martes, 4 de junio de 2013

Solo Violines

Juan Luis Berterretche (Desde Areias do Mar Grosso, Ilha de Santa Catarina, Brasil. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Era la hora de la sombra mínima. A pesar que el otoño ya promediaba, el día resultaba bochornoso. Hacia el sur, el cielo incubaba una tormenta color ceniza mojada; allí, sólo espaciadas tintas de rosas y de grises se espejaban en las aguas tranquilas. Las primeras horas del día habían sido trabajosas pero ahora ya todo estaba encaminado para la pitanza.



Al desembocar la primera nave en aquella profunda bahía, algunos pudieron avistar un ciervo que, por unos instantes, se detuvo ante aquel inesperado artilugio que lo intimidaba y se alejó, súbito, a un trotecito vigoroso. Cuando pudieron desembarcar no encontraron ni rastro del animal y debieron conformarse con cazar lobos marinos, que abundaban en la costa.

En el fondo de la bahía una larga roca -no lejos de tierra firme- de tal manera rompía la fuerza del mar, que los barcos podían permanecer cómodamente allí a resguardo de los vientos del sur. En ese sitio ancló la flota.

A los cinco navíos originales que habían partido de Plymouth el quince de noviembre de 1577, se sumó una nao de mercaderes portugueses apresada en la Isla de Mayo en Cabo Verde.

Al acercarse al Río de la Plata, la Christopher estuvo perdida por unos días, pero había sido recuperada unas quince leguas antes de llegar a la boca de la ensenada en la que ahora se habían detenido para reponer bastimentos.

Entre las seis embarcaciones prevalecía la capitana con sus ciento veinte toneladas de porte y sus dieciocho grandes piezas de artillería. Era en su cubierta donde se preparaba la mesa en que comerían los caballeros.

La nave había sido rebautizada por su capitán, cuando ya emproaban hacia los mares del sur. Su viejo nombre, Pellican, había sido cubierto para inscribir en su lugar una denominación más acorde con los objetivos de la empresa: Golden Hind (cierva dorada).

Mientras en su cubierta se hacían los preparativos para la colación, en la nave portuguesa prisionera se romaneaba mejorando la estiba de los paños de Flandes, para favorecer su estabilidad. Los esfuerzos serían infructuosos, su casco no estaba preparado para el fervor de las tormentas sureñas.

Las lanchas de tomar tierra, se mecían sosegadas junto a las alabeadas estructuras de los buques. Más temprano tuvieron un ajetreo ardoroso. Se usaron para perseguir a los lobos marinos que haraganeaban en las rocas. Sus tripulantes elegían a los animales más jóvenes y se las ingeniaban para propinarles un garrotazo en la nariz. La eficacia del golpe era terminante. Parte de la carne se consumiría el mismo día, el resto era provisión para el futuro. Las tiras de carne de lobo salada y secada al sol aumentaron las vituallas para el invierno que se avecinaba.

Cuando los marinos tomaron tierra para hacer leña, de entre los arbustos de la costa levantaron su vuelo bajo unas cebadas perdices.

Frente a la alargada isla del fondo de la bahía, encontraron lo que dieron en llamar peras espinosas. En realidad eran los higos de esa alta tuna de hojas gordas y de sustancia espesa, de un lado con manchas blancas como la barriga de un sapo y del otro verdes.

La fruta, gustosa, está cubierta de un algodón o pelusa de diminutas espinas que introducen un veneno en la piel con efectos malignos, por las ampollas fieras y rojas que produce.

Los forasteros, que desconocían la planta, recogieron higos en abundancia y a falta de cestos se los echaron al pecho dentro de las camisas, en los bolsillos o en los sombreros. Tuvieron entonces una salsa amarga antes de poder degustar su postre. El capellán de la flota, que las echaba de médico, alivió las heridas untándolas con aceite de lobo. Interrumpió la redacción de su minucioso derrotero de la expedición, para calmar el ardor de las venenosas espinillas de tuna, probando el novedoso ungüento.

Escribía en ese momento un elogio a los cueros de lobo marino y a los resultados que se obtendrían si los curtieran artesanos capaces. Había ilustrado sus comentarios con un detallado dibujo de los animales que él denominó focas y continuó su relato hablando de las peligrosas tunas y sus dulces frutos.

Mientras en la Christopher se embreaban los cabos y el aire se llenaba de efluvios marineros, desde el puente de la nave capitana, el jefe de la flotilla -para iluminar su diario- había ocupado parte de la mañana en hacer un esbozo del cerro que se elevaba por el oeste.

Las primeras horas del día habían transcurrido laboriosas pero apacibles y ahora los sirvientes estaban terminando de preparar todo para el almuerzo.

Los caballeros comenzaban a llegar a la cubierta de la Golden Hind.

El primero en arribar fue Thomas Drake, el capitán de la Mary Gold. Su navío, siempre ancorado cerca de la nave capitana, contaba con once buenas piezas de artillería, más algunas culebrinas muy útiles contra los bateles de abordaje. Thomas, desde babor, miró como finalizaba el tendido de la mesa. Sobre la mantelería de hilo lucía un servicio de loza; faltaba aún más de un siglo para que los europeos descifraran el secreto chino de la porcelana. En el juego, obsequio de la reina, realzaba el escudo de los Drake: dos dragones de gules en campo de plata.

Una amplia lancha de diez bancos se acercó a la Golden por la popa. En ella John Winter, con un pie sobre la proa y una estampa arrogante, se preparaba para subir a la nave de mando. Cuando dio el primer paso sobre cubierta, el sol hizo relumbrar los botones de oro de su uniforme, y Thomas vio su imagen tras un tramado radial de luces doradas.

Siguieron arribando los caballeros y el último en hacerlo fue el maestre Thomas Anter. Con una mirada de azufre que escapaba de sus claros ojos, saludó imperceptiblemente a los presentes y en la costa, un pájaro de largas patas, gritó desafinado y burlón.

El capellán Fletcher se acercó con discreción a uno de los sirvientes para recomendarle que le sirviera carne de las focas más jóvenes.

Desde el puente, un jovencito de quince años, comprobó que ya estaban todos y se dirigió al camarote a dar aviso al capitán. Minutos después, un hombre más bien bajo, pero imponente por su porte y su expresión jactanciosa y dominante, irrumpió en cubierta. Es Francis Drake el jefe de la flota.

El mozo que lo acompaña como paje es su primo John Drake que volverá a estas costas cinco años más tarde, junto al corsario Eduard Fenton.

En el momento en que Francis hace aparición, en el lejano sur el cielo se ha quebrado por un rayo, pero las astillas en vez de caer con estruendo, se vuelven a fundir y la bóveda de cristal plomizo sigue intacta.

Los caballeros esperan de pie alrededor de la mesa. Francis mira detenidamente a cada uno de sus capitanes. Su hermano Thomas le sonríe con lealtad, es el único en quien puede confiar plenamente.

Debajo de la serena expresión de John Winter puede ver su inflexible estrella de desertor. Pero lo más inquietante es lo que capta en las tensas facciones de Thomas Anter. Lo conoce bien como un hombre de indecisiones y de malas decisiones y ahora presume que su interior hierve intenso. Lo que trama atraviesa furtivamente por su retina. Los demonios de su fauna íntima, asoman procaces al caluroso mediodía.

¿Será, como creen sus enemigos, que Francis es poseedor de un espejo que le avisa de las emboscadas y los malos vientos que le acechan? ¿O, como dicen otros, vendió su alma para tener a sus órdenes un demonio que lo alerta de las intrigas, de las insidias y las celadas? Acaso, simplemente, es su instinto aventurero el que lo previene. Lo cierto es que para él, es fácil leer la felonía en los ojos de Thomas Anter.

Con un sencillo gesto Francis indica a sus caballeros que pueden sentarse. Se acomoda en un lugar de privilegio y mira hacia su grupo de músicos para indicarles que comiencen a tocar. Son sólo violines. Para acompañar las comidas a Drake no le gustan ni ministriles, ni sacabuches, ni cheremías, ni flautas; sólo violines. En los instantes antes de desatarse la música, sopla una brisa que alcanza a tensar suavemente la trinquetilla, para morir de inmediato entre verdes rumores en las hierbas de la costa.

Alrededor de una mesa, aquellos buscadores de estrellas, de vigilias, de agonías, aquellos que en cada batalla recrean simulacros del juicio universal, se disponen a escanciar un vino rojo al compás de una venturosa música de violines. El sonido se eleva valeroso y extraño. Es el diecinueve de abril de 1578, cuando la aún elemental naturaleza de nuestra bahía recibe por primera vez, las domesticadas notas de un instrumento insospechado.

Epílogo

La estadía de Francis Drake en la bahía de Montevideo, fue una escala en su viaje alrededor del mundo. Si bien su expedición fue la segunda circunnavegación del globo, Drake fue el primer capitán que inició y finalizó la empresa al mando de su flota.

La nave tomada prisionera en las islas de Cabo Verde, se hundió con toda su tripulación durante una tormenta a la salida del Río de la Plata.

La flota invernó en la bahía patagónica de San Julián. Allí Thomas Anter se amotinó y Drake no hesitó en mandarlo decapitar.

Desde el estrecho de Magallanes desertó con su barco John Winter y volvió a Inglaterra. Fue detenido y condenado a muerte por desertor, pero no se lo ejecutó a pedido del propio Drake.

Luego de perder las demás naves, Francis, con sólo la Golden Hind y una pinaza, pasó al Pacífico, remontó las costas de Chile e irrumpió como corsario en Valparaíso y Callao. Abordó varios navíos, estuvo en centro y norte América, tocando luego Filipinas, las Molucas, Java y finalmente, rodeando el Cabo de Buena Esperanza, volvió a Inglaterra. Allí desembarcó el veintiséis de septiembre de 1580 después de tres años de ausencia.

Del viaje se conservan cuatro diarios de a bordo. En base a ellos y en especial al de John Winter y al del capellán Francis Fletcher, Buenaventura Caviglia en 1926, determinó que Drake había fondeado en nuestra bahía, hecho hasta ese momento inadvertido para nuestros historiadores. La expedición -cuya mandante y accionista era la propia reina Isabel de Inglaterra- pagó 47 libras por cada libra de capital.

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