jueves, 20 de junio de 2013

Entre un Mc Donald’s y un Macondo

Jorge Zavaleta Alegre (Desde Lima, Perú. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

La riqueza de las naciones trata de ser medida por múltiples medios. Últimamente, la academia ha volcado lo intangible para medir la economía.

Se afirma que la poca confianza reduce la capacidad de las personas para asociarse y que eso provoca desaceleración del crecimiento económico.

Camilo Herrera, un economista colombiano con estudios en negociaciones especiales en Harvard, se pregunta ¿por qué la gente no se asocia y adquiere capacitación productiva?

Una respuesta está en que la producción industrial de bienes culturales ha cambiado el papel tradicional de la cultura.

“La cultura da trabajo”, publicado en Uruguay, de Sotolovich y Mourelle, explica que esta actividad favorece, además, el desarrollo de otras áreas, zonas o ciudades. Las industrias culturales constituyen un indicador económico muy importante.



La creciente interrelación entre la economía y la cultura podría redundar en mayores beneficios para la región latinoamericana y para su inserción en la economía mundial. Pero ese objetivo implica, primero, modificar la desigual distribución de los beneficios entre los países centrales y periféricos, explica Néstor García Canclini, director del Programa de Estudios en la Universidad Autónoma de México – UNAM.

Considera además que: EEUU se queda con el 55% de las ganancias mundiales producidas por los bienes culturales y de las comunicaciones. La Unión Europea con 25%, Japón y Asia con 15% y América Latina solo con 5%.

El fervor que a veces genera en las capitales los espectáculos al aire libre no puede hacernos olvidar la pobreza cultural y educativa a la que llevaron a casi todas las instituciones los “ajustes” financieros y el retiro de inversión pública y privada en muchos países latinoamericanos. Y después la frágil regulación a la ola de inversión transnacional.

El desarrollo educativo cultural no tiene el respaldo necesario. Los Estados hacen cada vez menos por formar públicos culturales, con sistemas educativos que aún no advierten – como ha ocurrido en Francia y España – donde los niños aprenden a valorar los medios audiovisuales como parte del curriculum de la educación básica.

El Estado no crea cultura, pero es indispensable para generar las condiciones contextuales, las políticas de estímulo y regulación, con las que se puede producir bienes culturales y acceder a ellos con menores discriminaciones.

Autores como Jack Ralite han dado a conocer reflexiones lúcidas que deberíamos tener presente: “Después de los sin documentos, de los sin trabajo, ahora llega la era de los sin autor. El papa Julio II no pintó la Capilla Sixtina. La Fox no construyó Titanic. Bill Gates y la Compañía General de Agua no son autores”.



Por lo tanto, asiste a razón a quienes comparten que los organismos nacionales e internacionales reconozcan la autoría intelectual y protejan la creatividad e innovación para que no sean sometidas a la presencia del lucro.

No sería coherente oponerse en general a la liberalización de la mercancía ni a la apertura de las economías y culturas nacionales, porque junto a la globalización tecnológica, esta apertura contribuye a que conozcamos mejores otras culturas. También ayuda a que las telenovelas, la música y los libros de unos pocos autores latinoamericanos, africanos y asiáticos se difundan en el mundo.

Esta expansión e interconexiones necesitan, sin duda alguna, ser situadas en el marco de políticas culturales que reconozcan intereses plurales del conjunto de artistas, de consumidores y de cada sociedad, un tema central para el calendario de campañas sociales del frondoso árbol de instituciones que alberga la ONU, empezando por la UNESCO.

Urge una nueva relación cultural de las industrias de las comunicaciones con las escuelas y de un ombudsman de los medios. Pero siendo tan complejas las culturas latinoamericanas, las opciones, como afirma García Canclini, van más allá de elegir entre un Mc Donald’s y un Macondo.

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