jueves, 27 de junio de 2013

Una farsa más o quizás de menos…

Carlos Alberto Parodíz Márquez (Desde Alejandro Korn, Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Yon estaba en la cocina, pero de mi casa, sin que yo supiera, muy bien, como entró. Algo que no me preocupó demasiado. La proximidad del mediodía se hacía sentir en ese nuevo enero del 2009 y su ensimismamiento, por venir de él, que no es un gran lector, me llamó la atención.



-¿Porqué no publicás este cuento, en lugar de tanta pavada ceremonial junta?-, fue su manera de sustituir el “Buen día”, cuando se suponen nuevos y buenos tiempos.

Mascullé algo incierto, pero sé a que se refería, porque el cuento en cuestión, había quedado sobre el escritorio, olvidado, pero llamativamente expuesto. Los cuentos en copia de papel, que se encuentran guardados con tanto celo, es porque nadie sabe muy bien donde están.

Sin embargo, una extraña urgencia, de procedencia desconocida me hizo eludir, deliberadamente, sus cuestionamientos de de “protestón cinta azul”.

-Podés hacerlo, ¿verdad?-, aumentó su presión Aunque muy bien presentía otra presión, que cabalgaba sobre presiones diversas y dispersas que, en ese momento, no podía poner en orden.

Asentí en silencio y me dediqué a inspeccionar las viandas que, sobre la mesa de la cocina, prologaban uno de los pocos placeres que produce el aguardo.

No obstante, decidí cuidarme para el final, como resolver la charla. Me dirigí sin apuros a la heladera y saqué del freezer la bebida, mientras él hacía lo propio con el texto.

--

Apropiación indebida de poemas
Un cuento de Carlos Alberto Parodíz Márquez

-Apropiación indebida - de poemas - , recitó monocorde el oficial (le pareció) esa es la motivación del crimen -, agregó, con mirada escrutadora, derramada impiadosamente
Sobre el hombre de anteojos, barba entrecana, cabello ligeramente desordenado y movimientos inquietos.
Me parece que se excede, oficial, yo soy ese que dice que era el poeta…-, rezongó en tono poco convincente, quizás porque no se sentía seguro del todo, en cuanto a su propia explicación.
Supuso que sonaría confusa o, por lo menos, disparatada. Es que luchaba contra la evidencia intangible que, el otro, parecía tener celosamente atrapada. Casi resignaba de la posibilidad. Buscó un pañuelo, en su bolsillo, para repasar los anteojos algo empañados –vapor tensado-, se explicó.
-Sucede que en usted, la impotencia ha ganado… mi amigo…, le disparó el uniformado.
-¿De que impotencia me habla…?-, balbuceó el hombre, cada vez más nervioso, incómodo. Advertía que el tiempo se estiraba, laxo entre ellos y cada acotación sucedía, inevitablemente, luego de un lapso demasiado prolongado, según su juicio.
Pensó en su mujer, suave, bella, aparentemente vulnerable, aguardándolo en esas horas inciertas, donde los tonos de la noche parecen cristalizar grises sobre negro, anticipando mutaciones.
Es que había sido arrancado, intempestivamente de su casa y arrojado a ese interrogatorio surrealista, en un lugar de curiosas formas, por lo menos así le había parecido, de lo poco que alcanzó a ver.
-Usted no resistió la tentación. No vaciló ante la magnitud del daño… mi amigo…-, prosiguió el invaluable propietario declarado, de un rango superior.
¿Se puede saber a que se refiere…?
-¿Porqué no acepta que él soy yo, que yo era él?-, enfatizó trémulo, no podía entender como el otro se quedaba afuera de la posibilidad.
-Se supone que usted lo ignora, pero se agravaron las causales para un hecho semejante, no sólo por lo irreparable, de lo que no parece darse cuenta, sino que, además, la ininputabilidad por excusas obviables, como la suya, según la reforma del código procesal de protección a la poesía, ha profundizado las penas y usted, alegremente, perdón es una forma de decir, supone que yo debo suponer… mi amigo…El latiguillo, mi amigo, ya era como un láser en sus oídos aturdidos. Algo dentro suyo, se insinuaba con sonidos ominosos, resquebrajados, pareciendo preanunciar derrumbes insondables.
-¿Cómo puedo hacer para lograr que me entienda?-, persistió a su pesar.
-No hay dos personas, ¿comprende?. Yo soy ese mismo que usted dice que no soy. Debe haber una forma de probárselo, para que esta estúpida interrogación concluya-, rezongó mirando a su destino que, se le ocurría, nunca había sido tan indescifrable.
-Mire o mejor, piense, pero si confiesa, además de hacerlo sentir aliviado, va a mejorar sin dudas su situación. No se puede salir indemne de esto, ¿comprende?... mi amigo…
Sonaba persuasivo y convincente, casi amigable el oficial, pero él sospechaba de su empecinamiento.
Repasó con su mirada, el lugar, pero desistió rápidamente. Fuera de la pantalla, que abrigaba una lámpara impiadosa, de alto wataje, le era imposible distinguir nada preciso en esas paredes desnudas, oscuras, implacables. Sentía que su desmoralización avanzaba a medida que la delirante secuencia, según su juicio, se prolongaba. La voz del otro lo volvió a la realidad de una absurda controversia, de aparentes insalvables oposiciones.
-Hemos preparado esta confesión, siguiendo el orden de los hechos, se lo resumo “el occiso, de profesión conocida poeta por su obra publicada y divulgada, fue muerto la noche del 24, previa a una fiesta religiosa, lo que agrava el episodio, se lo ha considerado casi ritual. El acusado, usted, era quien se encontraba en la escena del crimen, aunque cuando llegamos sólo escuchamos sus sollozos entrecortados, mirando la ventana abierta por donde, suponemos, arrojó el cuerpo, siguiendo el rastro de las manchas de tinta que, hasta llí, conducían y la confirmación de sus primeros balbuceos, cuando musitara, ¡por fin terminé con él!
El hombre se tomó la cabeza con ambas manos tratando, al parecer, de ahogar su confusión, su emoción, tal vez su desazón, lo cierto es que la actitud de negar, moviendo su cabeza, permitía cualquier interpretación.
Intentaba pensar velozmente en como salir de esa situación, aunque su conciencia se abría a una perspectiva inquietante. Sintió vértigo repentino, un alud interno que no podía encauzar.
Aceptó que algo muy grave se derramaba y requería de oxígeno que no tenía. Y desesperadamente, ahora, casi como desvelándose lo envolvía confrontándolo. No era lo que el otro reclamaba, sino el peso abrumador de una decisión que no había revisado.
En silencio tomó las hojas de papel que le extendían, escribió un párrafo antes de firmar y entregarlo.
El otro leyó, sosteniendo el mutismo. Asintió, aguardando antes de hacer desaparecer la blanca extensión de su conciencia. El uniformado, casi con curiosidad suavizada, visto el logro obtenido, le consultó.
-¿Usted, Julio Parissi, según dice, acepta en algo conforme la corrección de su responsabilidad?- Siguió impávido removiendo las cenizas de aquella casa, donde él habitara, junto a sus sueños dejados atrás.
-Parissi, o como se llame, usted dice aquí que nunca terminó de aclarar con el otro (Quintana), cual era cual. Que cuando aquel se expresaba, atreviéndose a reflejar en una cuarteta, todo un tratado de observación, usted le recriminaba malversando su condición de mecenas. Porque aquel, a lo largo de su vida breve según se mire, no prestó, como se espera de cualquier poeta, la menor atención a las cuestiones materiales, que según usted, los hubiera puesto a salvo a ambos, motivo suficiente, según su especulativo juicio, para que pudiese vivir un poco más, porque seguro sus reclamos y ambiciones crecerían en la medida de sus evoluciones. Usted, Parissi no reparó que Quintana debía seguir diciendo y haciendo lo suyo, porque alguien, en algún lugar, lo estaba necesitando. ¡Claro!, a usted que le importaba o que le importa, si el mensaje de Quintana le servía a uno, sin pensar en muchos, porque es evidente que, según surge de su admisión, el futuro juntos no estaba contemplado. ¿Sabe una cosa Parissi?, a veces uno, en algún momento especial, cuando se hace de noche en el alma, una palabra, sólo una, tiene la calidez y el valor de la más ampulosa amistad declamada por hombres como usted, ¿me entiende amigo… Parissi…?
El asintió cabizbajo, levantó su cabeza y se arrancó de golpe la duda…
-¿Cuál ha sido su interés en el asunto?-
-Mi amigo… mi amigo… ¿sabe una cosa?, debió preguntarlo antes. Federico Quintana… mi amigo…, era mi amigo… ¿lo entiende ahora?

--

Nadie disculpa las omisiones y menos los errores. Estamos demasiado endiosados, creo. Luego del silencio de turno, tras oír la lectura casi castiza de Yon, no me quedaba más remedio que aceptar sus comentarios.

Las anchoas en aceite de oliva ayudaron a superar ese escollo y un buen trago de Chateau Vieux blanco, hizo el resto. Su comentario, casi una exigencia, me pareció desmedido, no obstante convengo en que su autenticidad me excede.

-Los amigos, amigo-, me dijo, son la única realidad que se aproxima a la verdad. Creo que era hora de leer algo amigable, por eso mi apuro-, fue su discurso. Me quedé pensando. Me parece y perdón por redundarme, me parece… que Yon está envejeciendo…, lo pensé sólo y sin apuro, luego me fui al patio sevillano.

Haga click aquí para recibir gratis Argenpress en su correo electrónico.