miércoles, 29 de mayo de 2013

Víctor Valera Mora vivió con la plenitud de los quijotes

Daniela Saidman (Desde Venezuela. Colaboración para ARGENPRESS CULTURAL)

La obra poética de este escritor trujillano da testimonio de la coherencia ideológica y vital de un hombre que supo del compromiso y la entrega con lo más libre y justo que habita a los hombres.

Aún debe andar preguntándose cómo camina una mujer después de haber hecho el amor. Y con esa interrogante todos deben amanecer de bala, como él, pero también de nubes y de sueños. Víctor Valera Mora, el “Chino”, nació en Trujillo el 25 de septiembre de 1935. De su infancia se sabe poco. Pero no es difícil imaginarlo contemplando el cielo y volando papagayos, corriendo libre a través del verdor, conmoviéndose con el color y el tacto de las flores, tal vez de allí le vienen el sentir de las gentes y sus llantos, sus risas y esperanzas.



Estudió el bachillerato en San Juan de los Morros, en el estado Guárico, y cuentan que precisamente en esos años empezó a delinear sus versos mientras leía poetas de los llanos venezolanos, escuchaba galerones y conocía poetas allende el mar.

En Caracas estudió sociología en la Universidad Central de Venezuela. Trabajó en la Universidad de Los Andes, en el antiguo Conac, y en la biblioteca ambulante de los Ovalles, la cual era conocida como La gran papelería del mundo.

De la poesía que sabe decirnos

Fue miembro del Partido Comunista cuando aún no cumplía veinte años y por irredento rebelde fue encarcelado a finales de 1957, durante las manifestaciones contra la dictadura de Marcos Pérez Jiménez. Durante esos años el Chino fue un desenfrenado lector. En los años siguientes Venezuela vivió tiempos turbulentos, signados por la violencia ejercida desde el Estado. Levantamientos militares e insurrecciones estudiantiles y políticas, marcadas en la memoria por el Carupanazo y el Porteñazo.

La poesía del Chino siempre llevó en sus alforjas el sabor y el canto del Pueblo, por eso supo hacer nacer los versos que cantando y diciendo nos encuentran.

Acompañado de los escritores Luis Camilo Guevara, Mario Abreu, Pepe Barroeta y Caupolicán Ovalles, entre otros, Valera Mora fue miembro destacado de la Pandilla de Lautréamont, un grupo que proclamaba la necesidad de la poesía para todos.

En 1961 publicó La canción del soldado justo, un trabajo poético que enarboló las esperanzas y sueños revolucionarios de esa década. Luego, vinieron Amanecí de bala (1971) y Con un pie en el estribo (1972). Precisamente por su segundo libro fue catalogado de subversivo por un general de la Dirección de Inteligencia Militar (DIM). Era buscado entonces para ser nuevamente encarcelado. El Chino no esperó la condena, ni la desaparición forzosa. Partió rumbo a Roma gracias a una beca. En la capital italiana escribió sus 70 poemas estalinistas, el último de sus libros publicado en vida, que le valió un premio en 1980.

El Chino Valera falleció el 30 de abril de 1984. Dicen que fue un mediodía acostado en su cama cuando le falló el corazón. Lo enterraron un 1 de mayo, como celebrando un oficio que con versos supo edificar la vida. Luego de su muerte fue editado el libro Del ridículo arte de componer poesía, donde se recoge su producción poética entre 1979 y 1984.

El Chino en versos

Probablemente no haya un poeta tan coherente entre sus versos y pensares. Vivió con la plenitud de los quijotes, sabiendo cómo se conquista el viento. El Chino fue de la generación de los 60, de esa que encontró al país entre los que se animaron a conquistar el cielo y los que se doblegaron. Él siempre supo estar del lado de la orilla en la que viven los que sueñan el mundo y se juegan la vida y como él, también la palabra.

Todo en su poesía tiene de amor, de tacto, de lucha y entrega. Aunque quisieron siempre silenciarlo sus versos siguen incendiando la calma, son llama viva que ilumina el futuro que aún está por venir.

Earle Herrera, ese otro poeta y periodista, dice en el prólogo de la edición de Obras completas de Víctor Valera Mora, publicado por el Fondo Editorial Fundarte, en tercera edición en 2012, que “No hay artificio, no hay postura, no hay acomodo a una época o a una moda. El lector sabe y siente que lo que escribe el poeta, le sale de adentro, de lo más hondo”. Y esa profundidad hermosa de la palabra del Chino Valera Mora, esa hechura humana capaz de trascender el papel, esa poética del compromiso que también sabe reír, es la que nos convoca siempre a ser mejores.

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Tiempo de perros

VII

de Víctor Valera Mora

“Os doy mi voz erguida
mi sangre de regreso hacia tu edad primera.
Juventud siempre antigua, recomenzada toda,
agonía, irreductible fusil de barricada.
El tiempo pide corazones enarbolados.
¡Uníos! ¡Uníos, fuertes picapedreros!
Implacable tormenta de puños
y metálicas lunas sea la marcha,
porque esta tierra es un río de rodillas,
hay que levantarlo.
Y yo, os aseguro,
la muerte de los lobos será de madrugada”.

(Del libro Canción del Soldado Justo. 1961)

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