martes, 4 de junio de 2013

El día que le vi la cara a Dios

Carlos Alberto Parodíz Márquez (Desde Alejandro Korn, Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

A Yon a veces tengo que anticiparlo. Su impaciencia es impertinente, tanto como viajar sin sobresaltos de Temperley a Constitución, para responder a su llamado. Tomé el tren, esa mañana, con la irresponsabilidad con que desayuné un Ballantine sin hielo, residuo tóxico olvidado por el vasco, en una noche de tribulaciones mutuas.



El paisaje suburbano sigue siendo, pese al tiempo, un testimonio visual insobornable de la crueldad humana. Al aire libre, alineadas a lo largo de los muros que cierran el recinto vecino a la estación, unas mujeres han extendido sobre esteras, su arco iris de verduras y especias y, sentadas entre ellas, sostienen sus ociosas balanzas, como otras tantas figuras apiñadas de justicia mercantil, con los penetrantes ojos sin vendar. Son zíngaras venidas a menos que venden, cobran y miran, para pasar la vida y como se les va la vida.

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Brasil “nou tem samba”, sobre todo en jurisdicción de la 16. Tal vez “las chicas que fuman” con piel de ébano, guarden legitimidad.

Respiré aliviado cuando topé con el Alfa gris. Siempre reluciente y su tripulante amigo.

-Brasil “nou tem tristeza”-, fue el saludo de Yon. Miré la calle Brasil y la tristeza multiplicó el futuro.

-Vamos a comer algo-, dijo, una noticia que me sobresaltó, pero guardé la compostura.
El Shorton Grill conserva algo de flema inglesa. Las voces suenan asordinadas por la acústica del lugar. Lo seguí en silencio. Nunca intimidado ni por los lustrosos apellidos, ni por las lustrosas y lujosas vestimentas de hombres y mujeres, si por la imponencia de la bodega y de las bodegas privadas de los asistentes.

El menú, según el vasco, exigía del lugar probar la mejor carne argentina, en una casa de rancio origen inglés, or supuesto. Los bifes de chorizo que llegaron, luego de la orden discreta, parecieron majestuosos y sangrientos, servidos en otros recipientes con decoración Aberdeen, lucían su esplendor el puré de manzanas, las ensaladas de radicheta y ciruelas y una espartana de lechuga criolla, detalle típico y apropiado.

El vasco, como quien no quiere la cosa, “aparcó” el sobre oficio marrón impermeable, que contenía el dossier yanqui, heredado del “Nene”.

- Te voy a dar dos datos nada más-, me tranquilizó y supe que la sombra de las Torres Gemelas, llegaría después del postre, para sumar misterios. Decidí, como dije, anticiparlo.

-¿Te puedo contar cuando le vi la cara a Dios?-, la carcajada silenciosa del vasco, navegó su mirada celeste. Volvió a mirarme y puso la sonrisa en el freezer.

 -Contá, dale -, fue su parco consentimiento.

- No lo recuerdo bien -, comencé.

- Ponte las pruebas del pudor -, dijo él, sorprendiendo con el hispanismo.

Busqué a mi alrededor, sin suerte. No las encontré. Tal vez nunca existieron, por lo menos para mí. Pero me hizo recordar.

El cura “Manolo”, estaba muy enojado, solía endilgarme cuestiones.

- Vos andás bien con Dios y con el Diablo-, me dijo, para empezar a gastar la mañana temperlina
Cuando se marchó, le pregunté a Dios si había obrado juiciosamente.

- Juiciosamente y bien -, dijo EL. Y se rió. Le gustan los chistes. Si Dios no es feliz nunca ¿que posibilidad de felicidad tenemos nosotros?, me pregunté. Esas caras largas, dolorosas que ponemos. Nunca una sonrisa cuando oramos.

¿Cómo se puede soportar la idea de la eternidad, si en el cielo está prohibido reír?

O si por el contrario nos preguntamos ¿está permitido llorar?

¿No es, acaso, la capacidad de reír y llorar la medida de nuestra humanidad?

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El vasco miró fijo y la duda era sólida, como los diez segundos anteriores a la fisura del Glaciar Perito Moreno. El mismo silencio previo. Sólo salvé la imagen porque me conoce. Pero no le había dicho el origen de esa cuenta devenida en charla. Insistí.

-Esto no es todo-. Yon, con señales de intolerancia me avanzó.

¿Y qué le falta?

- Porque van vestidas así las Hermanas?-, yo tenía seis años cuando se lo pregunté a mi madre, al ver pasar a las monjas, le conté.

- Porque son las prendas del recato, que Dios les ha ordenado que se pongan -, dudó mi madre.

Un día pasaron delante nuestro y mi madre les dijo.

. Aquí tienen algo .. para ayudar-, mi madre había ganado a la “quiñiela”.

Pero ellas siguieron andando.

- Esta semana tuve suerte-, fue su explicación gritada. Mi madre se empecinaba.

-¿No somos todos criaturas del azar?-, les dijo.

-¿Hay una moneda más corrupta que otra?-, les preguntó y se preguntó.

-Con ese dinero mi madre me compró golosinas -, informé al vasco, - La observé pagando con las monedas corruptas. Las golosinas me dieron miedo porque había sido compradas con el dinero que las monjas rechazaron y era lo mismo que dinero rechazado por Dios, porque yo pensaba que ellas estaban en comunicación directa con EL.

Yo sabía el significado del dinero corrupto, pero si estaba contaminado, entonces las golosinas se habrían contaminado y llegado hasta mis manos.

Pero lo peor era la sensación que Dios no quería saber nada con nosotros. Había usado a las Hermanas, sus instrumentos especiales, para darnos la espalda.

Después creí descubrir la verdad. La entendí. Que enojado debería estar EL con ellas, las Hermanas, por haber rechazado nuestro dinero. No estaba seguro que era el recato, pero si que hubo un momento en que EL, no tuvo más remedio que ordenarles que llevaran esa ropa.
- ¿No había sido una señal, más de castigo que de gracia?-

-¿No era también la ropa de la penitencia?

-Que hicieron para que las obligaran a ponérsela?

-¿Qué ropa más horrible, aún, les mandaría Dios para que se pusieran ahora, como nuevo castigo?- Habían rechazado en dinero para ayudar a personas a quienes EL decía que había que ayudar.

Aferré la mano de mi madre para decirle.

-¿Mamá que va a hacerles EL?

Ella me miró sin comprender. Le repetí.

-¿Qué hará?-

-¿Qué les hará Dios a las monjas?- Ella no respondió, pero echó a andar apretando mi mano firmemente.

Pasamos delante de una mendiga. Me quedé atrás.

-Tenemos que darle parte de las golosinas -, le dije Mi madre se rió.

Me dio una moneda. La deposité en la mano sucia y agrietada de la mujer. Ella dijo.

-Dios te bendiga-.

Yo estaba bien vestido y abrigado, pero asustado. Tenía un abrigo caliente, la bendición de Dios y le habíamos resuelto la mala acción de las monjas. Le pregunté a mi madre.

-¿Este es nuestro año de suerte?- Por primera vez sentí que sabía lo que significaba la suerte. Era un calor en el corazón Sin darte cuenta descubrías que estabas sonriendo y no recordabas porqué. Yo había visto muchas veces esa clase de sonrisa en labios de mi madre Emma-, le cerré el comentario al vasco.

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Yon balanceó su cabeza, resignado. No hizo ni dijo nada. Mejor. Además, para que. Las moralejas como las mollejas, se secaron con los fuegos. Volvió a la carga. Me dispuse a enterarme de las noticias del exterior, de hoy. La cuota parte del misterio. Que nunca está acorralado y no tiene límites, sobre todo si se piensa, nocivo ejercicio éste.

Yon tomó dos hojas elegidas del informe y me las extendió en silencio. Comencé a leer y la incredulidad se llevó todos los premios.

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“Los atentados a las “Torres Gemelas, del 11 de septiembre, obligan a dos preguntas.

¿Quién? y ¿Por qué?

Informaciones procedentes de Nueva Cork, dos días después de los sucesos, sostenían que los montos totales de seguros a pagar, como consecuencia de los ataques a las Torres Gemelas, podrían llegar a los treinta mil millones de dólares, lo que significaría un verdadero “crac” para el sector.

Por consiguiente, cualquier inversor, en papeles del rubro seguros, hubiese querido retirarse antes de los ataques del 11 de septiembre y si las acciones de las aseguradoras y de las reaseguradotas más grandes, cayeron en un quince por ciento como promedio, ello sólo pudo ser posible, si alguna fuente calificada avisó con tiempo suficiente, para poner a los inversores en guardia. Que algo catastrófico estaba por suceder.

Y esas filtraciones de información solamente pueden tener lugar, en los escritorios más importantes del mercado bursátil internacional, es decir entre las grandes agencias especializadas y entre los grandes bancos de inversión, los mismos que manejan la suerte de las economías de los países subdesarrollados, eufemísticamente llamados mercados emergentes.

La humanidad está siendo testigo de un nuevo tipo de guerra, en la que los verdaderos protagonistas son los principales agentes del capitalismo corporativo financiero del siglo XXI, lo que equivale a decir que son los dueños del poder mundial, que trabajan en la penumbra de grandes discursos políticos e ideológicos.

Mientras las acciones de las aseguradoras bajaban inexplicablemente, las de las petroleras trepaban en igual proporción, y siguieron trepando a una semana de los atentados.

En ese mismo sentido cabe recordar que a los pocos minutos de ser golpeadas las Torres Gemelas, el precio del barril de crudo llegaba a un precio impensable veinticuatro horas antes.

A la vez que recomendaban vender papeles del sector seguros, los mismos agentes bursátiles y los bancos de inversión sugerían comprar acciones del sector petrolero.

Así, todo el mundo contento, los inversores porque ganaron millones en cuestión de días y los asesores –es decir los agentes bursátiles y la banca de inversión., porque vieron aumentar sus comisiones.

Y todo porque en las mesas del gran poder financiero global, sabían lo que iba a suceder y si sabían lo que iba a suceder, porque no pensar que también pueden ser capaces de hacer que ello suceda. El paso de la complicidad necesaria a la autoría, es muy breve, muy estrecho.

Cuando los informantes desde el Wall Street anunciaron el lunes 17, que la Bolsa de Nueva Cork reabrió con la peor caída de su historia, no estaban haciendo otra cosa que mentir o, por lo menos, tergiversando lo hechos, pues cayeron odas las acciones no pertenecientes a los sectores que integran la economía del complejo industrial-militar de los Estados Unidos.

En el resto de las grandes Bolsas del mundo, sucedió algo parecido. Repuntaron los papeles de las empresas directa o indirectamente vinculadas al negocio de la guerra.

Llegaríamos así, a una conclusión aterradora. Los salvajes atentados del 11 de septiembre pudieron haber sido sólo simples aunque macabras operaciones de los mercados financieros y bursátiles internacionales.

Los aviones de pasajeros, como misiles estratégicos son las nuevas armas creadas para este nuevo tipo de guerra terrorista. Las conflagraciones mundiales que se registraron en el siglo XX, eran visibles, se trataban de ocupaciones y defensas de territorios y de recursos tangibles. Esta nueva guerra que, más que generales, necesita de expertos en finanzas, requiere asimismo del sigilo y el disimulo del terrorismo como técnica militar, con ropas no identificadas, escurridizas y mimetizables, entre la población civil.

Por eso, en lugar de misiles, en esta guerra se usan aviones de pasajeros en pleno vuelo.”

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Devolví las hojas en silencio. Pedí un cocktail de paltas, apios y alcauciles, para levantar la autoestima. Yon iba por su postre, consistente en roscas de chocolate. El mío podía esperar, como la muerte.

Era hora de regar el servicio y las cuatro copas agregaron dudas a la elección, pero esa es otra historia. Sobre todo porque se viene septiembre, con la vida –primavera- y aquel once que es “barraca”.

PD: informes de agosto del 2002

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