miércoles, 12 de junio de 2013

Mi homenaje lorquiano a Lorca

Marcos Winocur (Desde México. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

“Queridos amigos: Hace tiempo hice firme promesa de rechazar toda clase de homenajes, banquetes o fiestas que se hicieran a mi modesta persona; primero, por entender que cada uno de ellos pone un ladrillo sobre nuestra tumba literaria, y segundo, porque he visto que no hay cosa más desolada que el discurso frío en nuestro honor, ni momento más triste aunque sea de buena fe.”

Federico García Lorca



No logré que mi texto fuera aceptado en alguno de los homenajes que fueron propinados en el mundo al poeta español Federico García Lorca en el año centenario de su natalicio, 1998. ¡Mejor! Fuera de calendario, llevé a cabo mi homenaje una tarde desde el balcón de mi casa sin otro público que el aire, allí donde sembré palabras y cenizas. ¿Cuáles cenizas? Cenizas “calientitas” de muertos frescos, estaban en oferta; por teléfono las había encargado a la sección pedidos a domicilio de la agencia crematoria, llamar al cementerio, extensión 666, preguntar por cenizas sobrantes, no reclamadas por los deudos. Yo las fui arrojando desde el balcón; abajo, la gente pasaba y decía:

- Debe ser de algún volcán, tal vez el Popo, el viento lleva muy lejos las cenizas...

Un niño levantó la cabeza comentando a su papá:

- Hay un señor hablando solo en el balcón, y haciendo cosas raras.

Y se tomaron de la mano apresurando el paso.

En fin, mi texto de homenaje a Lorca es espejo y risa, ya verán cómo en él se narra lo que pasó en otro homenaje a Lorca.

Ahí les va.

Llena la sala a reventar, el orador llegó vestido de gitano y armado de castañuelas, con fondo de música flamenca, todo lo cual le valió un sostenido aplauso. Y arrancó con los consabidos lorquicidios.

- Que me la llevé al río creyendo que era mozuela, verde que te quiero verde, a las cinco en punto de la tarde...

Y gesticulaba a diestra y siniestra.

Y luego, la evocación del poeta:

- En un día como hoy, pero de hace cien años...

En el público, había de todo, quien escuchaba atentamente, quien bostezaba, quien buscaba con la mirada a sus conocidos, un niñito lloraba y la madre se salía con él... en fin, normal.

Luego de la lectura de poemas y la evocación de Lorca, el orador pasó a fragmentos de sus piezas de teatro, entre éstos, el diálogo que sostienen El Niño y El Gato, personajes de la obra titulada "Así que pasen cinco años". Esta pieza sale de la tradicional línea de su teatro para hacerse vanguardista, sin por eso perder la fuerza poética característica en Lorca. Los dos personajes han muerto, El Gato dice:

"Me duelen las heridas que los niños me hicieron en la espalda".

El Niño contesta:

"También a mí me duele el corazón".

Y El Gato:

"¿Por qué te duele, niño, di?"

Y El Niño:

"Porque no anda. Ayer se me paró muy despacito".

Y la lectura no pudo continuar. Fue como si todos los diablos hubieran sido soltados en la sala donde se tributaba el homenaje al poeta. Instantáneamente, el público se unificó para entrar a saco en este mundo, comenzando por risitas que se hicieron carcajadotas.

El público, cruel como niño de primaria, estaba encantado con la diversión no programada y gratuita, se levantó de sus asientos interrumpiendo el acto mientras se burlaba de todo, del homenajeado y del homenajeador, quien vanamente se rasgaba las vestiduras de gitano. Gritos, pateadura de asientos, gestos obscenos y hasta hubo quien se subió al estrado y a la vista de todos meó hacia abajo.

¿Qué había pasado? Para el lector mexicano o argentino, sobran las explicaciones. No así para otras nacionalidades. Olvidé de mencionarlo, el homenajeador, quien leía al compás de sus castañuelas, era español. Había seleccionado los textos sin que esas tres palabras -“se me paró”- le llamaran la atención. Pero el homenaje tenía lugar en México, país de los llamados “albures”, frases de doble sentido, y para este público “se me paró” es igual a erección. El español había metido la pata y ahora la situación estaba fuera de control, vanos fueron los ruegos a la cordura que se hicieron desde la tribuna y por más golpes de castañuelas que el orador daba tratando de hacerse oír.

De haber estado presente, el poeta, sin importarle que la burla fuera a sus expensas, se habría sumado a la algarabía general, lo juro por mis largas barbas blancas ¿que están llenas de mariposas? No lo sé, mientras no sea de ratones o de murciégalos ¿murciégalos? No, murciélagos, tendría que mirarme al espejo, pero no hay en la sala, entonces preguntárselo a alguien, ahí viene el orador a toda carrera, oye ¿ves en mi barba...? Ni me escuchó, y se fue, ah, perseguido por el público, santo Dios, qué relajo, en realidad ya no queda nadie, han cerrado las puertas, fin del acto de homenaje.

Hasta aquí mi texto, rechazado cuando ofrecí leerlo en las celebraciones propinadas a Lorca en el 98. Es un mal ejemplo -se me dijo- divulgar esa crónica. Tuve pues que resignarme a festejar al poeta desde mi balcón, leyendo ante nadie, al aire, lanzando palabras y cenizas de muertos frescos, así, tan lorquianamente como pude, Dios me salve y la Virgen me ampare.

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