viernes, 26 de julio de 2013

Crítica literaria: “París era una fiesta”, de Ernest Hemingway

Francisco Vélez Nieto (Desde España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Ernest Hemingway
París era una fiesta
Traducción de Gabriel Ferrater
Lumen

Sobre los tejados de Paris se cierne la esbelta y alargada sombra de la torre Eiffel. Y en la extendida y nostálgica crepúsculo un maduro y no menos nostálgico Hemingway con su más clara prosa literaria va narrando recuerdos, impregnados de vivencias transcurridas en aquel Paris de juventud que tanto supuso para su inmensa obra literaria. Escritura de recuerdos existencia agitada y creadora, que suspendida y envuelta por la memoria tituló Paris era una fiesta. Una fiesta que para él significó la fuente de la que alimentó su sed de conocimiento para lograr visión creativa y crítica consigo mismo, que, aunque ya portaba en su interior, necesitada el acto de una alternativa. “Iba yo aprendiendo algo en la pintura de Cézanne, y resultaba que escribir sencillas frases verídicas distaba un buen trecho de lograr que un cuento encerrara todas las dimensiones que yo quería meterle.

La otra cara y parte de su fiesta sobre la que se extiende esta narración que escribe al final de su vida que sería publicación póstuma. No podría faltar un recuento de contacto y tertulias, sin olvidar las grandes borracheras, con otros artistas. Personajes de la denominada “generación perdida” muchos de ellos permanecen ya a la historia de la literatura con mayúscula, como pueden ser Scott Fitzgerald que llegó a ser uno de sus íntimos amigos a quien insistentemente aconsejaba no olvidar la forma y el estilo, nada de caer la en trampa de las editoriales cuyo objetivo solo es vender. Emocional la carta de éste a Hemingway tras la lectura de su novela Por quién doblan las campanas, era bondad y pasión. De Ezra Pound recuerda que “se portó siempre como buen amigo y siempre estaba ocupado en hacer favores a todo el mundo... “Era más bueno que yo, y miraba más cristianamente a la gente. Lo que él escribía tan perfecto cuando se le daba bien, y él era tan sincero en sus errores y estaba tan enamorado de sus falsas teorías y era tan cariñoso con la gente, que yo lo consideré como una especie de santo. Claro que también era iracundo, pero lo mismo le pasó a los santos”

Y en ese mundo entre mágico y realista se puede considerar que el más significativo personaje desde su llegada a Paris fue para Hemingway Gertrude Stein a la que habitualmente visitaba junto con su mujer. Persona muy especial de fuerte carácter, jugó un importante papel con sus imperiosos criterios, pero acertados en la mayoría sobre el arte y los artistas. Mostraba hacia Hemingway un gesto maternal y cariñoso, sabia de sus necesidades y pobreza. Aquella “Misss Stein era voluminosa, pero no alta, de arquitectura maciza como una labriega. Tenía unos ojos hermosos y unas facciones rudas, que eran de judía alemana” él vivía la impresión de ver “a una campesina del norte de Italia cuando le miraba con sus ropas y su cara expresiva y su fascinador, copioso y vivido cabello de inmigrante” Pilar para su creación literaria, pese a las disparidades de criterios, una gran orientadora. Él, con el paso del tiempo, nunca dejaría de reconocerlo, tampoco olvidar cuanto le ayudó a conocer el París de los artistas, a definírselos y comerlo de advertencias.

Mostró siempre una sincera y fervorosa devoción por Antón Chéjov a quien consideraba su verdadero maestro; el mejor narrador de cuentos. Uno puede manifestar que la historia de la literatura está representada por grandes cuentistas, entre ellos su compatriota Edgar A. Poe. Con Paris era una fiesta el lector se sentirá traslado a ese París de los años veinte que se definió como “generación perdida” a la que se sumaría otra venidera compuesta por escritores de la otra América: Cortázar, García Márquez, Vargas Llosa, con el espacio intermedio de un mundo entro dos mundos, el de César Vallejos de Poemas humanos y España aparta de mi ese cáliz. Historia real y mágica al mismo tiempo, donde el exigente autor consigo mismo nos muestra de nuevo su pulso constante, insistencia, por el logro de la sencillez de su escritura.

Como escribe Larry W. Phillips: “Pocos escritores más implacables para aconsejar a quien busca dedicarse a las letras como quien busca simplemente escribir un texto, escribía como a quien busca simplemente escribir un buen texto, que Hemingway. Además de preciso, y de lacónico, escribía con una profunda sensualidad, sin desperdicio” París era una fiesta es un retrato de la formación de un joven escritor dentro de una ciudad no solo del mundo de la creatividad, Hemingway vivió igualmente: “Desde el apartamento solo podía ver la tienda del carbonero. También vendía leña y vino, vino malo. La cabeza dorada del caballo que presidía la fachada de la Boucherie Chavaline, donde colgaban las carcasas de un dorado amarillo rojo en un escaparate que daba a la calle, y la cooperativa pintada de verde donde compraba el vino, vino bueno y barato” Narración envolvente y testamento literario. Uno de sus grandes libros.

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