jueves, 20 de junio de 2013

Cine clásico: El pisito (1959)

Jesús María Dapena Botero (Desde Vigo, España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)



NACIONALIDAD: Hispano-italiana
GÉNERO: Comedia negra
DIRECCIÓN: Marco Ferreri / Isidoro M. Ferri
PRODUCCIÓN: José Manuel Herrero / Documento Film
PROTAGONISTAS: José Luis López Vázquez como Rodolfo
Mary Carrillo como La Petrita
Concha López Silva como doña Martina
José Cordero como Dimas, el cirujano-callista
Celia conde como Mary
Andrea Moro como Mari Cruz
Ángel Álvarez como Saénz
María Luisa Ponte como Rosa
Greogrio Saugar como don Manuel
Marco Ferreri como Luisito, el casero
Chus Lampreave como Adelina, la secretaria
GUIÓN: Marco Ferreri / Rafael Azcona
FOTOGRAFÍA: Francisco Sempere (B/N)
MÚSICA: Federico Contreras / The Blue Stars
DISTRIBUCIÓN: Columbia Films
DURACIÓN: 87 min

El humor negro se mete de raíz con lo establecido, con lo permitido, ataca lo convencional, aquello que se convierte en sello de identidad de una cultura. El humor negro es la pimienta que despierta estornudos de escándalo en sociedades encorsetadas. Y en España sabemos mucho de pimienta y de estornudos. (Manel Dalmau)

Marco Ferreri es un director de cine milanés, nacido en 1928 y muerto en París en 1997, quien se iniciara en el cine publicitario y luego, llegaría a España, como representante comercial de los objetos Totalscope, la versión italiana del Cinemascope estadounidense, allí daría ocasión a que Rafael Azcona llevara al cine una novela, bastante sarcástica y antiburguesa, El pisito, en 1959, virtudes de las que también participaría con el guión de El cochecito, en 1960, mucho antes de hacerse famoso con su película La gran comilona (1973), con guión asimismo de Rafael Azcona, sobre una obra de François Rabeleais, considerada una joya del cine franco-italiano, protagonizada por Marcello Mastroianni, Ugo Tognazzi, Michel Piccoli y Philippe Noiret, quienes andan en el plan de hacer un suicidio gastronómico, donde llega hasta lo tanático la voracidad, que, en Ferreri y Azcona era puro disfrute del placer de comer, más que el goce desmedido; gusto por la vida que, alguna vez, haría que Azcona le dijera a Ferreri:

Extremadura es grande… ¿por qué no nos la comemos entera? - aseveración y pregunta que haría con su pantagruélico humor.

Azcona era la primera vez que hacía un guión, y ahí, en ese momento iniciaría su brillante carrera, al convertirse en uno de los guionistas más premiados y prolíficos del cine español; hasta llegar a ser considerado uno de los genios que diera España al siglo XX.

Era un riojano, proveniente de Logroño, donde su padre era un alegre sastre, que cantaba zarzuelas mientras trabajaba y sus ayudantes, entre ellas la madre, le coreaban, de tal manera que desde muy temprano, disfrutara de un humor, que lo encaminaría a la escritura de artículos irónicos de revistas humorísticas, como un oficio, ya que había elegido la formación como contable pero le iba mejor con las letras que con los números, que le resultaban muchísimo más aburridos; así surgió la novela que sirviera de base a esta cinta.

En El Pisito, la crítica recaerá sobre la clase media española de los años de postguerra, cuando Madrid empezaba a crecer tanto como el México del año 1950 de Los Olvidados de Buñuel, según nos muestran ciertos planos urbanos, con edificios en construcción, evocadores de algunas de las escenas de esa cinta del mago de Calanda.

La realidad social española durante la postguerra había creado movimientos migratorios internos de las provincias a la ciudad, en la medida que los sujetos no podemos escapar totalmente a los momentos históricos y geográficos en los que nacemos, de ahí que a Madrid llegaran, de diferentes partes del país, ejércitos de desempleados, que buscaban mejorar la situación laboral.

Al decir de Naldini: Los cambios en la estructura de la fuerza laboral en España había marcado tres principales tendencias:

1. Una gran reducción de la población activa en el sector agrícola.
2. Una población activa en la industria del 27.5% en 1930, lo cual aumentaba hacia 1950.
3. El crecimiento en el sector laboral industrial que llegaría al tope hacia 1960.
4. Todo lo cual aumentaba los porcentajes de empleo, máxime con el reciente ingreso de la mujer en el mercado laboral. (1)

Y así fue, que muchas personas abandonaron los campos, para entrar en otros sectores de la economía, con una movilización hacia las urbes industrializadas, de modo que, el campo quedaría bastante yermo, sin mayor producción agrícola, con la conformación de cinturones de miseria en las afueras de la ciudad y la construcción de verdaderas chabolas.

Muchas de las amas de casa, que quedaran sin marido, por la mortandad bélica, muchas veces también sin padre ni hermanos, tuvieron que recurrir a convertir en pensiones sus propios apartamentos, para tener ingresos sin abandonar el hogar. De esa manera, las mujeres fueron particularmente afectadas por el nuevo régimen, que defendía las familias estables y católicas con una fuerte autoridad patriarcal a la cabeza.

Fue cuando se introdujeron subsidios familiares, desde el sistema de Seguridad Social para animar a la mujer a permanecer en casa, y así garantizar la educación y la protección social de los niños.

Algunos inquilinos gozaban del beneficio de los contratos de renta antigua, que mantenía el bajo precio, que no cambiaba a lo largo de años, de donde se aprovechaba para realquilar pisos, que tales inquilinos también habitaban, lo cual generaba, muchas veces, situaciones de hacinamiento, algo que también encontramos en la novela de Camilo José Cela, La colmena, escrita en 1951.

Azcona se presentaba como un buen retratista de la sociedad española de aquellos años.

Al narrarnos literariamente, en su novela que:

La algarabía de las radios, los gritos de las vecinas y los llantos de los niños llegaban hasta el portal, tan lóbrego como la escalera; ante una puerta del rellano de la primera planta, una niña con un irrigador en las manos llamaba: “¡Madre, el irrigador!”; en la paredes del tramo siguiente, un chico escribía con un trozo de carbón: “don Bicente [sic] es un mamón”; la puerta del segundo derecha estaba entreabierta y, por ella, salían gritos del inquilino del piso, el paralítico que lo tenía realquilado a un montón de gente:
¡Que me dejéis, cabrones, hijos de puta!

Rodolfo - nuestro protagonista - entró, saludó, esquivó la silla de ruedas y se internó en el olor de pescado, en descomposición, que salía de la cocina. Ante los fogones, en los que crepitaba el aceite de una fritanga y escapaba el vapor de las ollas, Rosa, la hermana de Petrita, en bata y bigudíes, discutía con otra realquilada muy puesta de velo, rosario y libro de misa, a cuenta de una braga, que al parecer había desaparecido del tendedero.

El hacinamiento, no sólo producía una serie de problemas domésticos, sino una impotencia para ingeniárselas para ver, ¿cómo salir de pobre?, lo cual termina por generar una gran desesperanza, todo un caja de Petri para la inconformidad, la rebeldía y las expresión de la pulsiones más bajas, en un ámbito asfixiante, del que Petrita se escapaba cuando se vestía de “nurse” y se dedicaba al cuidado de niños ricos, en casa de unos aristócratas que les daban una habitación a ella y a la cocinera más amplia que la que Petrita tenía en casa de su hermana.

Y mientras tanto, el catolicismo aliado con el Régimen Franquista, ponía como ideal la Sagrada Familia, la multiparidad y la sumisión de las mujeres a los varones, para el aseguramiento de la función reproductiva, de tal modo que dieran a luz, carne de cañón para la empresa privada; el gobierno ofrecía bonos a los trabajadores que tuvieran dos hijos, con un incremento con el nacimiento del tercero; para, años más tarde, pasar a una onda de control, con merma de los subsidios, lo que conducía a las familias a peores situaciones de pobreza.

Pero, a pesar de tal crecimiento urbanístico, la ciudad, continuaba siendo el Madrid de La verbena de la Paloma en 1894, como si fuera una parroquia, pero ahora en los años del Generalísimo Francisco Franco, entre la religiosidad y una ideología individualista, se daba pie a una nueva versión de la picaresca española, en medio de gotas amargas, que realzaban el sabor de una triste realidad de escasez, hacinamiento urbano, dificultades para el desarrollo personal y laboral de los sujetos, un poco con el sabor del ingenio de don Francisco de Quevedo, el costumbrismo de Mariano José de Larra, el esperpentismo de don Ramón del Valle-Inclán y la ironía de Pío Baroja, en una historia de supervivientes, divertida, algo cruel, pero llena de ternura y de una ironía crítica, con un humor que Azcona sacaba de ir siempre por la calle, a pié, pues consideraba que el escritor y guionista debía hacerlo, y que la comedia cinematográfica italiana, empezaría a decaer cuando los comediógrafos se hicieron ricos y abandonaron la calle y el autobús, para ir en taxi o en sus propios coches.

Azcona, como escritor, lo que desea es diseccionar la naturaleza humana y en El pisito, con un humor entre irónico y sarcástico, lo que hace es dedicarse al problema de la conciencia moral, de cómo ésta puede verse afectada por las circunstancias externas, al fin y al cabo, nos decía don José Ortega y Gasset: Yo soy yo y mis circunstancias, lo cual puede extrapolarse a un universo plural.

Sin duda, la necesidad tiene cara de perro o de hereje acomodaticio.

Está claro que, las condiciones materiales de existencia son determinantes de ciertas conductas, un aspecto muy importante de tener en cuenta en el terreno de la sociología y eso, nos lo demuestra El pisito.

El reinquilino era el producto de una urbe que no era capaz de contener y dar vivienda, a la gran población que atraía con sus sueños de progreso y no duda en buscar las mejores opciones para sí mismo y si la sociedad obtura posibilidades legitimas, habrá que recurrir a obscuras estratagemas. La cosa, es como lo señala, don Luis, el casero, quien sueña con la muerte de doña Martina, para mejorar sus ingresos; la cosa es un insolidario: ¡Sálvese quien pueda! Y la cosa es de vida o muerte porque o se mueren los inquilinos o se mueren los caseros.

Pero, el Madrid de aquel entonces no tenía un verdadero plan de desarrollo urbanístico sino que las nuevas construcciones se hacían un poco a la bartola y a la buena de Dios, debido a la avalancha humana que se cernía sobre la capital española.

De hecho, se recuerda al propio Azcona tomando notas de la realidad más cruel, en los autobuses de Madrid en los años terribles de la postguerra, que, en El pisito, alcanzan el tono de la tragicomedia polifónica, en la que cada personaje vive aparte sus propias tragedias personales, hasta que se unan para realizar cada uno de los personajes algunos de sus sueños, la pareja de tener, por fin, un pisito, al hacerse heredero el hombre del derecho del inquilino antiguo, doña Martina de saber que sus cosas, incluido el gato, estarán bien cuidadas, tras su muerte y don Dimas, el cirujano-callista, que convive con ellos, que no tendrá que salir en busca de un nuevo piso, donde reubicar su clientela, gústele o no, a la Petrita, que como toda recién casada quiere casa y costal para ella.

La narración de Azcona da cuenta de la visión del autor sobre la situación social de aquellos años de postguerra, de tal forma que no me parece casual, que Ferreri elija para su representación ese estilo neorrealista, para hacer más cinematográfico, en 1959, lo literario del escritor logroñés.



De ahí que Yosálida C. Rivero-Zaritzky, de la Universidad de Arizona, recomiende retomar esa novela infravalorada de Azcona, para convertirla en objeto de estudio de lo que sería toda una vía formativa para el futuro guionista, en la medida que la escritura de las novelas El pisito y El cochecito, que sirviera de base a los guiones de la películas de Ferreri, eran anteriores al encuentro del español y el italiano.

Queda claro, que el guionista parte de una experiencia narrativa anterior y, de ahí que las constantes temáticas en ambos filmes, no dependan de Ferreri, sino de la aventura de Rafael Azcona, al cambiar los números del contador, por las letras, con un estilo propio y genuino.

No hay que olvidar que tales novelas, cargadas de humor negro, pueden ser al decir de Patrick O’Neill, una defensa frente a un sistema represivo determinado; no se olvide que en España, estábamos en los años del franquismo, de tal forma que el humor negro puede ser una manera de rechazar las normas establecidas por una ideología siniestra, con expresiones irreverentes y cierto distanciamiento de los personajes, que pueden ser mirados sin consideración, en la medida que es una comedia del desorden, por ordenado que parezca, casi como una modo subversivo de mirar esa realidad. (2) (3)

Aunque O’Neill pudiera ser desmentido por un Azcona, que cree que la censura no estimula la creación, como tanto se ha dicho, y que tampoco cree en el humor negro en su obra, ya que esas narraciones la hizo para describir simplemente el entorno de su entonces.

Azcona, más bien consideraba que el español tiene un sentido muy especial del humor, un humor patético, a veces cruel, que crea cierta tensión entre el emisor y el receptor de esos mensajes humorísticos, en una dialéctica de atracción y aversión en la mente del espectador, en ese punto donde el humor toca con la muerte, con absurdo al que todos estamos condenados. Así las cosas, la crueldad hasta podría justificarse como una forma de indolencia frente a un sin sentido ineludible.

Azcona y Ferreri nos acercan al mundo de Rodolfo y Petrita, unos eternos novios, quienes, en el momento del relato su vida, ya están frisando la cuarentena.

Si no se han casado, ha sido por la imposibilidad de comprarse un piso, pues a ambos les gustaría vivir bien, en el centro de Madrid, en un piso grande, objeto del deseo, que no alcanza a obtenerse con el salario, de un pobre contador y una niñera.

No creo que sea casual que Azcona elija como personaje principal a Rodolfo, ya que conoce el medio de los contadores, lo que pasaría sería que el escritor, no se resignó a ese destino, como su antiheroico personaje y se salió, sin culpa, de ese redil, para hacer su propia andadura al estilo de un Quijote, fiel a sus sueños, como aconsejaba Jorge Luis Borges, en Medellín, a la escritora Rocío Vélez de Piedrahíta, sin tener que parar en una pequeña empresa distribuidora de pan de higo con almendras y palomitas de maíz, con un salario de mierda, de donde aunque a sus ochenta años, tuviera que seguir trabajando, por no haber cotizado como autónomo, no hubiera tenido que operar como esos pobres pero honrados personajes, que deciden ofrecerle a doña Martina la mano de Rodolfo, su subinquilino, para que cuando ella muera, queden con el piso de la anciana, propuesta que hace que a la vieja le dé un soponcio pero, finalmente, acepte con mucho gusto y a conciencia tal ofrecimiento, con tal de tener compañía hasta el momento de la muerte, lo que la colmará de dicha, aunque la situación produzca conflictos en la Petrita, quien ve que la vieja no muere tan pronto como ella quisiera, mientras la Petra va creciendo a lo ancho y envejece, sin poder realizar sus sueños, de vivir con su amado y que le den hijos.



El pacto ha sido honesto, pero no carente de un amargo sentido del humor, al que se suma el de otros personajes como el Dimas, el callista con quien Rodolfo comparte el piso.

Pero, el matrimonio revitaliza a Martina, que como esposa-madre de su subinquilino, lo medio sacará de pobre, de tal forma que lo veremos montando en taxi, como los buenos burgueses, con los dedos entre guantes de marca, de gabán nuevo, calcetines de lana, cinco kilos de más en la barriga, dinero en el bolsillo para alguna cervecita, heredero universal de Martina, con quien va a tomar la merienda a algún buen café, lo que no deja de suscitar los celos y la envidia de la Petrita, quien hubiera deseado que el deceso de la anciana hubiese ocurrido antes, para - ¡al fin! - ser muy dueña de su piso, como una fierecilla indomable.

En esa historia, Azcona recrea un poco su propia historia de recién llegado a Madrid, para abrirse campo en el oficio de escritor, a la vez que vivía en pensiones, en realquileres, lo que le obligaba incluso tener que trabajar en carbonerías o hacer guardias en algún hotel, hasta que leyera en algún periódico catalán, la noticia de un joven que se había casado con una anciana para heredar el derecho al piso, por su renta antigua y procediera a escribir una novela de amor e inquilinato, en 1957, dos años antes de que fuera llevada al cine, en una realización que Ferreri le daría un toque neorrealista.

Azcona había llegado a Madrid, en 1951, cuando tenía veinticinco años, ocho años, antes de la realización de El Pisito, en un tiempo en el que la España de postguerra se debatía entre sobrevivir y desarrollarse y la relación con Ferreri le permitiría irse durante un tiempo a Italia, para descubrir que más allá de los Pirineos, había modos de vivir menos grises que aquellos con los que se filmara su película en blanco y negro, con toda la tanatofilia española, que ha aspirado a la muerte del justo, un poco a la manera de la del padre de don Jorge Manrique:

Así, con tal entender,
todos sentidos humanos
conservados,
cercado de su mujer
y de sus hijos y hermanos
y criados,
dio el alma a quien se la dio
(el cual la ponga en el cielo
en su gloria),
que aunque la vida perdió,
dejónos harto consuelo
su memoria.

Pues a ese sentimiento trágico de la vida, tan unamunesco y español, lo que Italia le brinda a Azcona es una perspectiva mucho más hedonista, aún dentro del Vaticano mismo, de tal forma que esa experiencia le permitiría al escritor no seguir en la línea de doña Martina, sino en una línea más placentera, lejos de existencialismos penitenciales y de autoflagelación, en una perspectiva más cargada de esperanza que de nostalgia.

Pero, a fin de cuentas, lo que Azcona plantea en la secuencia final de su novela y de su guión es hacer de la muerte de doña Martina, una mueca, que muestra toda una crítica moral a una sociedad hecha de individuos inconexos, indolentes con las necesidades de los otros, en la que cada uno busca su propio provecho, en el contexto del espacio urbano del Madrid de la postguerra, pese a todo, cargado de ilusiones.

Ahora, aunque Rajoy nos haya dicho, en esta semana, que el pesimismo ya está en retirada, en nuestro país. El tema de los pisitos, con el estallido de la burbuja inmobiliaria, los recortes y los desahucios, en un país que parece volver a los tiempos de la postguerra, con la pregunta de una gran masa de la población de si será imposible llegar a fin de mes, más ameritaría el género trágico o el de suspenso, que una comedia negra como de un primer Azcona.

Notas:
1) Naldini, M. The Family in the Mediterranean Walfare Status. Routeledge, London, 2003, 248 pp.
2) O’Neill, P. The Comedy of Entropy: Humour, Narrative, Reading. University Toronto Press, Toronto, 1990.
3) Rivero-Zaritzky, Y.C. Rafael Azcona en El pisito. Visión social de su tiempo. Divergencias. Revista de estudios lingüísticos y literarios 3(2): 63-74, 2005.

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