miércoles, 12 de junio de 2013

“¡Quiero verlo!”

Rafael Plaza (Desde Madrid, España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

El famoso presentador de TVE José María Íñigo está de actualidad, porque acaba de publicar sus memorias televisivas. Aún no he visto su libro, pero contaré algo sobre una de sus más famosas entrevistas, la que le hizo al Premio Nobel de Literatura ruso Alexander Soltzhenitsin, fallecido hace unos años.

José María Íñigo ofreció, a finales de marzo de 2004, sin proponérselo, en la cadena radiofónica Onda Cero, la mejor definición de “dictador” que uno ha oído en toda su vida. Le preguntaba aquel lunes Carlos Herrera por su antiguo programa de “La noche del Martes” o “Directísimo”, en el que un día apareció Alexander Soltzhenitsin, el autor de “El Archipiélago Gulag”, fallecido hace pocos años en Moscú. Era a principios de los años 70. El Nobel ruso, que había aceptado la invitación de Íñigo de venir a su programa (cosa que al parecer los censores de la época no denegaron, porque ni creían que el ruso, ya exiliado en USA, viniera, ni esperaban que, caso de hacerlo, hiciese alusión alguna que comprometiera al régimen de Franco) la armó aquella noche. Soltzhenitsin vino, a cambio, se supone, de un montón de dólares y con una sola condición: que se le llevara a una corrida de toros. Contaba Íñigo que, naturalmente, le dijeron que sí. El premio Nobel quería ver la muerte desde la barrera.

El programa iba normal, hasta que el novelista del “Gulag”, que apenas dejó hablar a Íñigo, se embaló describiendo los horrores de la dictadura soviética: “¿Ustedes creen que viven en una dictadura?”, se preguntó Soltzhenitsin. “¡Ustedes no tienen ni idea de lo que es una dictadura!”, añadió. Y relató extensa y enfurecidamente los desmanes que a su juicio se habían producido en Rusia. Aquella intervención fue tan sonada -y polémica- que produjo un tremendo debate interior, y en un sector de la sociedad española también una enorme indignación, hasta el punto que una editorial realizó una encuesta entre muchos intelectuales y gentes de la cultura. Nunca se supo -el abajo firmante fue uno de los interpelados- si al final salió a la luz.

Al parecer, Franco no había contemplado el programa, pero oyó hablar mucho de él. Íñigo le comentó ese lunes a Carlos Herrera que, estando una de las noches siguientes en un bar, vio con sorpresa que aparecía en pantalla su entrevista con Soltzhenitsin, sin que a él se lo hubieran advertido. Lo que el popular entrevistador televisivo contaba es, por lo menos, surrealista. Al parecer, Franco, al oír hablar tanto de esta entrevista, dijo: “¡Quiero verla!”. Pero en aquella época no había vídeos, ni era fácil reproducir un programa y llevárselo a la carta, a casa, a alguien con un mensajero. Ni cortos ni perezosos, los señores de la tele cortaron por lo sano, inaugurando unas formas hasta entonces inéditas: repetir un programa. De modo que España entera hubo de ver de nuevo al ruso, explayándose a gusto sobre su concepto de la dictadura, y repitiendo que en España “no sabíamos qué era eso de una dictadura”.

Sin pretenderlo quizás, Íñigo había dado en la diana de lo que, verdaderamente, es un dictador, de lo que es una dictadura: el señor omnipotente que, desde su casa, da una orden: “Quiero verlo”, y sus cortesanos, ciegos u obedientes, le ponen en bandeja lo que pida. Franco dijo: “¡Quiero verlo!, y a la noche siguiente tenía a Soltzhenitsin en bandeja, en la pantalla de su televisor. Y, por supuesto, toda España también.

El dictador dice en el momento que se le antoja: “¡Quiero verlo!”, y lo ve. O: ”No quiero verlo”, y no lo ve. Y todo el país con él. Y punto. El dictador es como un dios: “Quiero esto”, y lo tiene al punto sin que nadie se atreva a preguntarle por qué, o ni siquiera intente disuadirle de lo contrario, porque le va en ello el cargo, se juega la vida laboral. “Quiero aquello”, y se lo traen al instante, sin discusión ninguna, no hay que disgustar al César. Un hombre capaz de decir “¡Quiero verlo!”, y al día siguiente todo el país se ve en la necesidad de ver lo que aquel quiere (en aquel entonces no existía más que una cadena, la TVE), es también capaz de decir: “No quiero verlo”, y no se ve, ni él ni su país. O “Quiero encarcelarlo”, y encarcela a quien le molesta. O “Quiero matarlo”, y alguien muere, de pronto, sin discusión posible ni juicio alguno. “Quiero la cabeza de Juan el Bautista”, dicen que dijo la hermosa hija de Herodías a Herodes, mientras bailaba la danza de los siete velos para el Rey infanticida. Y se la trajeron, en una bandeja, inmediatamente.

Es la forma de decidir del dictador, sea sobre la vida o sobre el pensamiento de sus súbditos: se empieza por: “Quiero contar esto”, y se cuenta. Se sigue por: “No quiero que se cuente esto otro”, y no se cuenta. Este es el camino más rápido para un dictador. Un día le será muy fácil pedir: “Quiero la guerra”, y la habrá. O: “Quiero el silencio”, y todo un país quedará sometido a un negro y poderoso mutismo. El perfecto dictador es aquel que administra la verdad o la mentira como se le antoja. Parecería, de pronto, que Íñigo y Soltzhenitsin nos hubieran retrotraído a un pasado muy lejano. Pero no. Nos acaban de abrir los ojos: para comprobar, simplemente, que Franco y Soltzhenitsin siguen ahí, en el siglo XXI, vivitos y coleando, en grandes despachos de jefes de estado de los cinco continentes, en las cúpulas de la religión más extensa y duradera de la tierra, en naciones que enarbolan la bandera de la democracia como quien enarbola el no va más de la libertad y la verdad, en pequeños despachos empresariales, bancarios, municipales y autonómicos de nuestro propio país. Del “quiero verlo” al “quiero la cabeza de Juan Bautista” no hay más que un paso.

Rafael Plaza es periodista, escritor, poeta. Para el libro en preparación EL CÉSAR Y DIOS. Madrid (España)

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