viernes, 26 de julio de 2013

Catalina (la Cata)

Nechi Dorado (Desde Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Imagen: “La Vieja”, gentileza de la artista visual argentina Beatriz Palmieri

Como todos los domingos y mientras daba vuelta las hojas de su vida arrimándose al capítulo final, la anciana se acomodó bajo un árbol centenario de copa frondosa que fuera custodio de las nidadas y de las travesuras infantiles. Ese que ya apuntaba sus brazos al cielo cuando los primeros pobladores sembraban las semillas que darían forma y cuerpo a las futuras generaciones.

La anciana tenía una herida abierta que no terminaba de convertirse en cicatriz. Una frase disparada años atrás quedó encallada en su corazón que los domingos parecía latir como un tambor alocado.

Amparada por la complicidad del grueso tronco, vería desde lejos a su hijo. Era el día que el hombre llevaba a misa a sus dos pequeños, dos hermosas criaturas que al llegar al mundo crecerían con el impedimento de conocer a su abuela. Era una vergüenza que los niños supieran quién había sido ella y ni el santo al que la mujer acudiera cada noche rogándole con voz partida, era capaz de darle una manito y ejecutar el milagro tan ansiado.

(A veces la irracionalidad se vuelve quiste, crece hasta convertirse en una metástasis que oxida el alma, la apelmaza, llenándola de arrugas más profundas que las que asoman por los cuerpos cuando los años vuelan por sobre el calendario donde circulan las arterias de la vida)

-Algún día tendré que atarme para no correr hacia ellos. No se cuánto tiempo podré soportar mirándolos desde lejos, pensaba, mientras pesadas lágrimas se deslizaban por el tobogán de piel morena, donde los surcos que deja el tiempo recogieran retazos deshilados de una vida repleta de injusticias.

Fue hermosa esa mujer, tanto, que en su juventud no hubo hombre que no la deseara y fue precisamente esa belleza la herramienta facilitadora de pan y educación para su hijo, cuando el padre se alejó para siempre tras un portazo llevándose consigo sueños y mañanas.

Empezó su calvario sin cruz en ese instante; continuó cuando un proxeneta descubrió sus ojos tan verdes como la esmeralda resaltando sobre su piel canela; se multiplicó cuando el hombre pensó que tenía enfrente a una factoría humana capaz de generar ganancias importantes.

El niño debía comer, crecer y hacerse hombre en un mundo hostil donde se asesinan los sueños. Donde la mujer abandonada no es sino un trapo arrojado hacia el centro de la humillación. Ella empezó a entender qué decían cuando la llamaban “La Cata”.

A destiempo debió dejar de amamantar al niño y fue allí cuando comenzaron a insertarse estigmas sobre su cuerpo y sobre el fruto que agitaba sus piernitas en una cuna improvisada de cartón y trapos.

(¡Siempre la necesidad extrematuvo la propiedad de despertar la creatividad dando coraje como para plagiar lo que hace falta y con lo que se tiene a mano!)

La Cata se convirtió en cabeza de familia mutilada con el canto enronquecido de un gallo descolorido, una madrugada sin adiós, motor de impulso hacia la degradación pero que al menos calmaría el rugido de las tripas vacías.

-Yo pienso, hija, decía su madre con congoja, cuando el niño sea grande y se enfrente a la crueldad de alguna gente del pueblo. No faltará quien le diga que su madre era…

-Comprenderá mami, sabrá que fue por él, justificaba la mujer mientras dibujaba sus labios con el rojo más brillante. El que tanto gustaba a los hombres.

Una mañana se fue su madre. Partió sin rumboconocido del que no se regresa, dejando al niño sin el ángel guardián de carne y hueso, como fuera la abuela. El otro ángel circunscripto a ámbitos intangibles sabido es que no suele pisar los terrenos pantanosos, ni visitar casas con techos de chapas oxidadas.

El pequeño, pensaba “La Cata”, debe estar preparado para la vida de la mejor manera. Cuando llegó la etapa escolar inscribió al niño en el mejor colegio privado, uno que tenía la capilla en la que daban misa los domingos. No tenía dudas respecto a que ese sería el lugar donde mejor formarían al pequeño.Allí, donde hay gente tan buena que habla de caridad, amor, perdón.

Sobre todo le enseñarían a perdonar los actos de su madrecuando supiera de las noches interminables en las que inventaba pasión fingidarevolcada entre gemidos pegajosos, enroscada en espirales de babas espesas corriendo por su cuerpo. Entre caricias no deseadas y ganas estalladas pero siempre ajenas.

“La Cata” ardía en los camastros sucios del burdel donde otras Cata padecían situaciones parecidas a las suyas, ardiendo sin fuego, simulando placer, haciendo esfuerzos por esconder el asco.

Su niño entendería, cuando fuera un hombre de bien, el esfuerzo de su madre por darle educación de la misma manera que entendería que Cristo murió por nosotros y que María Magdalena, puta también, fue resarcida.

El niño se hizo hombre pero no del todo. Ella lo supo una noche mientras se preparaba para ir a su trabajo. Fue cuando el muchacho arrojara ese dardo de palabras que impactaron en el centro de aquella alma herida desde siempre.

-¡Puta, puta, me das asco! Escupió sobre el rostro canela de su madre antes de dar un segundo portazo definitivo que le impidió ver las lágrimas que corrían, dibujando filigranas sobre esa tez donde incipientes arrugas comenzaran a marcar presencia antes de tiempo.

Años después, Catalina, “La Cata”, supo que su hijo contrajo “matrimonio legal” con la hija de quien fuera su mejor cliente, el comerciante rico del pueblo. El que dejara buenas propinas sobre la mesita, testigo de noches clandestinas, al lado del camastro.Con la muchacha tuvo a sus dos hijos hermosos a los que “la puta” tuvo acceso prohibido.

El niño se hizo hombre entre discursos culposos, vacíos de comprensión, cargado de tendencias moralistas emanadas de criterios donde la idea de un Führer quedara perpetuada “per seculaseculorum”.Creció entre los pliegues de un dios inacabado dejando atorados los mandamientos en la botamanga de un pantalón sin contenido humano.

Creció sin darse cuenta que fue devorado por una zanja de aguas envenenadas de odio. Atrapado en la telaraña de una moralina absurda capaz de destartalar lógicas racionales, fue destripando la génesis de su propia historia.

Dejando atrás el árbol añoso, María Magdalena sin aureola luego de persignarse y rezar su enésimo padre nuestro, regresaba a la casa arrastrando sus cadenas por las calles polvorientas del pueblito. “Y perdona nuestros pecados…”se alejó diciendo, aunque no la perdonaran.

A pocos metros de allí comenzaba la misa.

*Per secula seculorum: eternamente, por los siglos de los siglos

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