jueves, 27 de junio de 2013

Cine clásico: De el milagro del p. Tinto a Binta y la gran idea de Javier Fesser

Jesús María Dapena Botero (Desde Vigo, España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Se la ha considerado una muestra del cine surrealista español, ulterior a Buñuel y a Dalí, rodada en 1998, es decir casi a la vuelta del siglo XX, que lo había engendrado, una suerte de realismo postmoderno.

Es una cómica mirada restrospectiva de los hermanos Fesser, Javier y Guillermo. Al primero lo conozco como director de Camino, un filme rodado diez años después, que al menos, para mí, no resultó una película surrealista en sí misma, a pesar de los sueños de Alexia, la niña con cáncer que pretenden santificar, que más bien me recuerdan la estética de Belleza Americana quizás un tanto cursilona, agringada, con cierta nostalgia del american way of life, lo que me resulta un poco extraño en una cinta española, en un país donde el amor a los americanos no es demasiado grande, más allá de las buenas atenciones que se brinden a los turistas.

Si Camino se llevó seis Goyas para Javier Fesser, como director y guionista; para mí, inmerecidos, a pesar de su fortaleza de enfrentarse con la Obra de Monseñor Escrivá de Balaguer, para nada me resulta la mejor película del 2009, ni Jordi Dauder, don Luis, el promotor de santos, se me hace merecedor del galardón, aunque si se me hace potable que el premio se le dé a las mejores actrices protagonistas y de revelación, a Carme Elías, la madre y la simpática Nerea Camacho; sin embargo, El milagro de P. Tinto, sólo se llevó el de los mejores efectos especiales.

Estamos ante la historia de un heredero de una empresa familiar de formas de consagrar, representado por Luis Ciges, quien sueña obsesivamente con tener una gran familia y se casa con otra obsesiva, una ciega, empeñada en ahorrar, todo lo que pueda en la vida.

En ambos protagonistas persisten viejas teorías sexuales infantiles, en las que el amor se hace con estirones y contracciones de los elásticos de los pantalones, con lo cual se ven abocados a la esterilidad, hasta que la fe puesta en San Nicolás, supongo que de Bari, aunque tenga aspecto franciscano, hace que el taumaturgo le mande dos marcianos en un ovni, que va a parar a la casa de la pareja, a quienes el matrimonio adopta como hijos, al margen de que los extraterrestres, confiesen siempre su origen interplanetario; pero, la extrañeza con tales hijos, hace que los Tinto quieran adoptar un niño africano, pero a cambio llega un grandullón blanco, quien quiere convertirse en un experto en objetos voladores no identificados y trabajar para la NASA, para superar el trauma de la rivalidad con los dos hermanos interplanetarios, en una rica retahíla de la que no vale la pena detallara, puesto que es cine para verse y oírse más que para narrarlo oralmente, dado los deslizamientos de los significantes visuales y sonoros, con sus graciosas homofonías, como cuando se celebran los funerales del segundo P. Pinto, un industrial de los buenos tiempos del liberalismo smithniano, un hombre que murió repartiendo ostias a diestra y siniestra, gracias al ingente contrato que tenía con el Vaticano, ese buen hombre de paz, para cubrir las transubstanciaciones que se dieran en toda la Iglesia Católico.

P. Tinto es el dueño de una fábrica de obleas, heredada de su padre, quien tiene un solo obrero, pero que ha de modernizar la fábrica para mantener la contrata con el Vaticano, mediante un sistema automático, que hace obsoleto al único obrero de esa industria.

Dado el paso del tiempo de Buñuel y Dalí a fines del milenio, Omar Khan de El País se atrevería a hablar de un surrealismo postmoderno, con un humor bastante idiosincrático.

El director, a pesar de su trayectoria, se considera un avis rara en el cine español, que viene del mundo de la publicidad, pero ha realizado en la cinematografía un trabajo muy personal y original. En 1995, haría una cinta acerca de un hombre inmóvil en una silla de ruedas, en los últimos momentos de una vida gloriosa, como jefe de detectives de un empresa de electrodomésticos y saca de su memoria la recuperación del centrifugador 2000; es el primer cortometraje de Javier Fesser, el cual empieza con su actor fetiche, Luis Ciges, quien resulta bastante cómico, técnicamente perfecto, en un ámbito con un color y una iluminación y unos encuadres que permiten identificar los consejos laborales de Fesser, mientras la banda sonora hace oír a un Louis Armstrong, quien marca el ritmo de los pasos de Ciges, uno de los actores por excelencia del cine español, sobrino de Azorín e hijo del escritor Manuel Ciges Aparicio; tal actor no había tenido problema en irse de voluntario de la División Azul del lado franquista, para partir al frente de Leningrado, para en la postguerra hacerse médico y trabajar en 1961, para Luis García Berlanga en Plácido y asi iniciar de una prolífica labor actoral.

La figura de Ciges era enjuta pero desempeñaría el papel de personajes bastante cómicos, excéntricos y marginales, como el de criado de los Marqueses de Leguineche en La escopeta nacional de 1978 o como, cuando actuara para José Luis Cuerda copara Así en el cielo como en la tierra de 1995, que le valdría un Goya, como mejor actor de reparto.

Javier Fesser, con su hermano Guillermo, que es como si fuera su hermano siamés, y con el periodista y escritor español Juan Luis Cano compartiría su gusto por un humor surrealista bastnat sui generis, como lo hemos visto en cintas como Aquel ritmillo.

http://www.youtube.com/watch?v=ubEaIpHEkCEhttp://www.youtube.com/watch?v=ubEaIpHEkCE

Y luego esa obra del absurdo que es El sedcleto de la tlompeta, en el mismo año, impresionantes secuencias de circunstancias sin sentido, que se van sucediendo una a otras, como significantes en una cadena discursiva sin sentido, a la manera de lo que pasa en el mundo onírico, en un tiempo en el que para una hija de vecina todo parecía ir fatal, fatal, en España, pero no creo que tanto como ahora, narrada con una comicidad sin par:

http://www.soloespolitica.com/blog/2011/09/especial-javier-fesser/

Para el director, lo cómico está en la tragedia, de la que es como una especie de par dialéctico, que la hace algo soportable, al hacernos reír dentro del drama o de cosas divertidas que no tienen gracia.

El director habla de niños y de África, temas que ama, desde que ha trabajado para Unicef para dar cuenta de lo positivo y optimista que hay en el mundo africano, v.gr. la alegría que esperan encontrar los P. Pinto, en un niño que procediera del África, antes de que muchos de estos personajes se lanzaran a la conquista de España en patera y es que Fesser conserva la ilusión de que los chavales del mundo entero tengan ganas de reír, de hacer travesuras y pensar en el futuro, como lo hacen nuestros adultos chavales de El milagro del P. Pinto, provengan de los espacios siderales, de la vuelta de la esquina o del África ardiente y así sus historias estén entretejidas de hilos trágicos.

En esta línea Binta y la gran idea, propuesta de una idea de progreso distinta a la tradicional de la sociedad occidental, la cual se hizo merecedora a la nominación al Óscar por el mejor cortometraje, para darnos cuenta desde la mirada de un senegalés, que los hombres debemos aprender de los pájaros que toman lo bueno del norte y del sur, para hacer un mundo más solidario, donde la acumulación de la riqueza y toda la tecnología, no nos hagan olvidar que los unos debemos preocuparnos de los otros:

http://www.youtube.com/watch?v=gouZfHKRb_I

Y además, Fesser se constituye en un crítico de la sociedad de consumo, que es la que cree, que nos impide tomar conciencia de que estamos vivo, en la medida que toda una masa de individuos busca frenéticamente la felicidad, que se encuentra precisamente en esos lugares, donde aparentemente no podría darse, sino en cualquier momento, donde se piensa en el presente, en el entorno más directo y emocionalmente más satisfactorio, por ejemplo ante los maravillosos atardeceres africanos, mientras en las grandes ciudades, como Madrid, no hay tiempo para contemplarlos, sin la mirada de un Levi-Strauss que contemplaba los tristes trópicos sino con la alegría de los habitantes del Valle del Omo:



Y esta nueva cinta continuaría en la línea de lo que se ha dado en llamar el cine comprimido o minipelículas, microcintas, dentro de cuyo género Javier Fesser se ha constituido en uno de los pioneros, que puede ir del pueril cine lúdico al cine comprometido.

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