miércoles, 31 de julio de 2013

El exorcista valconete

Daniel de Cullá (Desde Burgos, España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

“Entiéndase el agua bendita” es la escucha que hicimos de un obispo de anillo, exorcista él, que fue exorcizando de Córdoba a Mondéjar, en cierta excursión de Rocío o rosario de la Aurora, quien, hallando mucha necia que exorcizar, en un lugar se salió a un arroyo, y cogiendo unos guijarros limpios, volvió a la comitiva, y diciendo que él sabía “guisar”, exorcizar estas almas y estos cuerpos, aliñándose el alzacuellos, la sotana y su bonete de lienzo negro plegado y alechugado, elegida una mujer descasada, de mucha manteca, empezó a declamar:

“El exorcizante que exorciza se ha confabulado con el espíritu maligno para traspasar y mucho los términos regulares de este cuerpo exorable, fácil de dejarse vencer por ruegos, velorios y oraciones, mientras en la exorbitancia de su As de Oros o culo, un exceso notable pasa del término regular, que ella tuvo un novio recién excarcelado, que le pareció y supo bien, aunque fue un mal muchacho, maltratador él sin conocer la violencia de género, y decía: “No hay mejor leche como la leche de Guijarro”; que así se llamaba el tal prenda. Que por eso el obispo se acercó al arroyo a coger unos guijarros; listo como era, y a quien muchos jovenzuelos le exoran, piden y solicitan con empeño una sodomía, que el maligno execra, condena y maldice con autoridad sacerdotal, pero él no.

El exordio, principio, prefacio, preámbulo, de oración copulativa, dio principio a una oración de sumisión expansiva, dilatable, capaz de aumentar el volumen de la fe, y así, con estos aderezos, hizo un caldo y guisado “exorcízale” que a todos pareció bien y supo bien; apareciendo el maligno adornado, hermoseado como un deán, dando principio a una oración exorable fácil de dejarse vencer por ruegos , encontrando un lugar en el mundo de la materia o en el del espíritu hecho guijarro, hallado y encontrado de Córdoba a Mondéjar, metiéndose el obispo en la renta de la excusada, metiéndose en lo que no le importa.

La tal mujer, apresurada por cierta fuerza del conjuro, y sintiendo exinación, debilidad extenuada, quería escupir y gritaba a todos que la diesen lugar. El “sumo sacerdote” dijo:

-Guadalupe, escupe; que el maligno salga de tu alma.

Ella lanzó al aire un lapo de cuidado, excretorio, que una vez separado lo inútil y malo de lo bueno y desalando, corriendo aceleradamente hasta caer entre los más devotos asistentes, despedía suspiros, quejas, etc., y diciendo:

-Escupo, porque me ahogo.

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