martes, 4 de junio de 2013

Jesús Soto, el arte en movimiento

Daniela Saidman (Desde Venezuela. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

“Mañana como ayer mi arte permanecerá vinculado a lo aleatorio, absteniéndose de querer expresar lo definitivo, lo inmutable. Pues nunca he procurado mostrar la realidad inmovilizada en un determinado momento, sino al contrario revelar el cambio universal cuya temporalidad e infinitud son valores constitutivos. El universo, para mí, es aleatorio. Mi obra también debe serlo”.

Jesús Soto

Uno de los más importantes aportes del artista plástico guayanés fue su tarea de buscar que el arte hiciera partícipe al espectador.



La otrora Angostura fue uno de sus primeros lienzos. El color del Orinoco serpenteando sobre la tierra y el movimiento continuo de sus aguas marcando tiempos, ritos y sueños son los elementos de un paisaje que siempre estuvo y estará en las piezas que legó al futuro. La obra de Jesús Soto (Ciudad Bolívar, 05 de junio de 1923 - París, 14 de enero de 2005) ofrece no sólo la dimensión creadora sino la posibilidad de volverse uno con su arte. Allí están sus penetrables sonando con el paso humano, transformándose con el tacto, sumándose al paisaje, en fin, integrándose al todo que perciben las miradas y los roces.

Soto fue un creador que amando el movimiento fue capaz de interpretarlo, hacerlo suyo, dominarlo con la magia que nace de lo más divino que habita las humanas pasiones. Con esa militante rebeldía que nace de las búsquedas, de las preguntas con y sin respuestas, nos regó los ojos, las manos y la percepción, con el ir y venir de los colores y las formas.

De las cuerdas al pincel

Empezó a rasgar cuerdas y guitarras cuando tenía doce años, tiempo en el que también copiaba las reproducciones de cuadros que aparecían publicados en revistas, libros y almanaques. A los dieciséis años consiguió un trabajo como pintor de afiches para los tres cines que funcionaban en Ciudad Bolívar por aquel tiempo. Y precisamente en esa ciudad obtuvo una beca para estudiar en la Escuela de Artes Plásticas y Aplicadas de Caracas, en septiembre de 1942. Continuó su formación participando en los Cursos de Arte Puro y de Formación Docente en Educación Artística e Historia del Arte. En esos andares conoció a Carlos Cruz-Díez y a Alejandro Otero.

Desde 1943 y hasta 1949 Jesús Soto expuso cada año en el Salón Oficial de Arte en Caracas, su pintura de esos tiempos estaba cruzada de influencias y búsquedas personales, particularmente la mirada de Cézanne fue decisiva a finales de la década.

En su primera exposición individual, iniciando la década del '50, Soto presentó catorce cuadros entre paisajes, retratos, naturalezas muertas y algunos dibujos del Taller Libre de Arte de Caracas. Fue el 16 de septiembre de 1950 cuando partió rumbo a Europa, donde además de encontrarse con Alejandro Otero, Mercedes Pardo, Rubén Núñez, Perán Erminy y otros artistas que ese año formaron la revista y el grupo Los Disidentes, descubrió de la mano de Aimée Battistini, el arte moderno. En 1951 y ya sin la beca que le permitía su estancia en París, Soto volvió a las cuerdas con cierto éxito y deleite para la noche parisina.

A fines de ese año participó en la exposición Espacio-Luz y dio comienzo a sus primeras obras basadas en la repetición y la progresión.

Los años que siguieron estuvieron signados por la búsqueda que culminó con la creación definitiva del arte cinético. Fue el 30 de junio 1957 cuando expuso sus Estructuras cinéticas en el Museo de Bellas Artes de Caracas. Esa muestra representó para el guayanés infinito un punto de inflexión. Abandonó el plexiglás para construir sus primeras estructuras cinéticas en metal soldado.

Jesús Soto obtuvo en 1960 el Premio Nacional de Pintura con una vibración blanca expuesta en el Salón Anual. Fue a principios de esa década cuando sus obras empezaron a hablar en un lenguaje geométrico elemental. Entre otros premios fue distinguido con la Medalla de Picasso de la Unesco, 1981; designado Miembro Titular de la Academia Europea de las Ciencias, las Artes y las Letras, París 1981; Premio Pedro Ángel González, Gobernación del Distrito Federal Caracas, 1995; Gran Premio Nacional de Escultura de Francia, 1995. Además recibió el Gran Cordón de la Orden del Libertador, en Venezuela, 1996.

Uno de los más importantes aportes de Jesús Soto fue su tarea de buscar que el arte hiciera partícipe al espectador. Tal vez por eso muchas de sus obras son esculturas integradas a la arquitectura que buscan que quien se asoma a ellas, se encuentre. El arte de Soto, cinético en su más pura esencia, es además un arte participativo y lúdico. La obra es en la medida en que quien se acerca forma parte de ella. Si tiene alguna duda lo invitamos a visitar el Museo de Arte Moderno Jesús Soto, está en Ciudad Bolívar y fue creado por el arquitecto Carlos Raúl Villanueva en 1971, aunque abrió sus puertas dos años después. En las siete salas del museo y en sus jardines se encuentra la muestra de arte constructivista más importante del país, muchas de las obras que están allí alojadas fueron de la colección personal de Soto y tres de las salas están dedicadas exclusivamente al artista guayanés. En los espacios exteriores están algunos de los penetrables, si se fija bien, va a ver asomados y riendo a los niños y niñas que visitan diariamente el museo.

Y es que Soto, como escribió una vez Carlos Servando García, en una revista, “siempre será Soto y único, un maestro del crear y el descubrir, (que) hoy duerme entre nosotros, pero vive como la luz y el viento en cada una de sus obras y solo descansará cuando su cuerpo repose cerca de su amado río”.

El movimiento

“La idea de introducir el movimiento en la pintura es tan antigua como el mismo arte. Tal vez aparezca de forma más evidente en algunas obras como las de Miguel Ángel o de los artistas barrocos, en los cuales el deseo de proyectar las figuras en el espacio y dar la ilusión de que se están moviendo hacia todos los lados cobra una insistencia a veces obsesiva.

De forma más conceptual, es con Cézanne y con los cubistas cuando empieza a aparecer una «cuarta dimensión» dinámica, que al cabo terminará por concretizarse en casos aislados como las máquinas de Gabo y Duchamp, o los «móviles» de Calder.

Pero creo que es mérito de nuestra generación el haber conseguido que se asumieran, de forma ya irreversible y a escala mundial, el arte transformable y la participación del espectador. Con nuestra generación, me refiero a todos los artistas cuyo proceso es marcado, en su inicio, por el choque revolucionario de los descubrimientos de la ciencia moderna respecto a la inestabilidad de la materia y la ambigüedad del espacio, a la vez que se apoya en la noción de estructura pura. Esa noción desarrollada a través de vías y medios muy diversos permitió una verdadera introducción del movimiento en la obra de arte, en lo que viene a llamarse «arte cinético».

Debo añadir que nunca hemos hablado entre nosotros de cinetismo sino siempre de arte cinético, pues de ninguna manera hemos considerado el desarrollo individual de nuestras investigaciones como «ismo», ni como una escuela o un movimiento”.

Jesús Soto

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