miércoles, 12 de junio de 2013

Dos días en Madrid, el Museo del Prado y el bocata del Siglo de Oro

Erasmo Magoulas (Desde Canadá. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Cuando tengo la posibilidad de visitar a mi familia en España, hago una parada en Madrid de dos días, tanto a la adrenalínica llegada, como en el melancólico tiempo del retorno. La jugada se ha convertido como en un rito, no quiero decir rutina, porque nunca lo he sentido como un acto repetitivo. Como soy hombre de hábitos tomar, paro siempre en el mismo barrio, en la misma calle, y en el mismo hostal, que como el río de Heráclito de Éfeso, nunca son los mismos. La razón, tiene tres motivos poderosos, me han gustado los tres, siempre. Desde Barajas tomo un autobύs, que sale desde el mismo aeropuerto hasta el Centro de la ciudad. Si uno viaja con escasísimo equipaje, como es mi caso, el medio es imbatible, inclusive si lo pusiéramos a competir con el taxi; y con respecto al costo cremástico, las brechas son siderales en favor del medio público. Mi parada es la Estación del Sur, sobre la calle de Méndez Álvaro. Si el clima es agradable y la mañana es de sol madrileño, como me ha solido acontecer, nada mejor que una caminata de veinte minutos por esa ancha arteria, que en cualquier otro lugar del planeta, la hubieran bautizado avenida, pero que en Madrid es calle. Las piernas me agradecen cada paso, luego de haber estado diez o doce horas encasquetadas entre mi asiento y el respaldo del de en frente. Nunca falta un “alter ego” del Pasha Suleimán, que se le ocurre apretar el botoncito para reclinar su asiento. A más de uno le tuve que recordar que la displicente vida de la Constantinopla del siglo XVII había pasado hacía mucho tiempo. Antes de llegar a la Estación de Atocha, paro en una cafetería para comenzar el día como un madrileño más. Café con leche en vaso, con churros o porras, y si estoy exultante le entro a un par de “ranas madrileñas”, que son porras rociadas con anís y azúcar, una delicia, y más cuando uno no se refrena por los modales socialmente correctos, y las moja en el café con leche. Mi calle en Madrid desde hace unos cuantos años es el Paseo de Santa María de la Cabeza, una arteria bellamente arbolada y de aceras anchísimas. A escasos cien metros quedó la Estación de Atocha y un poco más allá el Paseo del Prado. Mi hostal, casi en la intersección con la calle Murcia, es limpio y cómodo, y el precio más que aceptable. Mi primera zambullida siempre es El Museo del Prado, que desde mi hostal, queda a 15 minutos, si no pasara primero a recorrer los caminos y callejuelas delineadas por árboles y arbustos, tanto nativos como exóticos del Botánico y del Parque del Buen Retiro. Antes de volver a apreciar la excelente exposición permanente y alguna buena sorpresa de la temporaria del Museo, nada mejor que recorrer esa joya del patrimonio artístico-natural de la ciudad de Madrid, que es el Parque del Retiro.

Ya dentro del museo, comienzo por la muestra permanente. En la planta baja del Edificio Villanueva, encontraremos dos salas dedicadas a la pintura italiana de los siglos XIV al XVII, una sección de pintura flamenca de los siglos XV y XVI, y una sala de pintura alemana de los mismos siglos. El resto de la planta baja está dedicada a la pintura española de los siglos XII al XX.

En esta planta, hay varios autores que siempre me impresionan, sin interesar el nύmero de veces que he contemplado sus obras. Uno de ellos es Rafael Sanzio de Urbino, o simplemente Rafael. En una de las alas de la planta baja podemos deleitarnos con su obra “La Virgen del pez”, obra emblemática del Cinquecento.


Rafael es parte de la trilogía de los más grandes del Renacimiento, junto con Leonardo Da Vinci y Michelángelo Buonarroti. He tenido la dicha de ver parte de su monumental obra en la Basílica de San Pedro (Roma), en el Museo del Vaticano, en la Galerías Pitti y Uffici de Florencia, y en el Louvre. Es imposible cansarce de ver la obra de Rafael, asi sea su período de mayor clasicismo y refinamiento humanista, reflejado en los rostros de sus vírgenes, como en sus obras de mayor dramatismo y violencia, como “La expulsión de Heliodorus”, su “San Pablo predicando en Atenas”, “El incendio del Borgo”, o su majestuoso “La Filosofía” (La Escuela de Atenas). A pesar de vivir escasamente 37 años, muchísimos menos que los vividos por Miguel Angel y Da Vinci, su dedicación casi por completo a la pintura lo ha elevado a la categoría de artista universal y eterno. Dice su sarcófago: “Aquí yace Rafael, del cual la naturaleza temió ser conquistada durante su vida, y creyó morir junto con su muerte”.

Fra Angélico es otro de los grandes pintores del Renacimiento italiano, que podemos apreciar en El Prado.



“La Anunciación” de Fra Angélico de 1425. A diferencia de Rafael, Fra Angélico pertenece al período del Quattrocento renacentista, o del Primer Renacimiento. A éste período también pertenecen Sandro Boticelli, Piero della Francesca, Fra Filippo Lippi, Andrea Mantegna (también en exhibición en El Prado). Fra Angélico fue un monje dominico, nacido en la Repύblica de Florencia a finales del 1300. Su obra como la de sus contemporaneos, se caracteriza por la pintura mural en iglesias y palacios, como así también en tablas, o sobre muebles o arcones, como es el caso de “La Anunciación”. La temática sigue siendo fuertemente la religiosa, aunque progresivamente a mediados de este período se comienza a dar importancia a los temas históricos, fundamentalmente por la influencia de los mecenas. El ser humano comienza a ser el protagonista fundamental de la escena, inclusive en las interpretaciones mitológicas y religiosas, y por supuesto históricas.

De la Escuela Flamenca del siglo XVI, El Bosco -Hieronymus Bosch- es el más alucinante de los artistas; y El Prado tiene el mérito de reunir bajo su techo, el mayor nύmero del total de sus obras.



El Carro de heno de 1516



El jardín de las delicias de 1500

Frente a este último tríptico me he pasado al menos un par de horas, cada uno de sus detalles encierra una carga poética de extraordinaria fuerza, los dos primeros de sensualidad, armonía, placer, espíritu lúdico de una imaginación desbordada, y el tercero, la representación más acabada el reino del espanto.

En la Escuela Flamenca del siglo XVII se destaca Pedro Pablo Rubens, de él hay en El Prado varias obras, todas de un exquisito manierismo barroco.



Adoración de los Reyes Magos - 1620 - Rubens

Siempre en la misma planta nos encontramos con Francisco de Goya, y tal vez uno de sus más reconocidos trabajos, “El 3 de mayo de 1808”.



“El 3 de mayo de 1808 en Madrid: las ejecuciones del Monte Príncipe Pío”. Este pintor español de finales del siglo XVIII y comienzos del XIX, inaugura el Romanticismo en la pintura de la Península. La escena refleja la represión sufrida por los patriotas madrileños, un día después de su levantamiento insurreccional contra las fuerzas de José Bonaparte, hermano de Napoleón, usurpador de la corona de España, ante la abdicación forzada de Carlos IV. Estos hechos políticos en la Península, repercutirán en los movimientos pre-independentistas de las colonias hispano-americanas, desde la Gran Colombia hasta el Río de la Plata.

“La Maja desnuda” es una pintura de 1800, tres años después Goya pintó, a la misma modelo vestida. Algunos historiadores hacen refrencia a la modelo como a la Duquesa de Alba, a quien le adjudican un turbulento romance con el pintor, mientras otros confirman que era Pepita Tudó, amante de Manuel Godoy, para la época Primer Ministro de la Corte de Fernando VII.

En el primer piso encontraremos cuatro grandes pintores italianos: Tiziano, Tintoretto, Veronés y Caravaggio.



La Bacanal 1523-26 – Tiziano Vecellio, conocido tradicionalmente en español como Tiziano o Ticiano, fue un pintor italiano del Renacimiento, uno de los mayores exponentes de la Escuela veneciana.



“El lavado de los pies” - 1548 – Tintoretto, cuyo verdadero nombre era Jacopo Comin, fue un notable exponente de la Escuela del renacimiento veneciano. Se lo conoció también como “el furioso”, por su temperamento, especialmente a la hora de pintar. Su casa paterna se conserva como lugar turístico en el barrio del Cannaregio de Venecia.



“Venus y Adonis” - 1580 – Veronés. Su verdadero nombre era Paolo Caliari o Paolo Cagliari, fue un pintor italiano, figura central del manierismo veneciano. Contemporáneo de Tintoretto y a pesar de nacer en Verona, paso gran parte de su vida artística en Venecia. Muchas de las obras de Tiziano, Tintoretto, y Veronés pueden ser apreciadas en las casi 170 iglesias de Venecia y sus islas adyacentes, como la Giuddecca, Murano, Burano, y El Lido. Una guía muy completa sobre el tema la pueden encontrar en la página Web Churches of Venice



“David vencedor de Goliat” 1600 –Michelángelo Merisi da Caravaggio, pintor italiano activo en Roma, Nápoles, Malta y Sicilia entre los años de 1593 y 1610. Es considerado como el primer gran exponente de la pintura del Barroco. Todas sus obras tienen una fuerte carga dramática, no sólo por la temática, sinó por su técnica de incorporar el oscuro al claroscuro. Su vida estuvo también representada por una continua tensión. Vivió gran parte de su vida escapando de la justicia y de sus enemigos, debido a varias muertes que se le adjudicaban a causa de sus continuos enfrentamientos personales. Logró gran reconocimiento artístico durante su vida, pero fue literalmente olvidado luego de su muerte, hasta principios del siglo XX, cuando se vuelve a reconocer su virtuosismo en el manejo de la luz y la sombra. Tuvo influencia en maestros como Rubens, Rembrandt, Ribera y Bernini, conocidos como los Caravaggistas.

En los salones de pintores españoles, está uno de mis favoritos, aunque no nació en España, sino en Creta, su nombre era Doménikos Theotokópoulos, conocido por su origen nacional, -aunque Creta políticamente pertenecía al reino de Venecia- como El Greco. Fue un pintor del final del Renacimiento que desarrolló un estilo muy personal en sus obras de madurez.

A partir de los 26 años de edad, residió en Italia, donde se transformó en un pintor renacentista, primero en Venecia, asumiendo plenamente el estilo de Tiziano y Tintoretto, y después en Roma, estudiando el manierismo de Miguel Ángel. En 1577 se estableció en Toledo (España), donde vivió y trabajó el resto de su vida.



De derecha a izquierda: “La Trinidad”, “El caballero de la mano en el pecho”, y “La Adoración de los pastores”

El gran exponente de la pintura española del siglo XVII es Diego Velázquez.



Las Meninas 1656


                 
El triunfo de Baco 1629

Velázquez es el más importante exponente del barroco español del siglo XVII. Recibió el mecenazgo de la nobleza Española de la época, lo que le permitió desde joven viajar a Venecia, la Toscania y Roma para perfeccionar su técnica, estudiando a los maestro del Renacimiento como Miguel Ángel y Tiziano. Su pintura ha tenido una gran influencia en artistas como Pablo Picasso y Salvador Dalí. El Museo del Prado conserva aproximadamente 50 de sus obras, de un total de 123 catalogadas.

Es hora de sentarse y comer algo. Los pies están pasando la factura de haber caminado los pasillos del museo varias veces, la vista comienza a sufrir signos de agotamiento y el estómago rechina. Justo frente al museo comienza el conocido Barrio de las Letras, frecuentado por Quevedo, Góngora, Lope de Vega, y Cervantes. El ambiente es encantador y lleno de bares y cafeterías. Un bocata de jamón serrano y queso manchego y una cerveza reponen las fuerzas perdidas.

De vuelta al hostal, paso por el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, me tienta entrar y ver nuevamente el Guernica, tal vez lo deje para mañana, pienso. De cualquier manera, eso es parte de otra historia.

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