económica, que ha reinado en nuestros países del Tercer Mundo, en el que el aguadulce, venía a convertirse en una fuente de energía. que mantenía la vida, como ingrediente vital que me parece que es importante para un cine emergente, que empieza a levantar cabeza y que ojalá podamos hacer tan fuerte como la misma La Yuma.

Esta vez con el asocio de Inca Cine, Unity Films, Centauro Comunicaciones y el apoyo del Programa Ibermedia, la Cinemateca Brasilera y Luz Mágica del Brasil, podemos adentrarnos con el reconocido actor José Luis Ruiz Barahona, el padre, la actriz y presentadora de televisión Melania Urbina Keller como Lisbeth, la sobrina, y el actor de teatro Emanuel Soriano, el hijo, entre otros actores, en la cinta de Alberto “Chicho” Durant, quien se formara en cine en los Estados Unidos de América, Bruselas y Londres, para volver a su país, donde se convertiría en realizador de varios documentales y director de cuatro largometrajes, con un gran reconocimiento internacional, uno de los mayores luchadores por dar empuje al cine peruano, con toda la pasión para hablar de nuestras realidades de una manera sencilla, en contraposición con toda la maquinaria del cine hollywoodense.

Y esta vez, nos trae una buena historia, con buenos actores, una de sus metas en la vida, para mí, con cierto sabor al de la Nueva Ola Francesa, al enfrentarnos, un poco a la manera del Truffaut de Los cuatrocientos golpes (1959) a todo un drama familiar, en medio del dolor, la incomunicación y los malos entendidos, en una situación local, que deviene universal, tratado de un modo verosímil, en un marco en el que se desarrollan las vicisitudes de los personajes, como en una especie de realismo ontológico, sin grandes manipulaciones ni artificios, que en vez de escribirse con pluma, se escribe con la cámara, sin los excesos de la porno-miseria.

Así las cosas, asistimos a la ilusión que se crea un profesor rural peruano, que como para el Manjarrés, de El maestro de escuela (1941), del escritor envigadeño Fernando González, la vida sigue siendo putísima.

El hecho de ganarse un premio gordo de la lotería, lo esperanzaría no sólo a él, sino a la comunidad donde vivía, porque, tal vez, pudiera darles dinero para una acción comunal; pero el hombre se encontraría en Lima, con una realidad urbana, muy distinta a la de su vida campesina, bastante bucólica, pues la urbe está signada por el bullicio y atracadores envidiosos, de los que habría de defenderse, gracias a su malicia indígena.

Es allí, en la Polis donde ha de enfrentar la ruptura de la comunicación, que se ha gestado con su hijo, al que ha dejado allí, para que lo criara una tía, sin contarle, que esa separación no era precisamente un abandono, sino el intento de realización del deseo de que el chico saliera adelante en la ciudad, a diferencia de todo lo que él que había sufrido en silencio: el duelo y el sentimiento de culpabilidad, por la muerte de la esposa y el hijo en un parto, de seguro, mal atendido, como lo ha denunciado aquí, en Vigo, la trabajadora social peruana María Josefa Ramírez, cuando en Amnistía Internacional, nos hablaba de su lucha en los campos del Perú, por una buena atención a la salud materno-infantil, al parecer bastante deteriorada en las tierras incaicas.

El dinero se vuelve un significante fundamental de la narración, pero sin ese afán frenético, en el que deviene, en esa superproducción estadounidense, que es El mundo está loco, loco, loco de Stanley Kramer, en el que el famoso director norteamericano nos mostraba, en 1963, el afán mezquino del voraz atesoramiento, en un film donde asistimos a la loca ambición de gentes de una clase media, que quiere ser más rica.

Aquí, en la cinta de Durant, asistimos a las consecuencias de un premio, cargado de cierta fatalidad, condenado a desaparecer enigmáticamente, con una buena carga de suspenso, mientras se convierte en pretexto para contarnos una historia humana, demasiado humana, que toca al interior de de un grupo familiar, en el que reinan los malentendidos y que deja un final abierto, en el que los más esperanzados contamos con un final feliz y los más desesperanzados, que haya culminado en una tragedia.

Pero todas estas cintas tienen un denominador común, bastante distante de la porno-miseria, que demandan las distribuidoras del Primer Mundo, al cine tercermundista, porque la acción es lo que se vende, así haya una ausencia de pensamiento.

En todas aparece el deseo de salir adelante, así se interpongan todos los obstáculos posibles.

Por ello, de nuevo, agradezco a Luisi Motta y Orisel Gaspar, que nos permitan ver, desde lejos, que no es igual quien anda y quien camina, y así evitar un encasillamiento del cine latinoamericano, para lograr su promoción, como un cine digno de verse, porque da cuenta de un continente que lucha por echar p’alante, a pesar de todos las dificultades, un poco a la manera de Sísifo, siempre en lucha contra el absurdo, que finalmente es necesario asumir como parte de la existencia, pero al que debemos enfrentar cotidianamente, un poco a la manera de los quijotescos viejos de Corazón de fuego, con la tenacidad de la Yuma o con la honestidad de los personajes de El premio, algo, que sin duda, también habrá de servir al público de una España, que se viene abajo y que requiere de personajes de la altura de los que hicieron a esa rica Generación del 98, que sabía asumir el sentimiento trágico de la vida, a la manera de Miguel de Unamuno, de Antonio Machado, de Azorín, de Pío Baroja y nuestro entrañable don Ramón del Valle-Inclán, gallego, nacido en Vilanova de Arousa, quienes no se arredraron porque España perdiera su condición de Imperio donde nunca, al decir de Felipe II, se ocultaba el sol.

De otro lado, les agradezco a ambas, que estén velando por recrear el cine-foro, una práctica bastante olvidada, que ayuda a crear, entre los espectadores, una nueva forma de ver cine, ya que el arte cinematográfico sana, ayuda a la elaboración de la angustia cotidiana, más allá de convertirse en una espectáculo de evasión, como bien lo señala este graffiti:



Oración que pienso que es verdad, si es un cine que se somete a reflexión, más allá de la sala de cine, a donde, a lo mejor, solo vamos acompañados por un paquete de palomitas, un perro caliente y una Coca-cola, sin la oportunidad de hablar con tu vecino, acerca de esa experiencia estética que acabas de tener y que puede resultar transformadora.


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